El Wall Street Journal publicó un artículo celebratorio sobre personas que usan inteligencia artificial (IA) para automatizar tareas del hogar, tales como comparar seguros médicos, hacer el pedido del supermercado o coordinar el calendario de pareja. El resultado, según el diario, es tiempo libre para andar en bicicleta, aprender guitarra o correr más rápido. La narrativa es seductora, pero incompleta. Hay un estudio citado en el mismo artículo, realizado por investigadores de UCLA, Stanford y la Universidad del Sur de California, que analizó los hábitos de navegación de miles de hogares entre 2021 y 2024.
Su conclusión es menos poética; el tiempo liberado por la IA se destina principalmente a gaming, redes sociales y streaming. Por lo tanto, es más pantalla, no menos. El WSJ toma nota de este dato y lo descarta en el párrafo siguiente, apoyándose en el testimonio de una sola persona que asegura scrollear menos. Ese es el nivel de rigor de la celebración. Pero hay una pregunta más profunda que tanto el artículo como el estudio se formulan. ¿Qué es exactamente lo que se delega?
Hasta hace muy poco, el outsourcing cognitivo era instrumental. El GPS calcula la ruta cuando uno decide el destino. La calculadora opera los números tras formular el problema. La herramienta ejecuta; el sujeto juzga. Lo que ocurre ahora es distinto en su naturaleza porque la IA calcula y también delibera. Elige el médico, evalúa el seguro, sugiere la dieta, optimiza el entrenamiento, coordina la agenda. La delegación ya no es de ejecución, sino de juicio.
Y aquí es donde la narrativa del tiempo liberado se vuelve más compleja de lo que parece. Existe un principio, la teoría misálgica, que se formula así: toda conducta humana está orientada, en última instancia, a evitar el sufrimiento. No el pesar dramático y visible, sino el sufrimiento cotidiano, menor y estructural. Por ejemplo, la incomodidad de decidir, la fatiga de comparar opciones, la fricción de coordinar. Ese sufrimiento es tedioso.
Y sin embargo, cumple una función que raramente se examina porque ocupa el tiempo subjetivo, le da textura a la jornada, genera la sensación de que uno habita su propia vida. Cuando la IA elimina esa fricción, no libera tiempo en el sentido pleno. Libera a un sujeto que de pronto ya no sabe muy bien qué hacer con una existencia a la que le han quitado buena parte de su contenido operativo. La guitarra y la bicicleta son respuestas posibles, pero no son respuestas universales. Y para la mayoría, según el propio estudio que el WSJ cita y prefiere ignorar, la respuesta es más pantalla.
Esto no es un argumento contra la IA, sino contra la ingenuidad con que se narra su adopción doméstica. El outsourcing cognitivo total es el experimento no controlado más grande que la humanidad haya emprendido sobre su propia capacidad de tolerar el vacío existencial. Porque lo que queda cuando se eliminan las fricciones es, sin que nadie lo hubiera planeado, una arquitectura del tiempo vivido.
El WSJ celebra que una asesora estratégica de Brooklyn ahora tiene más tiempo para cantar. Es una buena noticia para ella. La pregunta que importa es qué ocurre cuando ese modelo escala a cientos de millones de personas que no tienen ni el capital cultural ni el económico para convertir el tiempo liberado en algo que se parezca a una vida más plena. Esa pregunta no aparece en el artículo y tampoco en casi ningún otro lado.
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