Cargando...

Una investigación difundida por medios especializados como Mashable y Nieman Lab ha sacado a la luz un preocupante caso de falsificación gráfica en el que autores anónimos emplean las herramientas visuales de ChatGPT para generar viñetas que imitan el estilo técnico e incluyen firmas apócrifas de reconocidos ilustradores de la revista The New Yorker. El suceso ha reavivado la alarma en el sector editorial y artístico sobre la apropiación no autorizada de identidades visuales y la suplantación de marca personal mediante inteligencia artificial generativa.

Entre los creadores afectados figura la viñetista Emily Flake, quien, tras analizar las ilustraciones difundidas en redes sociales, reconoció patrones compositivos que reproducen el sello estético de su obra, calificando la experiencia como el impacto de encontrarse con un pariente lejano. El aspecto más crítico de la investigación radica en la capacidad del modelo de OpenAI para replicar rúbricas personales sin activar filtros de contención, permitiendo que piezas completamente sintéticas circulen en el mercado digital haciéndose pasar por obras auténticas.

La IA se está apoderando del trabajo de algunos artistas; este caso lo comprueba y lo evidencia

Los análisis pormenorizados por Nieman Lab sobre el trabajo de más de una docena de dibujantes en plantilla confirman que las herramientas de generación de imágenes procesan y replican los rasgos distintivos de los artistas con notable precisión. A diferencia de las protecciones aplicadas al texto, los modelos de imagen parecen eludir las salvaguardas de propiedad intelectual de terceros de forma más difusa. Aunque las normativas internacionales establecen con claridad que la protección por derechos de autor corresponde de manera exclusiva a creaciones humanas, la difusión masiva de estas falsificaciones confunde al público general, que carece de herramientas de verificación directa para discernir la autenticidad del material.

Esto es lo que hace ChatGPT con los trabajos de The New Yorker

La paradoja institucional del caso radica en que The New Yorker forma parte del grupo Condé Nast, conglomerado que en 2024 firmó un multimillonario acuerdo con OpenAI para ceder el uso de sus archivos periodísticos procedentes de cabeceras como Vogue, GQ o Vanity Fair. Sin embargo, dicho contrato fijaba cláusulas específicas que excluían explícitamente el uso de los logotipos, las firmas y el fondo artístico de The New Yorker.

Ante las denuncias, la multinacional de Sam Altman se ha limitado a calificar estos resultados como comportamientos no intencionados del modelo, una respuesta recurrente que no logra apaciguar el malestar de los colectivos de ilustradores. La suplantación sistemática de firmas en viñetas generadas por inteligencia artificial sienta un peligroso antecedente en el ámbito editorial, obligando a las tecnológicas a implementar controles más estrictos sobre la replicación no autorizada de identidades artísticas. Veremos cuáles son los siguientes pasos en este caso, sobre todo ver que se detenga este procedimiento que afecta a artistas y viñetistas.