El Apple Watch ha sido mi compañero desde su lanzamiento en el año 2015. Fui un early adopter de manual, comprando el reloj de Apple sin saber exactamente qué es lo que podía aportarme. De hecho, ni siquiera la propia Apple lo sabía en aquel momento. Sin embargo, han pasado los años, han llegado alternativas diferentes, pero ninguna de ellas me ha convencido de dejar de usarlo.
Pulseras, anillos… no hay nada como el Apple Watch
En el mercado tenemos numerosos accesorios que, en esencia, hacen cosas muy parecidas. Tanto el Apple Watch como las pulseras inteligentes del estilo de la Google Fitbit Air o anillos inteligentes como el nuevo Oura 5, tienen un claro enfoque en la salud y en la medición de actividades deportivas, además de una apuesta cada vez más fuerte por el seguimiento continuo del bienestar.

Es cierto que este tipo de accesorios suelen tener sus ventajas. Por ejemplo, las pulseras de actividad pueden ser más cómodas que un reloj y tienen una autonomía de varias semanas. Además, sus sensores pueden ser igual de precisos que los de un Apple Watch y suelen ser bastante más asequibles, lo que las convierte en una opción muy atractiva para un uso más básico o centrado únicamente en la actividad física.
Por otro lado, los anillos inteligentes son una solución bastante discreta, especialmente los nuevos modelos que han reducido considerablemente su tamaño. Pesan muy poco, pasan prácticamente desapercibidos y ofrecen un seguimiento de la salud y del ejercicio bastante fiable, sin la necesidad de llevar un dispositivo visible en la muñeca.

Podría decirse que son alternativas interesantes a las de un reloj inteligente como el Apple Watch. Sin embargo, ninguna de ellas me convence plenamente para sustituirlo, y tengo varios motivos.
El primero es el ecosistema de aplicaciones. El Apple Watch no se limita a medir actividad física o registrar datos de salud, sino que funciona como una extensión directa del iPhone. Esto permite usar aplicaciones avanzadas, responder mensajes en WhatsApp, gestionar notificaciones, controlar apps del móvil o incluso contestar llamadas sin sacar el teléfono del bolsillo.
A esto se suma la comodidad del día a día. Poder ver de un vistazo la hora, el tiempo o el calendario en la muñeca, o controlar la música mientras haces otras tareas, hace que el reloj vaya mucho más allá del simple seguimiento deportivo y se convierta en una herramienta diaria constante.
En ese sentido, aunque las pulseras y los anillos inteligentes sean más discretos, ligeros o incluso más económicos, se quedan un paso por detrás en funcionalidad. Son muy buenos como dispositivos centrados en la salud, pero no llegan al nivel de integración, versatilidad y profundidad de uso que ofrece un Apple Watch en el día a día, especialmente dentro del ecosistema de Apple.
Sinceramente, creo que por muy buenas que puedan ser estas opciones, siguen estando un escalón por debajo de todo lo que el Apple Watch es capaz de ofrecer. Además, los sensores de salud no son necesariamente superiores a los del reloj de Apple, que ya es capaz de realizar electrocardiogramas. Por lo tanto, son inferiores en casi todo excepto en la batería, y aun así, tras años utilizándolo, la carga diaria ya forma parte de la rutina.