Durante años, Groenlandia era poco más que hielo, bases militares antiguas y poco más. Un territorio lejano, incómodo, caro de mantener. Hasta que Trump dijo que Groenlandia era estratégico para Estados Unidos. Y ahí muchos nos reímos. Yo el primero.

Luego empecé a informarme mejor. A preguntar. A leer. Y acabé pensando que, más allá del personaje, el diagnóstico económico no iba tan desencaminado.

Groenlandia no va de comprar una isla. Y no va de petróleo. Además, eso ya lo tiene en Venezuela. Va de otras cosas que a continuación detallo.

El Ártico se está abriendo. No como metáfora, sino como realidad logística. Se deshace. Donde antes no se podía pasar en barco mercante, ahora se pasa. Y eso cambia muchas cosas. Especialmente para el comercio global. Las rutas entre Asia, Europa y América pueden acortarse de forma significativa. Menos días de navegación. Menos combustible. Menos riesgos concentrados en pocos puntos críticos.

Los grandes canales artificiales empiezan a mostrar sus límites. Suez se ha convertido en un cuello de botella permanente: saturación, tensiones geopolíticas, bloqueos puntuales que paralizan medio comercio mundial. Panamá, por otro lado, empieza a tener problemas estructurales ligados al nivel del agua. 

En ese contexto, una ruta ártica estable no es una excentricidad. Es una alternativa estratégica. Y para China supone algo muy concreto: reducir dependencia de pasos controlados por terceros. Para Europa, ganar resiliencia. Para Estados Unidos, no perder el control de las grandes arterias del comercio global.

Luego están las llamadas tierras raras. Groenlandia tiene reservas relevantes de uranio, zinc, plomo (galena), grafito, hierro, titanio… No porque vayan a explotarse mañana, sino porque ofrecen algo que hoy vale mucho: opción. La posibilidad de no depender casi en exclusiva de China en materiales críticos para la industria, la energía o la defensa. Eso, en términos económicos, es reducir riesgo sistémico. Y eso siempre acaba teniendo valor.

Hay otro factor menos comentado, pero clave: las fronteras. En el Ártico no todo está claramente delimitado. Plataformas continentales, zonas económicas exclusivas, derechos de explotación. Incluso fronteras. Rusia lleva años presionando en ese terreno. No es casualidad. Viene de lejos y va para largo. Lo que estamos viendo en Ucrania no es un episodio aislado, es una forma de entender la seguridad y el espacio económico.

Para Europa, ignorar ese frente sería un error. Aquí la alineación con Estados Unidos no es ideológica, es práctica. Sin coordinación, Europa no tiene ni capacidad disuasoria ni masa crítica suficiente para influir en cómo se ordena ese nuevo espacio económico.

Y está la defensa, que incomoda mencionarla, pero es inevitable. Estados Unidos pide más implicación europea. Más gasto. Más responsabilidad compartida. Desde una lógica económica, eso no es solo una factura. Es industria. Es tecnología. Es cadena de valor. Europa ha dejado adelgazar demasiado su base industrial en nombre de una eficiencia mal entendida. Recuperarla no es barato, pero no hacerlo sale aún más caro.

Leí hace poco a un analista que hablaba del Ártico como una especie de nuevo continente, como fue el descubrimiento de América. Me sonó exagerado al principio. Pero es cierto.

Europa tiene dos opciones. Reaccionar con desconfianza a cada movimiento de Washington. O sentarse y plantear un acuerdo de largo plazo. Rutas, inversión, recursos, seguridad. Un planteamiento en el que ambos ganen.

Porque esto no va de Trump. Ni siquiera va de Groenlandia. Va de entender por dónde va a circular la economía mundial dentro de veinte o treinta años. Y ahí, nos jugamos ya el todo por el todo del futuro de la Unión Europea.

Deberíamos pasar de la postura defensiva a definir cómo asociarnos con Estados Unidos para abordar la defensa y explotación de este nuevo continente.