Polimatía y resiliencia. Claves del futuro (y 2)
- Pau Hortal
- Barcelona. Sábado, 17 de octubre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Escribí en la primera parte de estas reflexiones que los/las profesionales del futuro deberán tener altas dosis de polimatía y resiliencia. En otras palabras, deberán disponer de amplios y profundos conocimientos en diferentes áreas/materias, y acreditar una elevada capacidad de adaptación. Una consecuencia extraña del mundo actual es la que nos empuja hacia una lógica renacentista: necesitamos ser más amplios, no más estrechos. En otras palabras, es posible que el futuro pase más por los perfiles generalistas que por los especialistas.
No se tratará de ser “experto en todo” —eso es imposible—, sino de ser capaz de aprender con rapidez, explorar con flexibilidad, y aportar valor desde una mirada transversal. La persona que sepa combinar creatividad, criterio, datos, tecnología, comunicación y pensamiento estratégico va a tener más posibilidades de navegar con éxito en un mercado laboral volátil frente a la que se aferre a una sola etiqueta profesional. En este sentido, ni la polimatía ni la resiliencia son lujos intelectuales, son meros salvavidas. Nos permiten jugar en diferentes ámbitos, reiniciar sin partir de cero y protegernos del riesgo de obsolescencia.
Cuando no hay certezas, cuando el terreno se mueve, cuando todo cambia, la única brújula que no falla es el conocimiento de quiénes somos y de qué es lo que realmente queremos. En otras palabras, dejar de ser especialistas en mapas para empezar a crear direcciones.
Pongámonos en contexto: es posible que tengamos un faro; sabemos lo que nos motiva; los valores que nos mueven, el impacto que queremos tener, pero ahora llega lo difícil: avanzar sin mapas. No saber cuál ha de ser el próximo paso, qué va a pasar con nuestro rol/sector en los próximos años, qué tecnologías desplazarán nuestro trabajo, qué oportunidades aparecerán sin avisar.
El enfoque debe cambiar: no buscar certezas, sino saber navegar en la incertidumbre. Lo relevante no es el error, sino la parálisis
La incertidumbre se ha vuelto un componente estructural del desarrollo profesional. No es el enemigo: es el entorno. Y para navegarlo con éxito necesitamos un conjunto de capacidades, competencias y habilidades que nada tienen que ver con los manuales que aprendimos en nuestras etapas formativas o incluso con los roles anteriores. Hablamos de habilidades humanas, de redes, de exploración continua, de resiliencia emocional y de una mentalidad abierta al error.
En tiempos impredecibles, ser solo un especialista puede ser un riesgo enorme. Lo que nos protegerá no es solo saber mucho de una sola cosa, sino tener la capacidad de aprender rápido, conectar saberes distintos y movernos entre entornos y lenguajes diversos: La polimatía supone saber un poco más allá de lo que define nuestra etiqueta, tener curiosidad sostenida, una disponibilidad para el aprendizaje y el desaprendizaje, y la capacidad mental para combinar disciplinas. La resiliencia —la capacidad de ajustar, recomponer, levantarse— son claves y nos obliga a reflexionar, a replantearte, a redescubrir lo que de verdad queremos.
Ese perfil abierto —más parecido a un renacentista moderno que a un especialista del siglo XX— nos ha de permitir surfear entre la ambigüedad, aprovechar las oportunidades inesperadas y construir nuestros propios caminos. Y en este proceso los profesionales navegan básicamente en soledad. Por ello las redes de colaboración, las conexiones humanas, las relaciones profesionales, la mentoría, cobran un valor enorme.
Vivimos en un momento de transformaciones constantes: mercados que se reinventan, profesiones que nacen y mueren, tecnologías disruptivas, modos de trabajo flexibles, geopolítica global, etc. Lo que nos obliga a asumir la incertidumbre como norma. Todo ello convierte la trayectoria profesional en un camino impredecible. Ante esto, planificar “a 10 años vista” puede ser una ilusión peligrosa. El enfoque debe cambiar: no buscar certezas, sino saber navegar en la incertidumbre. Lo relevante no es el error, sino la parálisis.
El modelo de trayectoria profesional que nos contaron ha desaparecido. El modelo que debemos crear está iniciándose
Con la automatización, la IA y la globalización, muchas de las tareas técnicas pueden volverse obsoletas o ser replicadas. Pero ahí radica una ventaja: las competencias que son inherentemente humanas —empatía, creatividad, sentido ético, visión, liderazgo— adquieren un valor insospechado. En lugar de competir con máquinas en lo que hacen bien, el reto es potenciar lo que podemos aportar como seres humanos: sentido, propósito, conexión, comunicación, adaptabilidad.
A menudo, perderse es el primer paso para reencontrar el camino correcto.
La pregunta que nos va a definir en el futuro no es “¿qué viene después?", sino “¿qué quiero que importe?”. Este faro interno va a ser el único que cuente, capaz de dar coherencia en un mundo incoherente. Y una vez lo encendemos, el laberinto deja de dar miedo. No porque sea fácil, sino porque ya no caminamos en la oscuridad.
El modelo de trayectoria profesional que nos contaron/enseñaron ha desaparecido. El modelo que podemos/debemos crear está iniciándose. Y para navegar en él no necesitamos un mapa, sino aprender a navegar en un entorno líquido