El presidente Sánchez ha anunciado que el Gobierno prohibirá el acceso a las redes sociales más populares a los menores de 16 años. La oportunidad política es indudable. Y aunque el anuncio se ha hecho en Dubái, lejos del ruido parlamentario de Madrid, ha captado la atención no solo de toda la prensa española sino también de opinadores, tertulianos y, irónicamente, de las mismas redes sociales

En un mundo sobreinformado, donde la competición por la atención es feroz, esto ya es mucho. Pero lo más sorprendente no es la repercusión, sino la unanimidad. Hay muy pocas —o bien ninguna— voces discordantes. Todo son aplausos. Como si prohibir fuera, de repente, una idea obvia. Como si fuera inevitable.

Y quizás aquí es donde empieza el problema.

Un diagnóstico compartido

La preocupación por la deriva hacia la extrema derecha de una parte de la juventud, o por opiniones que muchos tildan de machistas, está bien documentada. Y de todo esto, a menudo, se culpa a las redes sociales. También se las hace responsables de los discursos de odio, del lenguaje grosero, insultante y descalificador que ha acabado llenando los parlamentos y el debate público de todos los colores políticos.

Las redes son hoy el espacio donde se discute todo y, sobre todo, donde se discute mal.

Todo son aplausos. Como si prohibir fuera, de repente, una idea obvia. Como si fuera inevitable

No solo eso. La mayoría de los psicólogos que opinan en prensa describen un rosario de conductas preocupantes: bullying, humillación pública, comparaciones constantes, estereotipos físicos inalcanzables, comportamientos incalificables, depresión, soledad

Un adolescente hoy puede sentirse solo en la habitación, pero al mismo tiempo expuesto ante mil ojos invisibles. Puede ser invisible en el patio de la escuela y, al mismo tiempo, víctima de una agresión viral

El diagnóstico es evidente. El malestar es real. Y, como siempre, cuando el malestar es real, la tentación política es responder con un gesto contundente.

La economía de la atención

El tercer elemento que se menciona, y que a menudo se pasa por alto, es el modelo de negocio. Estas redes están en pocas manos y tienen un mecanismo extraordinariamente simple: captar y retener la atención

Son gratuitas. Pero el producto, como en la política o en los medios de comunicación, es nuestra atención.

El negocio son los anuncios —como en el caso de Google— y, por lo tanto, hay que mantener a los usuarios el máximo tiempo posible enganchados a la plataforma para que vean el máximo número de anuncios posible. Son sistemas enormemente eficientes. Una impresión en X cuesta aproximadamente 0,0015 euros. Con esto ganan dinero, pero hay que poner muchos para que salgan los números. Y para poner muchos hace falta una cosa: que no te vayas

El negocio son los anuncios y, por lo tanto, hay que mantener a los usuarios el máximo tiempo posible enganchados a la plataforma para que vean el máximo número de anuncios

Esto contrasta con los sistemas por suscripción como ChatGPT, que se parecen más a un gimnasio: quieren que vayas, pero no que te pases el día.

Las redes sociales, en cambio, quieren exactamente lo contrario: que te quedes siempre.

Dado el panorama, debidamente amplificado por las mismas redes sociales, por los medios de comunicación y por los políticos de todos los colores, la preocupación es evidente en todas las capas de la sociedad

Al final, ¡se trata de nuestros hijos! Ahora bien: ¿prohibir es la solución?

Prohibir: la respuesta fácil

Australia ya hace un mes que implementa esta política y el resultado no es precisamente esperanzador.

A pesar de que 4,5 millones de cuentas han sido anuladas porque la edad declarada era inferior a la permitida, una gran mayoría de los jóvenes siguen en las redes sociales igualmente: vía VPN —extremadamente fácil—, mintiendo o utilizando cuentas que cambiaron la edad antes de la prohibición. Es decir: han conseguido criminalizar un comportamiento habitual, convirtiendo adolescentes en delincuentes digitales.

Y esto es una idea peligrosa. Porque todas las prohibiciones tienen efecto rebote. Algunas funcionan, sí: el tabaco y el alcohol han sido restringidos con éxito. Pero son prohibiciones con apoyo social enorme, avaladas por evidencia científica e incluso con el acuerdo de los fabricantes

No parece en absoluto que este sea el caso. Aquí no hay acuerdo. No hay infraestructura. No hay consenso. Hay un anuncio. Y los anuncios, en política, a menudo sustituyen las soluciones

El futuro es digital, nos guste o no

Aunque hay problemas evidentes —y probablemente se podrían mitigar con una implementación diferente— es obvio que el futuro es digital y que nuestra vida social tiene y tendrá una dimensión virtual central. Esto nos permite conectar con mucha más gente y participar en muchos más ámbitos que sin esta vertiente virtual serían imposibles.

No solo eso: el futuro pasa por la ampliación de esta virtualización con agentes que harán cosas por nosotros y nos permitirán estar mucho mejor informados. Solo hay que pensar en herramientas como Pulse de OpenAI, o en los tutores de IA que ya están entrando en las aulas y en nuestras vidas, superar nuestras limitaciones humanas de un umbral cercano a 150 personas con quienes tener una relación estrecha.

Prohibir es muy posible que, lejos de solucionar nada, profundice el problema

Nuestra sociabilidad ya no es solo física. Piensen si podrían vivir sin WhatsApp y los grupos de WhatsApp. O sin Slack en empresas de orientación americana. O si podrían estar al día sin X o LinkedIn. O cotillear sin Instagram. La respuesta es evidente.

Si echas un vistazo a las sociedades más avanzadas en digitalización —básicamente Asia— verás que la integración es total: lo pagas todo con WeChat, haces trámites gubernamentales, consumes educación e información dentro de plataformas. Los equivalentes a YouTube son básicos para estar informado. Y sí, también hay propaganda, machismo y xenofobia. Pero no responden prohibiendo el futuro.

Criminalizar la socialización

Más allá del efecto rebote, de las dificultades técnicas —insalvables sin la colaboración de las plataformas y probablemente sin acabar con el anonimato— el problema más grave es otro: la criminalización de conductas completamente sociales

Enseñar a nuestros hijos que tienen que vivir en la ilegalidad es probablemente lo más corrosivo que puede hacer una sociedad. Es enseñar que el Estado es el enemigo. Que la norma es algo a esquivar. Yo, que he vivido el franquismo y conocí qué quiere decir estar situado en la ilegalidad, sé perfectamente lo corrosiva que es esta experiencia. No es solo un problema tecnológico. Es un problema moral

¿Alternativas? Sí, pero exigen política de verdad

Alternativas las hay. La primera reflexión, incómoda, es la constatación de la incapacidad de Europa para desarrollar plataformas que reflejen sus valores. Acabamos como único recurso prohibiendo plataformas desarrolladas en otros lugares, con otros valores. Esto es muy grave. Es el fracaso de la cocreación. Es el fracaso de Europa. Pero es más que eso. También es una muestra de la política de confrontación, de la polarización, de la falta de diálogo, del insulto como lenguaje.

En China, el TikTok que funciona es muy diferente del occidental. Mucho menos adictivo. Los videojuegos están restringidos entre semana. Solo unas horas el fin de semana. Está claro que China tiene instrumentos muy poderosos para intervenir. Pero Europa también los tiene, si quiere. Lo que pasa es que intervenir exige acuerdo, regulación inteligente, cooperación con empresas, valentía institucional. Prohibir solo exige un titular

Redes europeas, no prohibiciones

Necesitamos redes sociales para nuestros niños y jóvenes. Ninguna madre ni ningún padre renunciaría al WhatsApp. Renunciar a YouTube, a los tutores de IA que vienen, a las herramientas digitales, no tiene sentido. Es muy seguro que no son exactamente estas redes que tenemos las que necesitamos

El problema más importante, el de verdad, es preguntarnos por qué no somos capaces ni de propiciar redes que se avengan con nuestros valores

Pero prohibir es muy posible que, lejos de solucionar nada, profundice el problema. Y el problema más importante, el de verdad, es preguntarnos por qué no somos capaces ni de propiciar redes que se avengan con nuestros valores, ni de cocrear con las empresas foráneas propuestas que podamos llamar verdaderamente europeas.

Si no solucionamos esto y nos quedamos en prohibir, la única pregunta es: ¿qué será lo siguiente que prohibiremos? Porque el mundo no se detendrá. Y nosotros tampoco deberíamos quedarnos quietos.