A fines de julio de 2026, Google incorporó a Google Earth una función de inteligencia artificial que convierte una imagen sobre el mapa real en una frase escrita. Es decir, bastaba pedir un cráter de bomba en Gaza o una planta nuclear en Irán para obtenerlos con las coordenadas verdaderas, la luz correcta y el ángulo exacto del lugar. Esta representación nació de una realidad. Así, en menos de un día los usuarios fabricaron guerras que no existieron y Google retiró la herramienta con una disculpa breve. El episodio duró poco, pero permite entender dos males que definen esta época. Uno es el apuro, el otro es el anclaje.

Las grandes empresas tecnológicas compiten por dominar la IA y se castiga la demora más que el error. El fenómeno ocurre sobre todo en los productos para el público general, donde cada usuario funciona como un evaluador gratuito. En los sistemas que se venden a bancos, hospitales o estudios de abogados, el error cuesta contratos y juicios, y por eso allí las empresas revisan con cuidado. Con el público, la cuenta es otra. En noviembre de 2022, Meta, la dueña de Facebook, presentó Galáctica, un sistema para redactar textos científicos que inventaba estudios con perfecta apariencia académica, y lo retiró a los tres días. 

Google aportó después la serie más constante. En febrero de 2023 lanzó su asistente Bard para responder al éxito de ChatGPT; el video de presentación contuvo un dato falso y la empresa perdió 100.000 millones de dólares de valor bursátil en horas. Luego se supo que empleados propios advirtieron que el sistema mentía y pidieron no lanzarlo. En febrero de 2024, su generador de imágenes produjo escenas históricas absurdas y el jefe de la compañía prometió revisiones más rigurosas.

Meses más tarde, su buscador recomendó poner pegamento en la pizza. Y en julio de 2026 llegó lo de Google Earth. En pocos años se acumuló una cadena de fallas públicas, todas seguidas por la misma promesa de revisión ante la que luego aparecía un defecto siguiente. El apuro no es un descuido, sino una estrategia, y la aritmética que lo sostiene es simple. El costo reputacional de un fallido se diluye y se olvida en semanas. Sin embargo, llegar segundo en esta carrera no se recupera nunca. Mientras esa cuenta dé así, las empresas elegirán el defecto antes que demorarse.

Una mentira suelta vale poco porque nadie la cree, pero una instalada dentro de algo confiable vale mucho porque hereda la fiabilidad del envase. A eso llamo anclaje; es el engaño moderno; ya no fabrica pruebas. Secuestra las que ya respetábamos. En mayo de 2023, una imagen falsa mostró una explosión junto al Pentágono, la sede militar de Estados Unidos. La foto sola no engañaba a nadie, pero la difundió una cuenta que fingía ser de la agencia de noticias Bloomberg y lucía la insignia de cuenta verificada. La bolsa de Nueva York cayó durante unos minutos. Entre tanto, el ancla no fue la foto, sino la insignia.

En enero de 2024, un empleado financiero de la firma de ingeniería Arup recibió en Hong Kong un correo que pedía una transferencia secreta. Este sospechó, como corresponde. Entonces lo invitaron a una videollamada donde vio y escuchó a su director financiero y a varios colegas que conocía. Todos eran rostros y voces fabricados por IA a partir de videos públicos. El empleado transfirió 25,6 millones de dólares en 15 operaciones y nada se recuperó. Su prudencia funcionó ante el correo y se rindió ante el rostro, porque durante toda la historia comercial la frase hablé con él fue la prueba máxima de verdad. El fraude no vence a los controles porque se muda dentro de las confirmaciones.

Los dos males parecen independientes, pero forman un solo mecanismo. El apuro produce los errores y el anclaje multiplica su impacto. Un producto defectuoso que nadie usa causa un daño pequeño. La destrucción aparece cuando ese fallo se instala en un sistema donde el público ya deposita su confianza.

Eso fue Google Earth; la empresa montó una fábrica de falsificaciones dentro del mapa que periodistas e investigadores usaron durante 20 años precisamente para comprobar si otras imágenes eran ciertas. Cada fotografía inventada heredaba dos décadas de credibilidad ajena. Por su parte, Google se defendió con dos argumentos. Dijo que cada imagen llevaba una marca de agua invisible que la identificaba como artificial, y que las imágenes creadas no aparecían en el mapa que ven los demás usuarios, sino solo en la pantalla de quien las fabricaba. 

Esta defensa es débil por partida doble. Casi nadie verifica una imagen mientras la mira al pasar en el teléfono, y la marca de agua exige que el escéptico haga un trámite que el crédulo nunca hará. Además, exige que la imagen no viva en el mapa ajeno; importa poco, porque al falsificador le alcanza con una captura de pantalla para soltarla al mundo con el sello visual de Google Earth encima.

La responsabilidad por cómo se frena esto está lejos del mercado, porque este premia al primero. Asimismo, las promesas internas son inútiles, porque la cadena de fallas prueba que se incumplen. Cada herramienta lanzada sin revisar termina insertada en algún lugar donde la gente todavía cree, y convierte ese lugar en territorio sospechoso. La IA ya no necesita mentir bien; solamente le alcanza con mentir desde adentro de lo que era verdad. La confianza tarda décadas en acumularse y se gasta en horas.

Las cosas como son.