Los fondos soberanos entran en el crédito privado justo cuando ese mercado tiembla. No es la jugada inteligente de la inteligencia artificial (IA), sino un rescate silencioso descansando sobre una garantía que nadie otorgó. ¿Por qué justo ahora y no en otro momento? Los fondos soberanos del mundo ingresan en el crédito privado en este preciso trimestre. La coincidencia resulta demasiado limpia para dejarla pasar. Un fondo soberano es la hucha de un Estado.
Los países que acumulan dinero por el petróleo o por el comercio guardan ese excedente y lo invierten para las generaciones futuras. Noruega administra el fondo soberano más grande del planeta y los emiratos del golfo Pérsico gerencian varios de los mayores; por su parte, Singapur posee dos de ese tipo. Son inversores pacientes casi por definición. No necesitan recuperar el dinero mañana mismo. Pueden esperar durante décadas sin inmutarse y esa paciencia es su mayor virtud y, como se verá, también su mayor peligro.
El segundo personaje es el fondo de crédito privado. Durante mucho tiempo fueron los bancos quienes prestaban a las empresas, pero tras la crisis de 2008 estos se replegaron por miedo y por regulación. En su lugar aparecieron gestoras como Blackstone, Apollo, Ares, Blue Owl y BlackRock. Estas firmas reúnen el dinero de muchos inversores y se lo prestan directamente a las empresas. Cobran intereses altos por esos préstamos y luego reparten ese retorno entre quienes pusieron el dinero. El negocio creció sin pausa hasta rozar los 2 billones de dólares. Al principio solo los grandes podían entrar en ese juego, como fondos de pensiones, aseguradoras o fundaciones universitarias. Actores capaces de dejar el dinero inmóvil durante siete o diez años. Después, las gestoras abrieron la puerta al pequeño ahorrista y crearon fondos que prometían algo tentador, con un rendimiento anual del 9% o el 12%, y la posibilidad de retirar el dinero cada tres meses.
Ahí estaba la trampa, escrita siempre en la letra pequeña. El fondo presta a siete años de plazo y el ahorrista pretende salir en apenas noventa días. Mientras entra dinero nuevo, nadie nota el desajuste, pero cuando muchos quieren salir a la vez, la desincronización se convierte en un abismo. El colapso se abrió este año y la causa es la IA. Buena parte de aquellos préstamos había ido a empresas de software por suscripción y la IA amenaza ese modelo entero. Un programa que antes exigía una licencia cara; hoy puede ser reemplazado por un sistema que escribe el código solo. El Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos estimó la exposición del crédito privado a ese sector en unos 500.000 millones de dólares.
Los inversores ataron cabos muy rápido. Si el deudor peligra, el préstamo queda en duda, y empezaron entonces a pedir su dinero. Las cifras de los últimos meses resultan elocuentes porque un fondo de Apollo recibió pedidos de salida por casi el 17% de su valor en un solo trimestre. Blackstone tuvo que elevar el límite de retiros de su fondo principal y sus propios empleados inyectaron unos 400 millones de dólares para tapar el hueco. Blue Owl clausuró la ventana de salida de uno de sus fondos y lo transformó en un vehículo que devuelve el capital cuando puede y no cuando el inversor lo desea. Un fondo de BlackRock rebajó el valor de su cartera en casi un quinto. Desde septiembre de 2025, las gestoras de activos privados perdieron cientos de miles de millones de dólares de valor en bolsa.
En ese cuadro sombrío entran los fondos soberanos. La versión oficial es luminosa y sencilla, con la explicación de que la IA es el gran tema de la época y el crédito privado sería la mejor manera de capturarlo. El Financial Times recogió hace pocos días esa lectura optimista y consignó al pasar algo mucho más revelador cuando escribió que los fondos soberanos ignoraron en buena medida las dudas sobre la salud del crédito privado. Esa sola línea es el centro de todo el asunto. Esto encierra un problema lógico: si un fondo soberano quiere apostar a la IA, el camino natural es la bolsa. Puede comprar acciones de las empresas que fabrican los modelos e incluso pedir una emisión especial de acciones a cualquiera de ellas. Este es un camino líquido y transparente. Pero el fondo soberano no hace nada de eso, sino que elige en cambio el rincón más opaco y menos líquido de todo el mercado cuando le presta dinero a las mismas empresas que la IA amenaza con barrer.
Existe además un motivo de peso para no usar la bolsa. Si el fondo soberano vendiera acciones para financiar esta entrada, haría bajar la bolsa entera, lastimando a sus propios ciudadanos. Muchos inversores son ciudadanos del mismo país que administra el fondo y el Estado no puede hundir el ahorro de su gente para tapar el hueco de una gestora extranjera. Por eso el fondo no vende sus acciones y entra por la puerta lateral del crédito privado; así, su aporte deja de ser una apuesta y se vuelve otra cosa. La contribución se convierte entonces en un rescate hecho de pura confianza. Esto ya ocurrió una vez ante nuestros ojos. En 2007 y 2008 los grandes bancos del mundo se desangraban en silencio y quien los recapitalizó no fue el mercado asustado, sino los fondos soberanos. Singapur puso miles de millones en el banco suizo UBS. Abu Dabi entró con fuerza en Citigroup; Kuwait y Corea entraron en Merrill Lynch y China entró en Morgan Stanley. En total, inyectaron más de 50.000 millones de dólares en instituciones heridas de muerte. El mercado leyó la señal de inmediato: si el Estado entra, el banco no caerá.
El mensaje funcionó, pero la inversión fracasó. Singapur perdió cerca del 70% de su apuesta en UBS. Por otra parte, Abu Dabi perdió cerca del 90% de su apuesta en Citigroup, y así el aval soberano no salvó al sistema financiero, solo lo acompañó hasta el mismo borde del precipicio. Y quien apoyó, recibió la factura completa. Por lo tanto, lo que el fondo soberano aporta no es tanto dinero como certificación. El mercado lee la entrada del Estado de dos maneras simultáneas. Por un lado, como una revisión hecha por gente seria y solvente. Y por otro, como una garantía de que detrás hay un Estado dispuesto a sostener lo que sea. La primera lectura es razonable, pero la segunda lectura es falsa.
Esa garantía no existe en ningún papel y nadie la firmó en un contrato. El fondo soberano no está comprometido con el apoyo a los vehículos del pequeño ahorrador. Este entra solo en una cosecha nueva de préstamos elegidos por él. Así, el ahorrista queda atrapado en una cartera vieja y dudosa. Son dos cosas por completo distintas. Sin embargo, la confianza viaja sin esfuerzo de una a otra. El pequeño inversor de un fondo sin relación alguna duerme tranquilo porque a lo lejos un Estado puso su firma sobre otro papel. Y esa calma se apoya en una garantía prestada contra el colateral equivocado.
Hace algunos meses escribí sobre esto mismo en otro registro. Lo llamé entonces la Celada de la Confianza y describí allí cómo los sistemas de IA ocultan lo que infieren y solo revelan la verdad bajo presión sostenida. El patrón financiero resulta idéntico en su forma, y la confianza no es lo que falta cuando un sistema falla, sino que es el instrumento mismo del fallo. El riesgo no se evapora cuando entra el Estado en escena, ya que se esconde bajo la creencia de que el gobierno lo cubre.
Y mientras todos creen, nadie cobra por el riesgo asumido. Los diferenciales de tasa se comprimen sin razón y el mal préstamo termina financiándose barato. La semilla del próximo derrumbe se planta justo en ese instante de calma. La confianza tiene una asimetría cruel, porque se construye trabajosamente en años y se destruye en pocos segundos y en el momento más equivocado. El día que el fondo soberano venda su posición, o rebaje el valor de su cartera, o simplemente no acuda a la siguiente ronda, el halo entero se dará vuelta. El mismo gesto que sostuvo el edificio será el que lo derrumbe.
La víctima es siempre el pequeño ahorrista, quien creyó que compraba un producto seguro y líquido, pero recibió un préstamo ilíquido a una empresa que la IA vuelve obsoleta. Y la ironía última es de orden geográfico, porque ese ahorrista puede ser ciudadano del mismo país cuyo fondo soberano sostiene el espejismo. El Estado que debería protegerlo presta su prestigio para alargar la duración de un espejismo. El Financial Times escribió que los fondos soberanos ignoraron las dudas; la frase merece una lectura distinta de la suya porque no las desconocieron, sino que las administraron con frialdad. Pusieron su firma donde hacía falta calma y la calma es el bien más caro y más frágil de todos los mercados. Dura mientras nadie se atreve a ponerla bajo examen, pero este siempre llega.
Las cosas como son.
Finanzas
El aval que nadie firmó
Hay inversores pacientes casi por definición. No necesitan recuperar el dinero mañana mismo.
- Mookie Tenembaum
- Buenos Aires. Martes, 1 de septiembre de 2026. 05:30
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