Luces y sombras de la situación de la mujer en el trabajo

- Jesús Cruz Villalón
- Sevilla. Sábado, 17 de enero de 2026. 05:30
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La plena incorporación de la mujer en el trabajo constituye, sin lugar a duda, una de las transformaciones más importantes producidas en las últimas décadas en el mercado de trabajo. Ha llegado a España más tarde que al conjunto de la Europa occidental, pero al mismo tiempo se ha realizado de manera más acelerada y en estos momentos plenamente consolidada. Se trata de un cambio cualitativo, que ha producido múltiples efectos, ante todo en el ámbito de las relaciones laborales, pero por su impacto externo en igual medida ha modificado significativamente el conjunto de las relaciones sociales. Es posible que hoy en día la presencia de la mujer en los más diversos trabajos se vea con absoluta normalidad, pero si echamos la vista atrás, en una mirada de largo recorrido, nos daríamos cuenta de que el mundo del trabajo es profundamente diferente al que conocieron nuestros padres en el pasado.
Baste a estos efectos con efectuar la comparación en los datos básicos del momento actual respecto de 25 años atrás, es decir, según la Encuesta de Población Activa (EPA), comparando la situación actual en relación con la existente a la altura de 1980. La diferencia de ocupados llegaba a representar en aquella fecha en el mercado de trabajo que había 5,2 millones de mujeres ocupadas menos que hombres, cuando la diferencia en estos momentos se sitúa en 1,5 millones; cifra que desde luego se encuentra todavía lejos de la equiparación, pero que muestra un cambio muy significativo en la estructura ocupacional. Dicho de otro modo, mientras que a la altura de 1980 las mujeres representaban tan solo el 27,6 % del total de ocupados, en estos momentos alcanzan el 46,46 %.
Asimismo, en una comparación más próxima, por cuanto que no tenemos cifras más antiguas, según los datos igualmente del Instituto Nacional de Estadística, la brecha salarial desde 2008 hasta el momento presente se ha reducido en más de 7 puntos porcentuales, representando a aquella altura el 22,13 %, cuando en estos momentos viene a suponer el 15,75 %. Como todo, la lectura puede ser diversa, por cuanto que la brecha salarial actualmente existente se aprecia todavía muy elevada, a pesar de que la tendencia es a la progresiva aproximación, siendo esperable que en breve plazo sea posible lograr una mayor convergencia.
La plena incorporación de la mujer constituye una de las transformaciones más importantes de las últimas décadas en el mercado de trabajo
Sin necesidad de aportar más datos específicos, no cabe la menor duda de que el proceso de plena incorporación de la mujer al mercado de trabajo se aprecia respecto de casi todos los aspectos que se tomen en consideración. De situarse tradicionalmente las mujeres atrapadas en guetos de trabajos marcadamente feminizados, caracterizados por su notable precariedad, se aprecia hoy en día la progresiva presencia de las mujeres en el conjunto de las actividades profesionales, incluidas aquellas que se consideraban tradicionalmente monopolio de los hombres. Se aprecia el progresivo acceso de las mujeres a niveles profesionales de responsabilidad, con capacidad de dirección y decisión sobre la marcha de las empresas. La aportación de ingresos por parte de las mujeres a la unidad familiar ha pasado de ser secundaria, incluso marginal, a convertirse en un elemento decisivo del sustento familiar, al extremo que no es concebible un nivel de subsistencia digno en el seno de cada familia sin la continuidad de la mujer en la actividad laboral retribuida.
Aunque lo sigan siendo con algunas importantes excepciones, la inserción en el mercado de trabajo de las mujeres de las nuevas generaciones se presenta continuada a lo largo de toda su vida activa, con carreras de cotización sin interrupciones, a diferencia de lo sufrido por generaciones precedentes que sufrían recurrentes cortes a resultas de las necesidades de atender a ciertas responsabilidades familiares. Los roles familiares en el seno de las familias están cambiando sustancialmente, como un efecto de influencia mutua, de doble dirección entre el reparto de las cargas familiares y la disponibilidad para asumir las obligaciones laborales. Incluso, las propias empresas progresivamente están adaptando en parte su organización del trabajo y de la actividad productiva a los requerimientos de vida privada de sus empleados, para reequilibrar las disponibilidades por igual de mujeres y hombres.
Eso sí, junto a las anteriores luces, también se detectan claros espacios de sombra, que muestran los frenos no menores de las mujeres a una auténtica igualdad de contratación y de condiciones de trabajo. Las sombras se sitúan en aspectos bastante conocidos y sobradamente diagnosticados, pero cuya superación no es nada fácil, por cuanto que requiere de cambios estructurales en el funcionamiento del mercado de trabajo, en el desarrollo de la actividad empresarial, incluidos cambios culturales frente a la pervivencia todavía de valores tradicionales en la concepción del papel de la mujer en nuestra sociedad y de su rol respecto de los hombres.
Las sombras más destacadas
Ante todo, todavía queda bastante camino por recorrer en la intensificación del empleo de las mujeres. El dato más influyente de todos en estos momentos se sitúa en la fuerte concentración del trabajo femenino en régimen de trabajo a tiempo parcial. De este modo, las mujeres representan más del triple del conjunto de ocupados a tiempo parcial, puesto que el porcentaje de parcialidad entre las mujeres se sitúa en el 20,1 %, mientras que el de los hombres se encuentra en el 6,7 %. Más aún, resulta especialmente llamativa la desagregación de la jornada de trabajo atendiendo al número medio de horas realizadas semanalmente; en los extremos, mientras que las mujeres representan el 64 % de quienes trabajan por debajo de las 10 horas semanales, el mismo porcentaje representan los hombres respecto de quienes trabajan por encima de las 39 horas semanales de media.
Además, las superiores posibilidades de futuro incremento de la incorporación del mercado de trabajo se sitúan en el diferencial ya señalado de ocupados entre mujeres y hombre (1,5 millones), el porcentaje superior de mujeres paradas respecto de los hombres (2 puntos porcentuales), así como la menor tasa de actividad de las mujeres (casi 10 puntos porcentuales respecto de los hombres).
Asimismo, la posición de mayor debilidad de la mujer en el mercado de trabajo deriva de su situación contractual, dado que igualmente la tasa de temporalidad es casi 4,5 puntos porcentuales superior en las mujeres respecto de los hombres.
Pese a los grandes avances, en términos de igualdad material entre trabajadoras y trabajadores, todavía falta bastante camino por recorrer
Como colofón de todo lo anterior se desemboca en la brecha salarial de las mujeres, que encuentra sus causas entre otras circunstancias por el dato ya indicado de la parcialidad en el trabajo, así como de la feminización de las actividades profesionales más descualificadas y, por tanto, peor retribuidas. Poco conocido es el dato de que, incluso cuando se producen promociones de carrera profesional de las mujeres, tiende a incrementarse la brecha salarial respecto de los hombres que asumen similares niveles profesionales y de responsabilidad. La superior toma en consideración de ciertos factores de más fácil cumplimiento por las mujeres y, a la inversa, la minusvaloración de perfiles más propios de las mujeres, incluyendo en esos niveles la disponibilidad superior en la adaptación de los horarios, incluso de superior uso de los derechos de conciliación de responsabilidades familiares, desembocan en este resultado de que cuanto más se asciende profesionalmente mayor resulta la brecha salarial.
Un importante impacto positivo están teniendo los planes de igualdad, negociados entre los representantes sindicales y la dirección de las empresas a partir de 50 trabajadores, pero el cumplimiento legal de la elaboración de los planes de igualdad todavía está en cifras lejanas a lo exigido y, además, en muchas empresas de dimensiones menores tienen un carácter más formal de cumplimiento de una exigencia legal que de incorporación de efectivas medidas de convergencia en el empleo y condiciones de trabajo de las mujeres.
En definitiva, a pesar de los grandes avances verificados en el mercado de trabajo, en términos de progresiva igualdad material entre trabajadoras y trabajadores, todavía falta bastante camino por recorrer. Los cambios necesarios para el logro de la igualdad efectiva son de calado, porque afectan a elementos estructurales del funcionamiento de las relaciones laborales y de las empresas; dependen incluso del cambio de mentalidades y de culturas tradicionalmente asentadas que se consideran por algunos “naturales” en la concepción del rol social de hombres y mujeres, no solo en el trabajo sino en todos los aspectos de las relaciones sociales.