Las personas mayores y los suicidios constituyen por separado dos temas a menudo invisibilizados, y la situación es aún peor si hablamos de las personas mayores que se quitan la vida —es decir, si juntamos ambas cuestiones—. Es por ello que la gerontóloga Cristina Anoro Lloveras ha intentado arrojar luz sobre la lacra de los suicidios entre las personas mayores en Catalunya, un problema que no se aborda como es debido. Las cifras que recoge en un estudio reciente publicado en la Revista de Treball Social, extraídas del Instituto Nacional de Estadística (INE), son muy claras: las personas de más de 65 años tienen las tasas más altas de suicidio. Sin embargo, los planes actuales reflejan "un vago esfuerzo" en su prevención en la vejez.

Antes que nada, el estudio advierte que no es lo mismo el volumen de suicidios (que se concentra especialmente entre los 30 y los 60 años) que la tasa por cada 100.000 habitantes, una cifra más relativa en la que las tasas más altas corresponden a las edades más avanzadas. En términos absolutos, de las 1.231 muertes por suicidio en el Estado español en 2023, casi el 30% fueron personas mayores de 65 años —la edad que el estudio entiende por "vejez", definida por la jubilación—. En términos relativos, la tasa media de suicidios en mayores de 65 años en Catalunya fue de casi 86 por cada 100.000 habitantes —una cifra que escala hasta 95 en el ámbito estatal—. De esta manera, las personas de más de 65 años representan más de la mitad de la mortalidad por suicidio: más de 56 en el ámbito catalán y del 53 en el ámbito español. La franja de edad más destacable es la de 85 a 89 años (16), mientras que en España es la de los 90 a 94 años (17,5).

Las cifras se quedan cortas

También hay que añadir que la mayoría de los muertos fueron hombres, en una proporción de 3 a 1 respecto a las mujeres. El ahorcamiento o la estrangulación fue el método más empleado por los hombres mayores de 65 años, en casi la mitad de los casos (49,78%) en el ámbito estatal. En cambio, las mujeres de más de 65 años optaron por la precipitación, en casi un 40% de los casos.

Con todo, la autora denuncia que "la escasa fiabilidad de la información estadística sobre las muertes por suicidio de las personas mayores de 65 años se produce de forma generalizada", motivo por el cual "se entiende la existencia de una subestimación de las cifras reales". Es decir, que seguramente hay más muertes por suicidio de las que realmente se cuentan, ya que hay casos en los que es difícil identificar la intencionalidad y se acaban registrando como accidentes. Con los datos actuales, casi una de cada diez (9%) personas mayores de 65 años que murieron en Catalunya en 2023 se suicidó, de manera que el suicidio sería la cuarta causa externa de mortalidad para las personas mayores —en la población de 65 a 69 años sí que es la principal causa de muerte externa—, pero es probable que la cifra real sea más alta.

Mejorar prevención y estadísticas

La autora va más allá y no solo señala los problemas estadísticos, sino también los que afectan a los planes de prevención del suicidio en la vejez. Tanto en Catalunya como en España y Europa, el marco definitorio de la prevención se adscribe al territorio de la salud mental y, por lo tanto, se entiende el suicidio como un problema psicopatológico de los individuos más que como un problema social. Pero diversos estudios previos ya avisaban de que la depresión es solo un factor de riesgo, y no la causa principal por la que las personas ancianas deciden suicidarse. En cambio, los factores precipitantes suelen asociarse a la soledad y a cambios negativos en el estado físico y de salud. Es decir, a factores sociales y sanitarios. La cuestión aquí es que no se suelen registrar estadísticamente estos factores precipitantes, según el análisis.

Y no hay que olvidar que, a pesar de que la gente mayor es considerada como un grupo vulnerable al que se debe prestar atención, "en ninguno (de los planes) se establece una línea estratégica para abordar la conducta suicida en la vejez". Con todo, la autora sugiere que se debe empezar a abordar el suicidio de la gente mayor como "un problema social y de salud pública", y remarca "la necesidad de establecer un plan específico para abordar el suicidio en la vejez" que esté fuera de un marco exclusivo de salud mental para poner en marcha planes sociales. En resumen: "Debemos conocer, desde el punto de vista estadístico, el contexto social y sanitario de las personas ancianas fallecidas por suicidio para poder incidir en los factores que precipitan, a través de planes de prevención sociales y sanitarios".