A menudo pensamos que el fútbol es solo un deporte, pero en realidad funciona como el laboratorio de comportamiento humano más grande y transparente del mundo. Y lo que ocurre hoy en los estadios es un síntoma temprano de una crisis más profunda que definirá nuestra era. Quien interpreta que esto es una simple discusión sobre reglas de juego, no comprende lo que pasa.
Para entender hacia dónde va nuestra relación con la inteligencia artificial (IA), primero tenemos que entender por qué el fútbol, el deporte más popular del planeta, se volvió repentinamente miserable para sus fanáticos. Y el culpable tiene nombre, es el VAR.
¿Qué es exactamente el VAR?
Para quien no vive el día a día del deporte, es fundamental explicar qué es este mecanismo. Las siglas corresponden a “Árbitro Asistente de Video”. En la práctica, significa que las decisiones ya no las toma únicamente el ser humano que corre por el campo con un silbato.
Ahora, existe una sala cerrada, llena de pantallas y técnicos, donde otros jueces revisan cada jugada polémica. Tienen la capacidad de detener el partido, rebobinar la imagen, verla en cámara lenta y trazar líneas digitales milimétricas sobre el césped para determinar si la punta de un botín estaba adelantada o no.
La premisa con la que se vendió esta tecnología fue seductora, se habló de “justicia total”. Se prometió que, al eliminar el error humano, el juego sería más justo. Y esta tecnología venía a limpiar las imperfecciones de nuestra biología. Sin embargo, el resultado fue una paradoja dolorosa porque el juego es técnicamente más preciso, pero la experiencia humana de presenciarlo se ha roto.
La intolerancia a la “herramienta rota”
¿Por qué la gente odia el VAR? Aquí es donde empezamos a ver la doble vara con la que medimos la realidad. Cuando un árbitro humano se equivoca, por ejemplo, no ve un penal o pita una falta que no fue, el fanático se enfurece, grita y se queja. Pero, en el fondo de su psique, hay una aceptación. Entendemos que el árbitro es una persona, que puede estar tapado por un jugador, puede parpadear o sentir presión. Su error tiene una narrativa porque es un “error honesto”, parte del drama de la vida.
Con la máquina, esa benevolencia desaparece. Tenemos un pacto utilitario con la tecnología y su única razón de existir es ser perfecta. Si el VAR detiene el partido durante cuatro minutos para analizar una imagen y el resultado sigue siendo confuso, no se ve como un error, se siente como una estafa.
Si la herramienta estorba, es una “herramienta rota”. Y a las herramientas no se las perdona, solo se las tira a la basura. Pero esta impaciencia es solo la punta del iceberg porque, debajo de la frustración técnica, se esconde algo más oscuro, y es nuestro tribalismo.
La rebelión de los objetos: el síndrome de Hitchcock
Hay un momento en el que la tecnología deja de ser una herramienta pasiva, como un martillo o una calculadora, y empieza a parecerse demasiado a un ser vivo.
Alfred Hitchcock capturó este terror magistralmente en su película Los pájaros. Lo que nos aterra en esa cinta no es solo el ataque físico, sino la idea de que algo que consideramos “decorado” o “fondo” de repente adquiere voluntad propia y se organiza contra nosotros.
El VAR y la IA representan hoy ese papel. Mientras la computadora se limitaba a procesar datos en silencio, era nuestra esclava. Pero ahora, la máquina “opina” y detiene el flujo del tiempo humano para imponer su verdad digital.
Esto activa en nuestro cerebro una alarma biológica primitiva, la xenofobia digital.
Los seres humanos somos tribales por naturaleza y desconfiamos de lo que no pertenece a nuestro grupo. Históricamente, discriminamos al extranjero, al que tiene otro color de piel o habla otro idioma. Pero ahora, nos enfrentamos a un “extranjero” radical, una entidad que no es biológica, un “No-Hombre” que invade territorios percibidos como exclusivos de nuestra especie, por ejemplo el juicio, la justicia y el lenguaje.
La paradoja del inmigrante
Si profundizamos en este rechazo, nos encontramos con una contradicción fascinante que ya hemos visto en las crisis migratorias humanas. Es un “doble vínculo” imposible de resolver.
Pensemos en cómo ciertas sociedades reaccionan ante el inmigrante. Primero, se le desprecia por ser diferente y se dice: "¿Por qué no se adaptan? ¿Por qué no se parecen más a nosotros?”. Se exige que la asimilación sea total.
Pero aquí está la trampa, cuando el inmigrante finalmente se asimila, cuando aprende el idioma a la perfección y adopta las costumbres locales, el desprecio no desaparece, sino que muta.
Ahora nace la sospecha hacia el “impostor”. Molesta que se parezca demasiado a nosotros, que sea una copia falsa.
Con la IA nos pasa exactamente lo mismo. Si la máquina es fría y mecánica como lo es el VAR actual, la odiamos porque es “tonta”, porque no entiende el contexto, porque es inhumana y corta el clima emocional, y le exigimos que sea más humana.
Pero si la IA llegara a simular perfectamente la humanidad, si un chatbot nos hablara con verdadera empatía o una máquina dictara sentencias con “misericordia”, nuestro rechazo sería aún más visceral.
Entraríamos en lo que se conoce como el “valle inquietante”. Sentiríamos repulsión ante el impostor que intenta usurpar nuestra identidad. Al igual que con el inmigrante en la paradoja xenófoba, la máquina pierde si es distinta, y pierde aún más si es igual.
El espejo de Hobbes: ¿por qué tememos a la conciencia artificial?
Finalmente, esto nos lleva a la última pregunta: ¿por qué nuestra fantasía colectiva sobre el futuro de la IA siempre es apocalíptica? ¿Por qué, cuando pensamos en máquinas conscientes, imaginamos Matrix o Terminator? ¿Por qué asumimos que una súper-inteligencia querría exterminarnos?
La respuesta no está en los chips de silicio, sino en nuestro propio espejo.
Tito Macio Plauto, el dramaturgo romano, describió: "El hombre es un lobo para el hombre”. Nuestra historia como especie es la historia de la dominación. Hemos conquistado, esclavizado y desplazado a todo lo que era más débil que nosotros.
Cuando miramos a la IA y sentimos miedo, lo que hacemos es proyectar nuestra propia naturaleza depredadora sobre el algoritmo. Asumimos que si algo es inteligente y consciente, inevitablemente querrá conquistar, porque eso es exactamente lo que nosotros haríamos.
Nuestro miedo a la máquina no es a lo artificial, sino a encontrarnos encerrados en una habitación con otro “lobo”. Uno que quizás sea más rápido, más fuerte y más inteligente que nosotros.
Por eso, la resistencia que vemos hoy en los estadios de fútbol contra el VAR no se solucionará con mejores cámaras o procesadores más rápidos. Es una batalla antropológica y estamos programados biológicamente para defender a nuestra tribu de cualquier cosa que se atreva a imitarnos sin tener nuestra sangre. Y esa desconfianza, esa xenofobia hacia lo no-biológico, será la barrera más difícil de derribar en el siglo que comienza.
Las cosas como son.
