Había un tiempo en que pasear por una ciudad permitía saber dónde estabas sin necesidad de consultar Google Maps. Los comercios, los olores, los escaparates, los mercados, los bares, los rótulos, la manera de comer, de hablar e incluso de ocupar el espacio público contaban una historia concreta. Barcelona no se parecía a Madrid, Girona difícilmente podía confundirse con Ámsterdam y Tarragona conservaba una fisonomía que nadie habría identificado jamás con Lisboa. Cada ciudad había construido a lo largo de décadas una personalidad propia, fruto de una determinada manera de concebir el comercio, las relaciones, los ritmos y la vida cotidiana.

Hoy, por el contrario, podemos recorrer los principales ejes comerciales del país y experimentar una sensación inquietante. Las mismas marcas de ropa, las mismas franquicias de restauración, cafeterías concebidas según una estética prácticamente calcada, gimnasios calcados de ciudad en ciudad, cadenas de cosmética, tiendas de telefonía y supermercados que podrían estar en Barcelona, Milán, Berlín o Londres sin tener que modificar casi nada. Cambia la dirección, quizás también la lengua de la calle, pero una parte creciente del paisaje urbano parece haber sido diseñada con la misma plantilla.

Hemos ganado conexión con el mundo, oferta, comodidad y posibilidades de consumo que las generaciones anteriores difícilmente habrían podido imaginar. Sería absurdo negar sus ventajas o convertir el pasado en un paraíso idealizado que nunca existió. Las sociedades que no evolucionan se acaban fosilizando y las culturas siempre han incorporado influencias externas. Catalunya es, precisamente, el resultado de siglos de migraciones, intercambios, transformaciones y, también, de una extraordinaria capacidad de adaptación. El problema surge cuando incorporar deja de significar enriquecer y empieza, casi sin darnos cuenta, a significar sustituir.

El comercio es probablemente uno de los espacios donde esta metamorfosis resulta más visible. La mercería, la ferretería, la granja, la librería, la tienda de ropa familiar, la charcutería o aquel establecimiento imposible de clasificar que hacía cuarenta años que formaba parte del barrio desaparecen y, con demasiada frecuencia, dejan paso a propuestas perfectamente reproducibles en cualquier otra ciudad de cualquier lugar. No es solo una cuestión estética ni una batalla sentimental entre comerciantes de toda la vida y multinacionales. Estamos ante una transformación profunda de la estructura económica y social de nuestras calles.

Comercios, gastronomía, lengua y costumbres se van uniformando mientras Catalunya corre el riesgo de confundir modernidad con renuncia

Según Comerç en xifres 2025, el informe elaborado por el Consorci de Comerç, Artesania i Moda de Catalunya del Departament d’Empresa i Treball de la Generalitat, Catalunya contaba con 86.936 establecimientos comerciales en el año 2023, el equivalente a 11,16 establecimientos por cada mil habitantes. El mismo documento señala que 101 municipios ya no disponen de comercio y que el sector está formado por 70.095 empresas, el 97,4% de las cuales tienen menos de diez trabajadores. Hablamos, por tanto, de un tejido empresarial extraordinariamente arraigado en el territorio, formado mayoritariamente por pequeñas empresas.

Cuando desaparece uno de estos negocios, no cierra únicamente una caja registradora. Se pierde conocimiento acumulado, se debilitan relaciones con proveedores, desaparecen oficios, se desvanece una determinada manera de atender al cliente y a menudo se rompe también un pequeño espacio de sociabilidad. Considerarlo una cuestión romántica sería, además, económicamente poco riguroso. El mismo informe del CCAM sitúa el peso del comercio, incluyendo la actividad al por mayor, al detalle y la venta y reparación de vehículos, en torno al 15% del PIB catalán. Defender su diversidad no significa preservar una postal antigua, sino proteger un sector que genera actividad, empleo y riqueza en todo el país.

La contradicción resulta especialmente reveladora porque nunca habíamos hablado tanto de autenticidad, proximidad y experiencias locales mientras consumíamos tantos formatos concebidos para ser exactamente copiables. Buscamos hoteles con alma, restaurantes genuinos y barrios con personalidad, pero acabamos premiando modelos empresariales que tienden a estandarizar las calles. Viajamos persiguiendo diferencias mientras contribuimos, con una naturalidad sorprendente, a hacer que los lugares se asimilen cada vez más entre ellos.

Esta transformación también ha llegado a nuestra manera de comer. No hay que declarar la guerra a los huevos Benedict, al sushi, al hummus ni al avocado toast, porque una cultura gastronómica abierta es necesariamente más rica que una encapsulada. La pregunta interesante es otra. ¿En qué momento empezamos a considerar más sofisticado un brunch que un desayuno de tenedor, más contemporáneo un bagel que un buen bocadillo y más atractivo un bowl que muchos de los platos que durante generaciones habían formado parte de nuestra cocina cotidiana?

El problema surge cuando incorporar deja de significar enriquecer y empieza, casi sin darnos cuenta, a significar sustituir

Durante décadas, sentarse a la mesa significaba un primer plato, un segundo plato y un postre, una estructura que hoy puede parecer casi una pieza antropológica ante la proliferación de las comidas de un solo plato. Hemos incorporado cocinas del mundo, nuevas formas de comer y una diversidad gastronómica que hay que celebrar, pero convendría preguntarnos si esta apertura ha ido acompañada de una cierta pérdida de prestigio de aquello que era genuinamente nuestro. Una cafetería escrita íntegramente en inglés puede parecernos cosmopolita, mientras una fonda que anuncia fricandó, capipota o bacalao con samfaina corre el riesgo de ser percibida como una reminiscencia del pasado.

El problema no son los alimentos que incorporamos, sino la jerarquía cultural con que los clasificamos. Nadie nos obliga a considerar más moderna una propuesta porque llegue de Brooklyn, Londres o Copenhague, ni más antigua otra porque forma parte de nuestra tradición. Somos nosotros quienes, a menudo sin darnos cuenta, hemos ido asociando lo importado con sofisticación y lo propio con costumbrismo, como si avanzar exigiera necesariamente dejar algo atrás.

Una lógica similar aparece en el lenguaje comercial. Bakery, coffee, concept store, rooftop, coworking, healthy food, flagship store. Los anglicismos forman parte de la evolución natural de las lenguas y convertirlos en una batalla identitaria sería poco útil. Pero sí es legítimo preguntarnos por qué el inglés parece conferir automáticamente una pátina de prestigio, internacionalización o modernidad que no siempre concedemos al catalán. ¿Qué complejo hemos desarrollado para que modernizarnos parezca exigirnos abandonar una parte de lo que somos?

No es un fenómeno exclusivamente catalán. Muchas ciudades europeas han experimentado procesos similares, favorecidos por la concentración empresarial, el auge del comercio electrónico, el ascenso de los alquileres comerciales, la presión turística y unas economías de escala que permiten a los grandes operadores asumir costes difícilmente soportables para una pequeña empresa familiar. La dinámica es global, pero sus consecuencias siempre acaban materializándose en un lugar concreto, en aquella persiana que no se levanta, en aquel establecimiento que cambia de manos o en aquella calle que pierde un poco más del carácter que la había distinguido.

Queremos comercio local, pero exigimos precios globales. Reivindicamos establecimientos independientes, pero premiamos la disponibilidad inmediata

Catalunya conserva todavía una red excepcional de negocios con una historia difícilmente plagiable. En diciembre de 2025, el Consorci de Comerç, Artesania i Moda de Catalunya presentó el Mapa de Establecimientos Comerciales Centenarios, una iniciativa de la Generalitat que recoge más de 600 comercios en activo reconocidos institucionalmente por haber superado el siglo de actividad. Son empresas que han atravesado guerras, dictaduras, crisis económicas, revoluciones tecnológicas y transformaciones radicales de los hábitos de consumo. Resulta revelador, sin embargo, que nos conmueva tanto la desaparición de un establecimiento centenario y que dediquemos tan poca atención a las condiciones que le habrían permitido seguir existiendo.

Cuando baja definitivamente la persiana, compartimos fotografías antiguas, recordamos cuando íbamos con los abuelos o con los padres, y lloramos por el barrio que ha dejado de ser lo que era. Sin embargo, durante años quizás ya no comprábamos allí porque hacerlo en una plataforma era más rápido, porque una gran cadena ofrecía un precio inferior o porque nos resultaba más cómodo recibir el producto al día siguiente sin salir de casa. Y aquí es donde ya no podemos mirar hacia otro lado. Queremos comercio local, pero exigimos precios globales. Reivindicamos establecimientos independientes, pero premiamos la disponibilidad inmediata. Defendemos barrios con personalidad mientras concentramos una parte creciente de nuestro consumo en empresas que basan su eficiencia precisamente en la escala y la estandarización.

Las ciudades no son solo el resultado de las decisiones urbanísticas de los ayuntamientos o de las estrategias de las grandes corporaciones. También son la consecuencia acumulada de millones de pequeñas decisiones individuales. Cada compra contribuye, aunque sea mínimamente, a determinar qué negocios pueden seguir abiertos, qué actividades mantienen presencia en los centros urbanos y qué paisaje empresarial dejaremos a las generaciones siguientes. No se trata de culpabilizar al consumidor, sino de entender que la comodidad también genera consecuencias territoriales.

Por eso el debate no debería enfrentar tradición y modernidad, porque esta dicotomía es demasiado pobre para explicar el reto. Catalunya no necesita convertirse en un museo ni proteger artificialmente cualquier negocio por el simple hecho de ser antiguo. Necesita algo mucho más exigente, que consiste en modernizarse sin disolverse, innovar sin banalizarse y abrirse al mundo sin renunciar al capital cultural, empresarial y social que la diferencia.

Cada compra contribuye, aunque sea mínimamente, a determinar qué negocios pueden seguir abiertos

Esta singularidad no es incompatible con la competitividad. Puede ser, precisamente, una de sus principales fuentes. En una economía global en la que el capital, las marcas, la tecnología y los modelos de negocio atraviesan fronteras a una velocidad extraordinaria, gana valor todo aquello que no se puede replicar fácilmente. El patrimonio, la lengua, la gastronomía, los paisajes, la trama urbana, las empresas arraigadas y una determinada manera de entender la vida son activos que ninguna plataforma puede enviar en veinticuatro horas y que ninguna multinacional puede reproducir exactamente en otra latitud.

Si nuestros centros urbanos acaban ofreciendo los mismos escaparates, la misma restauración internacional, una estética calcada y unas experiencias cada vez más parecidas a las de cualquier otra capital europea, habremos debilitado justamente aquello que nos permite competir sin necesidad de copiar a nadie. En economía sabemos que lo escaso tiene valor. Sería una ironía colosal que, obsesionados por incorporar todo aquello que circula por el mundo, acabáramos erosionando precisamente nuestro bien más difícil de imitar.

No se trata de añorar una Catalunya inmovilizada en una fotografía color sepia, sino de aspirar a un país lo suficientemente seguro de sí mismo para incorporar el mundo sin necesidad de disfrazarse de él. Un país capaz de tener brunch y almuerzos de tenedor, grandes marcas y comercios familiares, empresas tecnológicas y negocios centenarios, inglés y catalán, innovación y memoria, porque el cosmopolitismo auténtico no consiste en borrar las diferencias, sino en convivir con ellas sin complejos.

Las identidades raramente desaparecen de un día para otro. Se van desdibujando poco a poco, casi sin hacer ruido, cuando desaparece del paisaje aquella tienda que creíamos que siempre estaría ahí, cuando una receta ya no pasa de una generación a otra porque nos parece demasiado antigua, cuando cambiamos de lengua por inercia o cuando lo propio empieza a parecernos menos valioso, menos moderno o menos sofisticado que lo que llega de fuera. También ocurre cuando las calles que durante décadas habían explicado quiénes éramos acaban pareciéndose tanto a las de cualquier otra ciudad que ya cuesta reconocer aquello que las hacía nuestras.

Quizás un día descubramos que Catalunya no se desdibujó porque alguien nos la quitara, sino porque dejamos de proteger, valorar y transmitir aquello que la hacía singular. Y entonces la pregunta ya no será cuándo empezó todo, sino en qué momento empezamos a confundir progreso con imitación y modernidad con renuncia.