The Information reportó en junio de 2026 que Sridhar Ramaswamy, consejero delegado de Snowflake, y Brian Robins, su director financiero, preparan las llamadas trimestrales de resultados con material que produce un agente de inteligencia artificial desarrollado dentro de la empresa. La noticia describe el primer uso documentado de agentes autónomos en la tarea más vigilada de la dirección corporativa, es decir, rendir cuentas ante el mercado.

El sistema busca en las bases de datos internas, unifica cifras dispersas, anticipa las preguntas probables de los analistas y redacta material de apoyo. Lo que antes exigía días de trabajo de equipos enteros ahora toma horas. Snowflake aplicó el mismo enfoque a la preparación de revisiones comerciales internas. Puesto que la empresa vende plataformas de datos, usarse a sí misma como vitrina es también una estrategia de venta.

El entusiasmo habitual proyecta desde aquí un futuro de llamadas interactivas donde el directivo consulta una pantalla y responde cualquier métrica en vivo. Ese futuro choca con un obstáculo que el entusiasmo suele omitir. Toda cifra dicha en una llamada de resultados genera responsabilidad legal ante reguladores y accionistas. Por eso cada número pasa por un control de divulgación previo donde abogados y financieros escrutan lo que puede decirse. Un directivo que improvisa una métrica generada al instante por un agente asume un riesgo que ningún departamento legal tolera. La realidad de Snowflake confirma esta lectura, y el agente trabaja antes de la llamada, no durante la presentación; es decir, prepara, no improvisa.

El primer riesgo real es la calidad del dato de origen, porque un error en la base se propaga con la velocidad y la autoridad del sistema que lo repite. El segundo es la alucinación, ese vicio de los modelos que produce respuestas verosímiles y falsas. Quien promete al mismo tiempo precisión absoluta y admite alucinaciones sostiene dos cosas incompatibles. La precisión de estos sistemas es alta y falible, las dos condiciones conviven. La tercera vulnerabilidad es la concentración, centralizar toda la información sensible de una empresa en un solo motor convierte a ese algoritmo en el objetivo natural de cualquier atacante.

Hay una consecuencia más sutil que ningún cuadro de ventajas y desventajas captura. Los analistas de Wall Street no escuchan las llamadas solo para obtener cifras, porque estas ya están en los informes. Se participa para medir al directivo por sus vacilaciones, silencios y su candidez no ensayada. Un ejecutivo blindado por material que un agente pulió hasta la perfección elimina ese ruido. Por lo tanto, el mercado pierde una señal y deberá buscarla en otra parte. Es probable que las preguntas se vuelvan más hostiles y más laterales, diseñadas para sacar al directivo del guion que la máquina escribió.

El desenlace previsible no es el espectáculo de pantallas calculando en directo, sino algo más silencioso. La preparación asistida por agentes se volverá norma en las grandes cotizadas porque la ventaja de costo y velocidad es real. La llamada seguirá siendo un teatro controlado, como siempre lo fue. Lo que cambia es quién escribe el libreto y la ventaja competitiva ya no estará en memorizar el discurso, sino en entender los datos mejor que el agente que los ordenó.

Las cosas como son.