El MBA murió
- Mookie Tenembaum
- Buenos Aires. Viernes, 6 de marzo de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Hay una pregunta que las escuelas de negocios no quieren que usted se haga en voz alta: ¿tiene sentido pagar entre 150.000 y 250.000 dólares por un título irrelevante en el mercado laboral? La respuesta, para la inmensa mayoría de los profesionales, es no; y las razones son estructurales.
Comencemos por los números que las universidades prefieren esconder. Cuando Harvard o Wharton publican que sus graduados ganan un salario promedio de 175.000 dólares al año, omiten deliberadamente dos variables. La primera es el coste de oportunidad de dos años sin ingresos y el interés compuesto de la deuda estudiantil en un entorno de tasas elevadas. Cuando se incorporan esos factores, el retorno de inversión positivo se reduce a un puñado de graduados que entran en consultoría estratégica o banca de inversión. Para el resto, es decir, la mayoría, el MBA es una apuesta financiera que tarda entre ocho y quince años en amortizarse, si es que se repaga.
Pero el problema ya no es solo financiero, sino existencial. La inteligencia artificial (IA) demuele precisamente las funciones que justificaban el salario prémium del graduado de MBA. McKinsey, BCG y Bain, los tres destinos que inflaban las estadísticas salariales de las escuelas élite, reducen sus cohortes de entrada y sustituyen equipos de asociados junior con herramientas automatizadas. El análisis financiero, la gestión de proyectos y la síntesis de datos estratégicos los hace hoy un agente de IA por una fracción del coste de un profesional con un máster.
Y aquí viene la paradoja más cruel, porque el argumento de último recurso que defiende al MBA es que funciona como mecanismo de señalización, en el cual las empresas contratan al graduado porque haber sido admitido en una escuela élite indica ambición, resistencia y conformidad con las normas corporativas. Pero esa señal pierde a sus receptores. Los fundadores de empresas tecnológicas, quienes generan la riqueza real en esta economía, no valoran el MBA y en muchos casos lo interpretan como señal negativa de pensamiento convencional, aversión al riesgo e incapacidad de construir. Cuando el sector más dinámico de la economía lee tu credencial al revés, el mecanismo de señalización está roto.
¿Cuánto tiempo más puede sostenerse una industria de 200.000 millones que vende una solución del siglo XX a un problema del siglo XXI?
Hay una excepción geográfica que merece mencionarse. En América Latina, donde las estructuras corporativas son más rígidas y el acceso al poder económico sigue controlado por círculos cerrados, el MBA de escuela élite todavía funciona como llave de clase. No porque forme mejores profesionales, sino porque en mercados donde la meritocracia tecnológica apenas penetró, el título sigue siendo un peaje social efectivo. Es una ironía reveladora que el MBA conserve valor precisamente donde menos ha llegado la modernidad económica.
Lo que nadie dice en los paneles de admisión ni en los rankings de revistas especializadas es que la industria del MBA es, en el fondo, una industria del miedo. Temor a quedarse atrás, a la irrelevancia profesional o a no pertenecer. Se vende una promesa de estatus y protección contra la incertidumbre, pero ante la automatización masiva del trabajo intelectual, esto no se resuelve con un título de dos años que enseña casos de estudio del pasado. Se enfrenta con capacidad de adaptación, profundidad técnica y velocidad de ejecución. Tres cosas que ningún programa de MBA fue capaz de enseñar.
La pregunta ya no es si el MBA vale la pena, sino cuánto tiempo más puede sostenerse una industria de 200.000 millones de dólares que vende una solución del siglo XX a un problema del siglo XXI.
Las cosas como son.