En un mundo donde la innovación se ha convertido en una condición indispensable para mantener la prosperidad, muchas políticas públicas continúan pensándose con esquemas que ya no sirven. Los ciclos tecnológicos se han acelerado, el tiempo entre una idea y un producto viable se ha acortado de manera radical, y el talento, el capital y el conocimiento se mueven con una velocidad desconocida hace solo unas décadas. Empresas que hace muy poco no existían hoy lideran mercados globales. Y empresas consolidadas, si no se redefinen a tiempo, corren el riesgo de quedar relegadas o de desaparecer.

Por eso la innovación ya no es solo una apuesta de futuro. Es una exigencia del presente. Sin innovación no hay competitividad, y sin competitividad no hay prosperidad sostenible, ni salarios que aguanten, ni estado del bienestar que se pueda mantener sin deterioro. De ahí que las políticas de innovación ocupen un lugar central tanto en gobiernos progresistas como conservadores. Todo el mundo habla de ello. El problema es que demasiado a menudo se habla de ello con recetas antiguas.

Durante años se ha dado por hecho que la fórmula era clara: más ciencia, más talento, más capital, más transferencia, más programas públicos, más colaboración entre universidades y empresas. Todo esto es importante, evidentemente. Pero el gran error es pensar que innovar es simplemente tener todos los ingredientes. No lo es. La innovación no es una suma de capacidades. Es una dinámica. Lo que cuenta no es solo tener recursos, sino conseguir que estos recursos se combinen de manera eficaz, se dirijan hacia oportunidades reales y permitan que algunos proyectos lleguen a competir de verdad a escala global.

Aquí es donde fallan muchas políticas públicas. No porque les falten buenas intenciones, ni siquiera porque les falten dinero, sino porque parten de una idea equivocada sobre qué es innovar y sobre cómo se construye un ecosistema innovador.

Primer gran error: querer construir un ecosistema cerrado

El primer gran error es pensar que la clave de la innovación es construir un entorno local completo, casi autosuficiente, que contenga todas las piezas: talento local, capital local, empresas locales, centros locales, tecnologías locales y gobernanza local. Esta visión es tentadora porque da una sensación de control y captura de valor. Pero en innovación, el control casi siempre es una ilusión, como lo es la captura total del valor.

Solo algunos países de dimensión extraordinaria pueden permitirse aspirar a tenerlo todo dentro de casa. E incluso en estos casos, la innovación sigue siendo en gran parte oportunista, imprevisible y abierta. Los grandes liderazgos tecnológicos no suelen surgir porque alguien haya diseñado un sistema perfecto desde un despacho, sino porque se ha sabido detectar una oportunidad, conectarse bien y escalarla antes que los demás. La innovación real no suele nacer en ecosistemas cerrados, sino en sistemas profundamente conectados.

Todo el mundo habla de políticas de innovación. El problema es que demasiado a menudo se habla de ellas con recetas antiguas

Hay ejemplos muy ilustrativos. No era evidente hace unas décadas que Dinamarca acabaría siendo una potencia en farma, ni que los Países Bajos se convertirían en centrales en una tecnología tan crítica como la litografía ultravioleta para la fabricación de los semiconductores más avanzados. Esto no sucede porque un país lo tenga todo, sino porque sabe ocupar una posición relevante dentro de un sistema global mucho más amplio.

Esta es la lección que a menudo se ignora: en innovación, estar bien conectado es más importante que querer ser autosuficiente. Un ecosistema pequeño o mediano no puede competir intentando replicar localmente todas las piezas del rompecabezas global. Lo que debe hacer es estar presente donde pasan las cosas, conectarse a los grandes flujos de talento, capital y mercado, y aprovechar estas conexiones para impulsar propuestas propias. Quien se cierra, se empequeñece. Quien se conecta, multiplica posibilidades.

Segundo gran error: café para todos

El segundo gran error es el más habitual y también el más cómodo: repartir. No elegir, no priorizar, no exigir, no asumir el coste político de dejar a alguien fuera. El famoso café para todos es una tentación constante porque permite evitar conflictos, construir consensos aparentes y quedar bien ante todos. Pero es letal para cualquier política de innovación seria.

Una política de innovación no es un mecanismo de distribución equilibrada. Es, por definición, un mecanismo de selección. Innovar significa apostar. Significa asumir que no todos los proyectos tienen el mismo potencial, que no todos los actores aportan lo mismo y que no todas las iniciativas merecen el mismo apoyo. Significa discriminar, en el sentido estricto del término: distinguir, seleccionar, concentrar recursos y exigir resultados.

Innovar significa apostar y discriminar, en el sentido estricto del término: distinguir, seleccionar, concentrar recursos y exigir resultados

Cuando esto no se hace, el resultado suele ser previsible. Los recursos se dispersan, la exigencia se debilita, las estructuras se perpetúan y la mediocridad se consolida. El café para todos es la negación de la competición, y sin competición no hay innovación relevante. Puede haber actividad, programas, informes, eventos y retórica. Pero no hay el tipo de intensidad que hace aparecer proyectos capaces de crecer y ganar fuera.

La cuestión no es si los actores son públicos o privados. Esta distinción es secundaria. Lo que importa es si compiten, si se comparan con estándares internacionales, si tienen incentivos para mejorar y si pueden fracasar. Sin esta presión competitiva, cualquier ecosistema se vuelve autorreferencial. Y cuando un ecosistema se vuelve autorreferencial, la palabra innovación se repite mucho, pero la innovación real aparece poco.

Sería magnífico encontrar una fórmula para generar prosperidad sin intensidad competitiva. Pero, de momento, no existe. Las sociedades que innovan de verdad son sociedades que seleccionan, presionan y obligan a competir. Todo lo demás es maquillaje.

Tercer gran error: confundir capacidades con dinámicas

El tercer gran error, probablemente el más profundo, es pensar que la innovación se puede explicar simplemente a partir de disponer de todas las capacidades. Más ingenieros, más patentes, más artículos científicos, más centros tecnológicos, más startups, más inversión pública. Todo esto es importante y también todo esto se puede contar. Y precisamente por eso seduce tanto a los responsables públicos: porque es visible, cuantificable y fácil de presentar.

Pero lo que se puede contar no es necesariamente lo que más importa. El problema no es disponer de todos los ingredientes, sino saber qué hacer con ellos. No basta con tener una lista de ingredientes para hacer un plato de estrella Michelin. No basta con tener conocimiento; es necesario tener empresas e instituciones capaces de absorberlo, combinarlo, aplicarlo y transformarlo en productos, servicios o ventajas competitivas. No basta con generar talento; es necesario ofrecerle proyectos con ambición, conexiones útiles y posibilidades reales de escalar. No basta con tener capital; es necesario que este capital encuentre propuestas con potencial global.

El problema no es disponer de todos los ingredientes, sino saber qué hacer con ellos. No basta con tener una lista de ingredientes para hacer un plato de estrella Michelin

En un mundo donde el talento y el capital se mueven rápidamente, la ventaja no la tiene quien acumula más recursos, sino quien crea mejores dinámicas. Dinámicas de conexión, de selección, de aprendizaje, de exigencia y de escalado. Esta es la diferencia entre una sociedad que habla mucho de innovación y una sociedad que produce innovaciones relevantes.

Por eso muchas estrategias fallan. Porque se concentran en agrandar el inventario de recursos, pero no en construir las condiciones para que estos recursos se transformen en proyectos globalmente competitivos. Y esta transformación no depende solo de los inputs. Depende de cómo se relacionan los actores, de qué incentivos tienen, de la intensidad competitiva, de qué oportunidades detectan y de si hay alguien dispuesto a apostar de verdad.

El problema de fondo que perpetúa el statu quo

A estos tres errores se añade un problema aún más estructural: la captura del regulador. Las políticas de innovación mueven muchos recursos, tienen una fuerte dimensión técnica y suelen estar muy vinculadas a sectores e instituciones con gran capacidad de organización e interlocución con el poder público. Universidades, grandes centros de investigación, organismos consolidados de transferencia: todos estos actores tienen voz, redes, legitimidad, capacidad de presión y una gran experiencia en defender sus intereses. Y es natural que lo hagan.

El problema es que a menudo los actores que deberían tener más voz en la definición de las políticas son precisamente los que menos la tienen. Los nuevos innovadores, los emprendedores que intentan crear mercados, los directivos de las empresas emergentes que sí que compiten globalmente o quienes están abriendo camino en sectores nuevos, demasiado a menudo no están en el centro de la conversación. No tienen el mismo lobby, ni la misma proximidad institucional, ni la misma capacidad de influencia.

A menudo los actores que deberían tener más voz en la definición de las políticas son precisamente los que menos la tienen

Esto hace que muchas políticas terminen atrapadas en la lógica de siempre: reforzar estructuras existentes, mantener equilibrios conocidos y continuar haciendo aquello que es administrativamente cómodo y políticamente defendible. El resultado es que se habla mucho de innovación, pero se continúa gestionando sobre todo continuidad.

No hay recetas simples para resolver todo esto. Todavía se entiende mal qué hace que una sociedad sea realmente innovadora. Pero sí que se pueden identificar con bastante claridad algunos errores recurrentes. El primero es querer construir un sistema cerrado en un mundo abierto. El segundo es café para todos cuando hay que apostar. El tercero es confundir capacidades con dinámicas. Y mientras estos tres errores continúen presidiendo muchas políticas públicas, se seguirá hablando mucho de innovación sin generar suficiente.