La acción exterior del Govern de la Generalitat no ha sido un invento del procés independentista, aunque a la vicepresidenta española Soraya Sáenz de Santamaría el tema se le clavó entre ceja y ceja. Tampoco fue una improvisación del president Jordi Pujol, que hizo de la proyección internacional de Catalunya uno de los objetivos prioritarios de su Govern a pesar de los insistentes palos en las ruedas que ponía el Estado. Lo cierto es que la acción exterior ya fue una de las preocupaciones del Govern de Lluís Companys, especialmente a raíz del estallido de la Guerra Civil y el descalabro que esto representó para la sociedad catalana. La atención a cientos de ciudadanos extranjeros residentes en Catalunya, la necesidad de conseguir fuera de las fronteras del Estado provisiones y material bélico, la explicación al mundo de la causa republicana o sencillamente las tareas de inteligencia obligaron al ejecutivo de la Generalitat a constituir en 1936 la secretaría de Relaciones Exteriores. Como titular de la nueva responsabilidad, el Govern situó al jurista Rafael Closas i Cendra.
Todo el trabajo que se organizó alrededor de esta secretaría de Exteriores ha sido documentado y recogido en una exposición del Arxiu Nacional de Catalunya (ANC), comisariada por Manuel Manonelles, y que ahora se ha trasladado al Parlament de Catalunya, donde estará instalada tres meses. Con el título Acció Exterior en temps de guerra. La presència internacional de la Generalitat de Catalunya (1936-1939), la exposición dispone de documentos de la época, algunos de los cuales provenientes de los archivos de Salamanca, y filmaciones de la productora impulsada por la secretaría de Exteriores, Laya Films.
Turismo de guerra
Uno de los engranajes más innovadores de la maquinaria de diplomacia del Govern que lideró Rafael Closas fue la creación en octubre de 1936 del Comisariado de Propaganda, al frente del cual se situó a Jaume Miravitlles. De este comisariado, que también tenía funciones de inteligencia, dependían las delegaciones de la Generalitat que se fueron abriendo en Londres, Bruselas, Estocolmo y París. Entre las actividades que impulsó destacan las visitas a Catalunya de representantes políticos, periodistas, artistas y líderes de opinión de todo el mundo. Uno de los fotógrafos más emblemáticos de la Guerra Civil, Robert Capa, reveló parte de sus icónicas fotografías en el laboratorio que el Comisariado puso al servicio de los periodistas extranjeros. A través de sus gestiones desfilaron por Catalunya figuras como el intelectual y político francés André Malraux, o el que pocos años más tarde sería primer ministro de la India Jawaharal Nehru. Es lo que Manonelles describe como "turismo de guerra", que incluye nombres que dejaron su huella en la historia de aquel conflicto, como Ernest Hemingway o George Orwell.
Igualmente popular en aquel momento era la estrella de Hollywood Errol Flynn, que también figura en la lista de famosos que la Generalitat trajo a Catalunya. El actor llegó a Barcelona en marzo de 1937 acompañado de su amigo Hermann Erben, un turbio médico alemán. Aparte de visitar el comisariado y visualizar material de Laya Films, el actor y su acompañante vivieron una accidentada noche de flamenca: coincidió con una derrota en el frente de Aragón y los vecinos confundieron aquella juerga con una celebración de simpatizantes del bando franquista. Además, Flynn quiso visitar la primera línea de guerra, y Jaume Miravitlles les facilitó vehículo, chófer y un fotógrafo para acudir al frente de Madrid. La cosa, sin embargo, no acabó bien, dado que los agentes del actor hicieron correr la noticia falsa de que había sido herido en el frente, cosa que enojó a Miravitlles, que le instó a abandonar el país.
Todas estas visitas quedaron registradas en el Llibre d'or del Comissariat de Propaganda, que recoge 380 firmas y dedicatorias de personalidades que visitaron Catalunya para apoyar la causa republicana, y que forma parte de la exposición. Aquí dejaron su testimonio parlamentarios de diferentes nacionalidades, delegaciones de Estados Unidos o de China, escritores como John Dos Passos o Rafael Alberti o el actor y activista estadounidense Paul Robeson, que firmó con un "bon cop de falç". Es, según Manonelles, una de las joyas del Arxiu.
Colonia diplomática del Maresme
Aparte de las actividades de inteligencia y de propaganda, una de las funciones clave de la Secretaria de Relacions Exteriors de la Generalitat fue la atención a los diferentes consulados instalados en Catalunya, preocupados por la protección de sus nacionales, así como de las propiedades o intereses económicos y empresariales. Con el estallido de la guerra en julio de 1936 y en un contexto extremadamente volátil, las noticias de detenciones y asesinatos se sucedían día tras día. Países como Francia, Italia, Gran Bretaña y Alemania enviaron a Barcelona, a petición de sus delegaciones diplomáticas, buques de guerra y naves civiles para evacuar a sus ciudadanos. Incluso algunas delegaciones abordaron un plan para poder ocupar el puerto de Barcelona si fuera necesario para garantizar la seguridad de esta evacuación. Esta vía de salida no solo la aprovecharon ciudadanos de nacionalidad extranjera, también numerosas personalidades catalanas tuvieron que huir con la ayuda de la Generalitat y las delegaciones diplomáticas ante la ola de violencia que se desencadenó. Más de 40.000 personas habrían sido evacuadas entre julio de 1936 y finales de 1937.
Ante los bombardeos de la aviación fascista sobre Barcelona registrados entre enero y marzo de 1938, gran parte del cuerpo diplomático y consular residente en Barcelona decidió trasladarse al Maresme. Aquella zona, lejos de los objetivos estratégicos, disponía de villas señoriales, buena parte de las cuales eran residencias de veraneo de la burguesía barcelonesa, y tenía acceso a vías para la posible evacuación. El mantenimiento de estas delegaciones diplomáticas comportó también la ubicación frente a las costas del Maresme de barcos de guerra de los diferentes países. En enero de 1939 hasta nueve acorazados y destructores del Reino Unido, Francia y Estados Unidos evacuaron por mar desde este punto a muchos de sus ciudadanos mientras las carreteras se atestaban de decenas de miles de refugiados que intentaban huir. Estos barcos se convirtieron también en objetivo de la aviación franquista, como quedó ilustrado por las fotografías tomadas por un operador de radio del destructor estadounidense USS Omaha, Frank de Cruz, y que forman parte de la exposición.
Arte catalán en París
El arte también se convirtió en un arma más de esta intensa actividad de propaganda. El 20 de marzo de 1937 en el Musée National du Jeu de Paume, en París, se inauguró la exposición Du X siècle au XV siècle. L'art catalan, que reunió las principales joyas del arte románico y gótico catalán bajo la batuta de Joaquim Folch i Torres. Aquella exposición, que ya se había planteado durante el gobierno del president Francesc Macià, se consideró un éxito absoluto. De hecho, dado que solo se pudo mantener durante un mes en el Jeu de Paume porque las salas estaban comprometidas para otra muestra en el marco de la Exposición Universal de París, se decidió alargarla trasladándola al castillo de Maisons-Laffite. Una vez terminada la exposición, las autoridades catalanas y francesas acordaron mantener las obras en París para preservarlas del conflicto bélico. Folch i Torres se encargó de custodiarlas hasta su regreso a Barcelona, en septiembre de 1939.
En enero de 1939 fue el secretario de Relaciones Exteriores de la Generalitat, Rafael Closas i Cendra, quien marchó al exilio en Francia con su familia. En 1945, al acabar la Segunda Guerra Mundial, fue también un personaje clave del primer —y único— gobierno constituido por Josep Irla en el exilio de París, como subsecretario de Presidencia. No volvió a Barcelona hasta 1950 y murió dos años más tarde. Curiosamente, su hijo Albert se acabaría convirtiendo en la década de los 50 en uno de los actores más populares de la España de Franco. También el comisario de Propaganda, Jaume Miravitlles, marchó al exilio, del cual no volvió hasta 1962.
