El "Nvidia chino": cuando la chatarra cotiza a precio de oro

- Mookie Tenembaum
- Buenos Aires. Viernes, 23 de enero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Imagina que una persona que trabajó en Ferrari, quizás sirviendo café o quizás ajustando los retrovisores de los coches, vuelve a su pueblo y promete construir el próximo bólido de Fórmula 1. No tiene motor, el chasis es de cartón piedra y el volante no gira, pero en su salida a bolsa la empresa sube un 650% en un día. ¿Locura? No. Es la China de Xi Jinping y su nueva estrella tecnológica: Moore Threads.
Los titulares financieros celebraron el debut bursátil de esta compañía en Shanghái como el nacimiento del "Nvidia chino". La acción se disparó con una furia que haría sonrojar a las criptomonedas más volátiles. En papel, es la respuesta de Pekín al bloqueo tecnológico de Estados Unidos, con la promesa de que China puede fabricar sus propios cerebros de inteligencia artificial (IA) sin depender de Washington.
Pero si rascamos la pintura patriótica, lo que encontramos es óxido. La realidad técnica de Moore Threads es, siendo generosos, un desastre. Sus tarjetas gráficas, esas placas necesarias para que funcionen desde los videojuegos hasta los modelos de IA, son hoy por hoy pisapapeles carísimos.
En el mundo de los chips, el hardware no vale nada sin el software, los controladores, que le dicen qué hacer. Y el software de Moore Threads es tan inestable que apenas ejecuta juegos de hace cinco años sin colapsar. Han construido un coche precioso que no arranca.
La realidad técnica de Moore Threads es, siendo generosos, un desastre. Sus tarjetas gráficas son hoy por hoy pisapapeles carísimos
¿Por qué, entonces, el mercado la valora como si fuera la octava maravilla del mundo?
Porque en China, el mercado de valores ya no es un mecanismo para descubrir precios, sino un sistema de propaganda. El Partido Comunista decidió que debe haber un campeón nacional de chips, cueste lo que cueste. La subida del 650% no refleja la confianza de los inversores en la calidad del producto, sino la certeza de que el Estado inyectará miles de millones de yuanes para mantener el cadáver exquisito con vida.
A la acción le puede ir bien, pero a la compañía le va a ir mal porque, al final, la tecnología no entiende de ideologías: o funciona o no funciona
Es la "economía Potemkin", con fachadas impresionantes para ocultar una industria vacía. Los inversores locales compran porque saben que el Gobierno no dejará caer a su símbolo de resistencia contra Washington. Compran política, no tecnología.
Para el lector que mira esto con perplejidad, la lección es clara. No confundan el precio de la acción con el valor de la empresa. A la acción le puede ir bien mientras dure la fiesta del subsidio estatal y el fervor nacionalista. A la compañía le va a ir mal porque, al final, la tecnología no entiende de ideologías: o funciona o no funciona. Y por ahora, la gran esperanza china es poco más que humo vendido a precio de oro.
Las cosas como son.