En Europa nos gusta hablar de soberanía tecnológica. Tenemos estrategias, planes, regulaciones, consorcios, powerpoints, muchos powerpoints y una extraordinaria capacidad para inventar nuevos acrónimos. China, mientras tanto, construye empresas. El caso más reciente es CXMT, un fabricante de memorias para ordenadores y sistemas de inteligencia artificial. Cuando salió a bolsa en Shanghái, sus acciones subieron un 466% en una sola sesión y la empresa se convirtió en la más valiosa de la China continental. Su principal accionista y primer inversor no era un gran fondo de Silicon Valley. Era el Estado chino.

CXMT nació en 2016 con el apoyo del gobierno de Hefei, una ciudad que ha desarrollado una forma particular de hacer política industrial. En lugar de limitarse a conceder subvenciones, la Administración entra en el capital de la empresa, asume el riesgo inicial, aporta infraestructuras, atrae talento y espera. Es el Estado actuando como un inversor de capital riesgo. China ha comprometido billones de yuanes en miles de fondos públicos dedicados a semiconductores, baterías, vehículos eléctricos, drones e inteligencia artificial. CXMT es, hasta ahora, una de sus apuestas más espectaculares: una inversión pública inicial que, sobre el papel, se ha multiplicado más de cuarenta veces.

No es una idea completamente nueva. El Japón Meiji ya entendió en el siglo XIX que la industria era una forma de soberanía. El Estado creó fábricas, minas y astilleros, importó ingenieros extranjeros y asumió pérdidas durante años. Cuando las empresas y las capacidades industriales ya existían, las transfirió al sector privado. El Estado no se limitó a elegir ganadores. Los ayudó a nacer y, después, se apartó. Aquí está la primera gran lección. Un Estado emprendedor debe saber entrar, pero también debe saber salir.

El problema europeo es que queremos los resultados del capital riesgo sin aceptar sus fracasos

China domina muy bien la primera parte y todavía tiene problemas con la segunda. El año pasado, los inversores públicos aportaron la mayor parte del capital comprometido en el mercado chino de capital riesgo. Esto crea empresas, pero también dependencia, corrupción y proyectos que sobreviven porque nadie se atreve a reconocer su fracaso. El gran fondo chino de semiconductores, por ejemplo, quedó afectado por graves casos de corrupción. El modelo chino no demuestra que el Estado siempre acierte. Demuestra algo más sencillo: que la paciencia importa. Por cada CXMT hay muchas inversiones fallidas. Pero esta es precisamente la lógica del capital riesgo: unas pocas operaciones extraordinarias compensan el resto. El problema europeo es que queremos los resultados del capital riesgo sin aceptar sus fracasos.

En Europa, una inversión pública fallida se convierte inmediatamente en un escándalo. Para evitarlo, diseñamos convocatorias, controles e indicadores que reducen el riesgo, pero también la ambición. Acabamos financiando proyectos pequeños, fragmentados y previsibles. China fabrica campeones y nosotros repartimos ayudas. Europa sigue siendo muy buena produciendo investigación y empresas emergentes, pero mucho menos buena ayudándolas a convertirse en grandes empresas. Cuando una compañía europea necesita cientos o miles de millones para industrializar una tecnología, el capital acostumbra a venir de Estados Unidos, de China o de los países del Golfo. Y con el capital se marchan también las patentes, el talento y los centros de decisión. Esto nos lleva a la segunda lección: la soberanía tecnológica no consiste en pagar para que empresas europeas compren tecnología americana.

La soberanía no significa fabricarlo todo, sino controlar algunos puntos críticos de las cadenas de valor

Podemos anunciar miles de millones para infraestructuras de inteligencia artificial, pero, si funcionan con chips, nubes y modelos extranjeros, estaremos subvencionando demanda ajena y llamándola independencia. Es una soberanía de alquiler. Catalunya y España no pueden competir con China en volumen de recursos. Tampoco es necesario. La soberanía no significa fabricarlo todo, sino controlar algunos puntos críticos de las cadenas de valor. Catalunya ya dispone de capacidades importantes en supercomputación, diseño de chips, fotónica, inteligencia artificial, tecnologías cuánticas e industria avanzada. También tiene centros de investigación y empresas capaces de competir internacionalmente. Lo que a menudo falta no es la tecnología, sino quien esté dispuesto a regarla durante diez años.

Necesitamos capital paciente: un fondo público-privado, gestionado profesionalmente, capaz de entrar pronto en empresas estratégicas, ayudarlas a escalar y vender la participación cuando el mercado privado pueda tomar el relevo. No a otra convocatoria. No a más dinero fragmentado en proyectos de dos años. Capital, compra pública, infraestructuras y una estrategia industrial coherente. El modelo no debería ser China, sino un punto intermedio: el Estado entra cuando el mercado todavía no puede asumir el riesgo, construye capacidades y se retira cuando estas capacidades ya pueden sostenerse solas. China sabe entrar, pero no siempre sabe salir. Europa, con demasiada frecuencia, ni siquiera entra. Y mientras nosotros discutimos qué significa la soberanía tecnológica, otros construyen las fábricas, forman a los ingenieros y conquistan los mercados.

La soberanía no se proclama. Se fabrica.