Al noroeste de Perth, a unos 198 kilómetros, se encuentra un pequeño pueblo costero australiano con un nombre muy conocido: Cervantes. Con poco más de 500 habitantes, este pueblo de Australia Occidental sorprende a los visitantes por una peculiaridad muy especial: muchas de sus calles llevan nombres de ciudades catalanas y españolas.
Un nombre con historia y confusión
El origen del nombre “Cervantes” proviene de un acontecimiento marítimo que tuvo lugar en 1844, cuando un barco ballenero americano llamado Cervantes naufragó cerca de la costa occidental australiana. El barco se había dedicado a la caza de ballenas y focas en aguas australianas. Cuando el temporal lo encalló, la tripulación tuvo que abandonarlo, y por la dificultad de reparación y la distancia a grandes puertos, el buque fue vendido a subasta. Posteriormente, cuando se realizó el reconocimiento costero en 1847 a bordo del pequeño velero Thetis, el explorador encargado bautizó un conjunto de islas visibles desde la costa con el nombre de “Cervantes”, en referencia al barco encallado. Aquellas islas (las Cervantes Islands) se convirtieron en topónimo oficial de la zona. Este es, pues, el origen verdadero del nombre: una embarcación ballenera y no (como a menudo se asume) el autor español Miguel de Cervantes.

El “malentendido famoso”: de la isla a la identidad española
Cuando se trazó el pueblo y se ordenaron las calles y espacios públicos, surgió un elemento curioso: por influencia del topónimo “Cervantes”, muchos habitantes y administradores supusieron que el nombre hacía referencia al escritor español, y no al barco ballenero original. Este error generó una decisión urbanística singular: bautizar calles, plazas y parques con nombres de ciudades y regiones de España y también nombres relacionados con la cultura hispánica. Por eso hoy podemos encontrar nombres como Barcelona, Catalonia, Lleida, Sevilla, Valencia, Mallorca, Córdoba, Pamplona, Girona, entre muchos otros, en el interior de un pequeño pueblo australiano, a miles de kilómetros de la península. Y aunque no vivan allí casi hablantes de catalán o castellano, este error ha creado una identidad única: un rincón del país en la costa occidental australiana, con unas calles que despiertan la sorpresa de muchos viajeros que llegan allí por casualidad.

Un asentamiento de pescadores (años 1950)
Durante las décadas centrales del siglo XX, la zona comenzó a atraer pescadores, sobre todo interesados en la pesca de langosta (rock lobster), gracias a la riqueza marítima y las aguas propicias. Unos cuantos pescadores comenzaron a instalarse cerca de la costa, en la zona de Thirsty Point, utilizando cabañas sencillas y a menudo improvisadas. Aquel asentamiento informal fue creciendo gradualmente, y la presencia de pequeñas comunidades de pescadores fue creando una vida comunal vinculada al mar. La pesca y la actividad marítima se consolidaron como base económica. En esta época la zona todavía dependía, en gran parte, del parque natural circundante, y había un uso parcial como “shack-settlement”: zonas de cabañas y construcciones ligeras frente al mar, comunes en muchas zonas costeras de Western Australia antes del ordenamiento urbano.
Naturaleza espectacular
Más allá de sus topónimos, Cervantes ofrece paisajes naturales únicos. Está muy cerca del Nambung National Park, famoso por las formaciones rocosas de los Pinnacles, y del Lake Thetis, un lago salino con estromatolitos, restos de vida primitiva considerados “fósiles vivientes”. La pesca, especialmente la captura de langosta, y el turismo son los pilares de la economía local.

Infraestructura y evolución: el puerto, la pesca de langosta y el turismo
Un elemento clave en esta transformación fue la construcción, a partir de 1964, de lo que se conoce como el primer embarcadero, First Jetty, para servir a la industria de la pesca de langosta. Este embarcadero marcó el paso de un asentamiento costero de cabañas a una villa con infraestructura marítima más sólida. Con el tiempo, Cervantes consolidó la pesca de langosta como pilar económico. Paralelamente, su ubicación privilegiada, cerca de playas y junto a un parque natural con paisajes únicos, lo convirtió en un lugar atractivo para el turismo, especialmente turismo de naturaleza: buceo, snorkel, observación marítima y visitas al desierto cercano. Así, la población solía combinar residentes permanentes (pescadores, trabajadores) con una cierta presencia de turistas, visitantes, y también de propietarios de segunda residencia o casas de vacaciones, sobre todo a medida que la pesca y el valor turístico aumentaban. Según datos recientes, la población es relativamente reducida, alrededor de 480 habitantes según censos recientes, y una parte significativa del parque de viviendas puede corresponder a propietarios no residentes habituales, lo que refleja esta combinación de vida pesquera, turismo y residencia estacional.
Un pueblo con identidad propia
Cervantes es un ejemplo de cómo un malentendido histórico puede convertirse en un atractivo singular. Aunque la población no tiene ninguna conexión real con España más allá de los nombres de las calles, el resultado es un pueblo único: un pequeño rincón del estado en pleno Océano Índico, con una brisa marina que mezcla naturaleza australiana y recuerdos mediterráneos. Un lugar para descubrir, sorprenderse y pasear por las calles de Barcelona, Lleida o Girona… sin salir de Australia.