Uno de los precios más altos que pagamos por las grandes olas de calor, que cada vez son más habituales, son las noches sin dormir. Hay quien decide dormir con el aire acondicionado para intentar poder conciliar el sueño, pero no todo el mundo tiene esa suerte y se tiene que conformar con un ventilador de techo (que han ido ganando buena fama en los últimos años) o con uno de pie de toda la vida que remueve el aire caliente. También hay quien opta por poner las sábanas dentro del congelador para que estén fresquitas. Cualquier método es bueno para poder intentar dormir unas cuantas horas y tratar de ser funcionales mientras todavía no llegan las vacaciones. Que dormimos peor en verano y que eso nos hace tener menos energía, ya de por sí bajo mínimos, lo sabe todo el mundo. Pero ahora, un nuevo estudio pone cifras concretas a esta problemática. Según la organización Climate Central, perdemos unas 56 horas de sueño cada año por los efectos de las temperaturas nocturnas altísimas. Este julio, sin ir más lejos, Portbou registró una mínima de más de 32 grados, que hace no mucho era una máxima habitual en un día de verano caluroso.
Este cálculo se ha hecho a escala mundial, ya que desde Climate Central han analizado los datos de hasta 1.338 ciudades del mundo, combinando la relación entre las altas temperaturas y el sueño con herramientas que permiten estimar estas cifras sin el cambio climático. "Dormir es esencial tanto para nuestra salud física como mental, pero, a menudo, es una de las primeras cosas que se ven afectadas durante los periodos de calor extremo, sobre todo cuando las temperaturas son altas durante las noches", ha explicado la investigadora climática, Rita Issa. Una de las principales conclusiones que han extraído es el vínculo entre el cambio climático y la pérdida de sueño, que cifran en más de seis horas cada año (un 10% del total) entre 2020 y 2025, cuando las olas de calor extremas han dado un salto y ya se han convertido en la norma de cada verano.
Necesidad de adaptación
Como también ocurre con la mortalidad, la falta de sueño no afecta a todo el mundo por igual. Las investigadoras señalan que los colectivos más afectados son la gente mayor, mujeres embarazadas y niños pequeños los más vulnerables, y también las personas con menos ingresos que no pueden vivir en un hogar adaptado a las nuevas circunstancias climáticas. Todo ello empeora en las ciudades, por el efecto de isla de calor urbana. En los grandes municipios analizados, las temperaturas son sustancialmente más elevadas que en las zonas rurales. "Estos resultados refuerzan la necesidad de adoptar medidas de adaptación que aborden las desigualdades y reducir con urgencia las emisiones de gases de efecto invernadero para proteger la salud y la prosperidad", reflexionan los autores del estudio. Nos va la salud. Y el sueño.