La fiebre del oro y los vendedores de palas
- Mookie Tenembaum
- Cap d'Agde (Francia). Viernes, 3 de julio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Durante la fiebre del oro de California, pocos mineros se hicieron ricos; sin embargo, quien prosperó fue Levi Strauss, vendiendo pantalones de lona. La historia se repite con la inteligencia artificial: los laboratorios que entrenan modelos queman capital a un ritmo sin precedentes. Mientras tanto, un conjunto improbable de empresas centenarias acumula ganancias silenciosas. Fabrican turbinas, cables, acero y aire acondicionado y no saben nada de redes neuronales, sino de electricidad y de hormigón. Eso basta.
El fenómeno merece un nombre más preciso que derrame; prefiero llamarlo irradiación. El calor del núcleo alcanza a las capas externas; ese centro es el gasto de capital de los gigantes tecnológicos, que proyectaron 700.000 millones de dólares para 2026. La construcción de centros de datos en Estados Unidos alcanzó los 50.000 millones mensuales en abril de este año. Esa masa de dinero no se queda en los chips, también se filtra hacia abajo, hacia oficios que parecían condenados al tedio.
La lista de beneficiarios sorprende por su antigüedad. Corning, inventora del vidrio Pyrex hace 175 años, multiplicó su cotización gracias a la fibra óptica que conecta servidores de IA. Siemens Energy, tras despedir miles de empleados en la década de 2010, cuando las turbinas de gas parecían obsoletas, registró en el primer trimestre de 2026 su mejor cartera de pedidos. Caterpillar vende generadores donde antes vendía excavadoras. Por su parte, Nucor atribuyó a la demanda de acero para centros de datos una ola de ganancias. Asimismo, Eaton, fabricante de equipos eléctricos de Ohio, vio crecer sus pedidos un 240%. Las turbinas de gas acumularon en Estados Unidos plazos de entrega de hasta 7 años. Cualquier máquina capaz de hacer girar un motor termina dentro de un centro de datos.
La irradiación tiene una lógica física. Un centro de datos de IA es más exigente que uno de nube tradicional porque los servidores deben conectarse entre sí con densidad extrema, lo que multiplica la demanda de cableado y óptica. Los chips generan tanto calor que el aire ya no alcanza y se requiere refrigeración líquida. El consumo eléctrico obliga a contratos masivos con compañías de energía como Iberdrola en Europa o Entergy en Estados Unidos. Cada restricción técnica abre un mercado para un proveedor especializado.
Hay 2 tipos de ganadores en esta irradiación. Los primeros venden algo que la IA necesita y que ya fabricaban. Los segundos reciclan fracasos previos
Pero la irradiación quema tanto como ilumina. Las mismas fuerzas que enriquecen a los vendedores de palas castigan a otros sectores. Es decir, el programa informático de suscripción por puesto de trabajo enfrenta una amenaza directa porque, si los agentes de IA reemplazan empleados, desaparecen las licencias que esos empleados justificaban. Así, los servicios profesionales rutinarios sufren presión similar. Las industrias electrointensivas compiten ahora por una energía que los centros de datos pagan a cualquier precio, lo que encarece la electricidad para todos los demás. Hasta el automóvil eléctrico resultó víctima colateral. Ford anunció en diciembre de 2025 un repliegue de su estrategia eléctrica con un costo de 19.500 millones de dólares y reconvirtió su planta de baterías de Kentucky para alimentar centros de datos. No fue oportunismo. Fue rescate de capacidad varada.
El caso Ford ilustra una distinción que conviene no perder de vista. Hay 2 tipos de ganadores en esta irradiación. Los primeros venden algo que la IA necesita y que ya fabricaban: Corning con su vidrio, Nucor con su acero. Los segundos reciclan fracasos previos bajo una etiqueta nueva; pero el mercado no siempre distingue entre ambos, y esa confusión es peligrosa.
Porque la pregunta es si la fiebre durará. Bain estimó que la industria necesitará 2 billones de dólares anuales de ingresos hacia 2030 para sostener el gasto en infraestructura, y calculó un déficit de 800.000 millones entre lo que la IA promete recaudar y lo que cuesta construirla. Ese agujero deberá cerrarse con ingresos reales o la construcción se detendrá.
Quien recuerde la burbuja de la fibra óptica del año 2000 reconocerá el síntoma: cuando los plazos de entrega se estiran a 7 años, los clientes duplican pedidos por miedo a la escasez y la cartera de pedidos infla una demanda que quizá no existe. Las cotizaciones que subieron 270% sobre negocios industriales de márgenes modestos plantean al momento de estas líneas una pregunta de valuación que pocos quieren formular.
La conclusión exige sobriedad. La irradiación es real porque el dinero fluye, las fábricas trabajan, los pedidos existen. Pero los vendedores de palas también quiebran cuando los mineros abandonan el río. Levi Strauss sobrevivió porque los pantalones servían fuera de la mina. La prueba decisiva para Caterpillar, Corning o Siemens Energy no es cuánto venden hoy a los centros de datos, sino cuánto valdrá su negocio el día que el oro escasee.
Las cosas como son.