Un debate necesario sobre el futuro del trabajo

- Pau Hortal
- Barcelona. Sábado, 3 de octubre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hay una frase que circula con fuerza: “Tenemos más trabajadores que en 2008, pero se trabajan menos horas”. Y como todas las frases que parecen evidentes, es peligrosa. No porque sea falsa. Sino porque es incompleta.
España ha hecho algo que, durante años, parecía imposible: crear empleo. Mucho empleo. Millones de personas que antes estaban fuera del mercado laboral hoy tienen un contrato, una nómina, una identidad productiva. A primera vista, debería ser una historia de éxito sin matices.
Sin embargo, tenemos una grieta. Si uno deja de mirar el número de ocupados y empieza a observar las horas trabajadas, el relato cambia. No se rompe, pero se desplaza. Y en ese desplazamiento aparece una realidad más incómoda: no trabajamos mucho más que antes. En algunos cálculos, prácticamente lo mismo. En otros, incluso un poco menos.
La respuesta es sencilla de formular, pero compleja de digerir: cada trabajador trabaja menos. Menos horas semanales. Más parcialidad. Más interrupciones. Más fragmentación. Más discontinuidad. El trabajo ya no es una línea recta; es una constelación de puntos.
Antes, el modelo era intensivo: menos personas, más horas. Hoy es extensivo: más personas, menos horas. Hemos pasado de concentrar el trabajo a distribuirlo. Y eso tiene consecuencias profundas.
Estamos ante una transición hacia un modelo donde el trabajo deja de ser un bloque compacto y se convierte en un flujo
La primera es estadística. El empleo crece, pero el volumen total de trabajo no lo hace en la misma proporción. Es como inflar un globo con pequeños soplos: aumenta el tamaño, pero no necesariamente la presión interna. Más gente dentro del sistema no implica automáticamente más producción de horas.
La segunda es económica. Si el trabajo se fragmenta, la productividad se vuelve más difícil de capturar. No porque la gente trabaje peor, sino porque trabaja de otra manera: en jornadas más cortas, más discontinuas, más híbridas. El viejo indicador —horas trabajadas— empieza a quedarse corto para describir lo que realmente está pasando.
La tercera es cultural. Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo.
Durante décadas, el empleo ha sido el elemento central de la existencia colectiva y un sinónimo de estabilidad. Hoy, el empleo es, en muchos casos, una suma de equilibrios precarios: periodos de actividad con otros de desempleo, contratos de entrada y resoluciones continuas, jornadas que suben y bajan, vidas laborales que se adaptan continuamente a una demanda cambiante. No es necesariamente peor. Pero es radicalmente diferente.
Hemos pasado de concentrar el trabajo a distribuirlo. Y eso tiene consecuencias profundas
Y, sin embargo, seguimos cometiendo el error de interpretar una nueva realidad con las categorías del pasado.
Seguimos preguntándonos si “trabajamos más o menos” como si el trabajo fuera una magnitud homogénea, estable, comparable en el tiempo. Como si una hora en 2008 fuera equivalente a una hora en 2025. Como si el mercado laboral no hubiera cambiado de naturaleza. Porque la verdadera transformación no está en la cantidad, sino en la forma.
Hemos construido un mercado laboral probablemente más inclusivo, pero también más fragmentado. Más accesible, pero menos intenso. Más amplio, pero menos denso. Es un sistema que reparte mejor el acceso al trabajo, pero diluye la experiencia del trabajo.
Y eso plantea una pregunta incómoda, que todavía no estamos sabiendo formular del todo: ¿Estamos creando empleo… o estamos redistribuyendo el trabajo existente? La diferencia no es menor.
Crear empleo implica generar nuevas oportunidades productivas, nuevas actividades, nuevas fuentes de valor. Redistribuir el trabajo supone repartir lo que ya existe entre más personas. Lo primero, expande el sistema. Lo segundo lo reorganiza. Probablemente, en estos últimos años, hemos hecho ambas cosas. Pero no en la misma proporción.
Por eso la sensación es ambivalente. Los datos dicen que vamos bien. La experiencia cotidiana dice que algo ha cambiado. Y ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. No estamos ante una contradicción. Estamos ante una transición hacia un modelo donde el trabajo deja de ser un bloque compacto y se convierte en un flujo. Donde la estabilidad no desaparece, pero se redefine. Donde el empleo ya no es una fotografía fija, sino una secuencia en movimiento.
En ese contexto, debatir sobre si trabajamos más o menos que en 2008 es casi irrelevante. La pregunta relevante desde un punto de vista conceptual no es la de cuántas horas trabajamos, sino qué significa hoy el trabajo.
Porque quizá la verdadera noticia no es que haya más empleos que exijan un menor número de horas de trabajo, sino que probablemente el trabajo ha dejado de ser lo que era. Y para ello debemos plantearnos cuestiones como: ¿El trabajo seguirá siendo el elemento central de la vida humana?, ¿Seguiremos necesitando trabajar para vivir? ¿Tendremos trabajo para todos/as? No tenemos todavía ni las respuestas, ni el lenguaje, ni mucho menos unas políticas a la altura de este nuevo mundo.