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En 1816, el año sin verano. Las cenizas del volcán Tambora en Indonesia hicieron bajar las temperaturas a récords históricos. El poeta inglés Percy Shelley y su mujer Mary visitan al también poeta Lord Byron que vivía en Suiza. Atrapados por la nieve, Byron desafió a los Shelly a escribir una historia de terror. Percy concibió un texto que recuperaba las leyendas de vampiros que había oído en sus viajes. Mary dio forma a la idea de la primera novela de ciencia ficción moderna: Frankenstein o el moderno Prometeo.

Frankenstein, publicada en 1818, es la historia de Victor Frankenstein, un estudiante de ciencias naturales que consigue devolver a la vida a un ser con apariencia humana pero de aspecto horrible. Aterrado por su creación, Frankenstein huye y el monstruo se escapa. A partir de aquí, el científico vive atormentado por su creación que le persigue allá donde va. Frankenstein es pues una novela que reflexiona sobre la relación entre los científicos, los nuevos descubrimientos y su impacto en la sociedad, así como su pretensión a jugar a ser Dios, en una época de novedades constantes. Una reflexión, la de Frankenstein, que volvió a primera línea después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, y que ahora, quizás también deberíamos recuperar con el auge de la inteligencia artificial.

Frankenstein es una novela que reflexiona sobre la relación entre los científicos, los nuevos descubrimientos y su impacto en la sociedad

En una época en la que la electricidad era todavía una revolución desconocida y poco controlada, se presentaba al público mediante experimentos espectaculares, tanto en círculos selectos como los de la Royal Society, como en contextos más populares. Así, más allá de sus reflexiones sobre la responsabilidad de los científicos respecto a sus creaciones, la idea de Shelley bebía de investigaciones científicas conocidas y reconocidas tanto sobre la naturaleza de la electricidad como sobre la naturaleza de la vida.

Investigaciones como las del italiano Luigi Galvani, que a partir de experimentos con patas de rana formuló la hipótesis de que la electricidad constituía la fuerza vital de los animales, tuvieron un gran impacto. Su sobrino, Giovanni Aldini, repitió los experimentos de su tío, pero esta vez con cadáveres humanos: mediante descargas eléctricas conseguía que los cuerpos muertos movieran las extremidades.

Años antes de concebir su novela, Mary y Percy Shelley podrían —aunque no está del todo claro— haber asistido a una conferencia del polémico científico inglés Andrew Crosse, quien afirmaba haber creado insectos vivos electrificando rocas. Estas investigaciones, muy controvertidas, fueron duramente criticadas por círculos religiosos que defendían que los seres humanos no pueden crear vida como lo hace Dios. Independientemente de si fue uno u otro, lo que queda claro es que todo este contexto científico fue influyente en la concepción de la novela de Shelley, la ciencia ficción no sale de la nada.

Probablemente, sin embargo, la ficción también influenció la práctica científica. En octubre de 1818, con Frankenstein publicado, un grupo de anatomistas escoceses maravilló un auditorio lleno aplicando corriente eléctrica a los nervios, diafragma y talón de Matthew Clydesdale, que acababa de morir ejecutado en la horca. Según los testimonios, Clydesdale abrió los ojos, su cuerpo tembló y su cara hizo diferentes muecas de rabia y desesperación. Uno de estos médicos, Andrew Ure dijo que el experimento no había resucitado a Clydesdale, pero sí que afirmó que con la estimulación eléctrica la vida se podía restaurar en casos de asfixia o ahogamiento, eran los primeros pasos para el desfibrilador eléctrico.

Dr. Miquel Carandell Baruzzi, historiador de la ciencia