¿Por qué los humanos sufrimos artrosis con tanta frecuencia mientras que los chimpancés y los gorilas casi nunca la desarrollan? La respuesta podría estar en una característica que nos ayudó a convertirnos en bípedos. Los humanos tenemos un cartílago menos denso y con menos capacidad de amortiguar los impactos. Un estudio publicado en Nature y que ha contado con la participación del laboratorio de Tomàs Marquès-Bonet, investigador ICREA de la Universitat Pompeu Fabra y del Institut de Biologia Evolutiva (IBE, CSIC-UPF) ha identificado un cambio evolutivo en las articulaciones humanas que podría explicar esta diferencia.
Los investigadores compararon las características genéticas y moleculares del esqueleto humano con las de algunos simios y han encontrado que el cartílago humano contiene aproximadamente un tercio de los glicosaminoglicanos (GAG) que presenta el de los chimpancés, gorilas, orangutanes y bonobos.
El "amortiguador" de las articulaciones
Los GAG son moléculas que forman parte del cartílago y contribuyen a darle elasticidad y capacidad para absorber las fuerzas que generamos cuando caminamos, corremos o saltamos. En los humanos, un grupo de genes relacionados con la producción de estas moléculas es menos activo, haciendo que el cartílago sea más fino y menos eficaz a la hora de amortiguar los impactos. "Las mismas moléculas de GAG no cambiaron realmente durante la evolución humana; lo que cambió fue la cantidad que producíamos", explica Nadav Mishol, primer autor del estudio.
Esta diferencia podría tener consecuencias con el paso de los años. El cartílago tiene una capacidad muy limitada de regeneración y, por lo tanto, décadas de uso pueden ir deteriorando una reserva que en los humanos ya es más pequeña desde el principio. Esto ayudaría a explicar por qué la artrosis, la degeneración de los discos intervertebrales y las hernias discales son mucho más habituales en humanos que en otros grandes simios, incluso cuando estos llegan a edades avanzadas.
El coste evolutivo de caminar sobre dos piernas
Los investigadores e investigadoras del estudio plantean que el cambio en las articulaciones podría estar relacionado con la transformación del esqueleto que permitió a los humanos adoptar una locomoción bípeda. "La modificación de las articulaciones podría haber favorecido la evolución humana hacia una posición erguida, junto con huesos delgados y piernas largas", explica Marquès-Bonet. Es un ejemplo de lo que en evolución se denomina un compromiso evolutivo, es decir, una característica puede aportar una ventaja en un contexto y, a la vez, tener un coste en otro. En este caso, una modificación que podría haber contribuido a configurar nuestro esqueleto bípedo también nos habría dejado más expuestos al desgaste articular.
