Siglo XVIII, Barcelona. Un comerciante de tejidos negocia una venta. Para calcular el tamaño de las telas utiliza la cana catalana, una medida que se usaba en la mayoría de los territorios de la antigua Corona de Aragón y equivalía a unos 1,55 metros actuales en Barcelona. Un poco más al sur, en Tortosa, la cana era un poco más larga, y al norte, en Carcasona, llegaba a los 1,78 metros. La cana era pues útil para comerciar dentro de una misma ciudad, pero provocaba desavenencias, conflictos, además de estafas, cuando se quería vender y comprar entre diferentes ciudades. Esta era una situación que se repetía en muchas otras zonas de la Europa continental.
Entonces llegó la Revolución Francesa. Y con ella la culminación de los valores ilustrados como la cuantificación matemática del mundo o la universalización del conocimiento. Siguiendo estos valores, pero también con el objetivo de acabar con el caos que provocaban las medidas locales, y ayudar así al sector comercial, en plena Revolución, en el año 1792, la Academie des Sciences francesa determinó que establecería una medida universal. Se decidió que esta sería, por cuestiones prácticas, la diezmillonésima parte de un cuarto de un meridiano terrestre, es decir, de la distancia desde el ecuador de la Tierra al polo norte. Había que medir el meridiano para así deducir su diezmillonésima parte. Pero ¿qué meridiano? Claro, el meridiano que pasa por París.
Así, los astrónomos Jean-Baptiste Delambre y Pierre Méchain fueron los encargados de liderar la expedición científica que, mediante medidas geodésicas calculó la longitud del arco del meridiano. Delambre viajó con sus instrumentos de París hacia el norte, hasta Dunkerque, mientras que Méchain sería el encargado de la parte más larga de la expedición, de París hasta Barcelona. Ambos recorrieron el territorio, subiendo a montañas y torres para hacer mediciones complejas en un contexto caótico: revolución, guerras, sospechas de espionaje, cambios políticos… Méchain, incluso, estuvo encarcelado en Barcelona, además de sufrir un grave accidente que casi pone fin a su vida.
Un metro corresponde a la diezmillonésima parte de un cuarto del meridiano que pasa por París
El problema llega cuando, una vez preparado para devolver los resultados a París en el año 1798, Méchain descubrió un posible error en las medidas hechas cerca de Barcelona. No dijo nada, escondió su duda, y el metro se estableció en Francia en el año 1799. Obsesionado por la perfección, y amargado por su silencio, Méchain decidió retomar la expedición para corregir su error y hacer más precisa la medida del metro. Para ello continuó las medidas primero en las Islas Baleares y después en Castelló de la Plana, donde murió por culpa de la malaria.
Delambre corrigió más tarde el error de Méchain, que era ínfimo, y el metro fue convirtiéndose, por un lado, cada vez más preciso y, por otro, cada vez más utilizado como unidad universal de medida. Universal, sin embargo, con la excepción del mundo anglosajón, que se resistía a adoptar una medida de origen francés, definida a partir del meridiano que pasa por París.
Los vestigios de las aventuras (y desventuras) de Méchain por Catalunya y la Comunidad Valenciana se pueden todavía ver en lugares como la Torre del Reloj de la Barceloneta, el Castillo de Montjuïc, la playa de Ocata, el Parque Ribalta o un palacio en la plaza Cardona Vivies, estas dos últimas en Castelló de la Plana.
Dr. Miquel CarandelllBaruzzi, historiador de la ciencia
