Hay momentos vitales en los que el ego se nos descuadra. Que es mejor que no que se desmorone, como el accidente de tren de Urda, que entonces ni piensas en estas cosas, ya que el dolor lo invade todo. Hablo de situaciones por las que vamos pasando, incluso momentos de éxito en los que todo parece encajar y nos miramos al espejo con esa tranquilidad (un poco peligrosa) de quien piensa que ha entendido la vida. Momentos en los que el ego cambia de sitio, como esos momentos en los que la vida te quita algo de las manos y, de repente, ya no sabes muy bien dónde ponerte. Como debe haberse levantado el miércoles Trump. Pero no hace falta ir tan lejos: un divorcio, un fracaso profesional o una ruptura de amistad también hacen que se tambalee.
Hay personas que, cuando están atravesando uno de estos terremotos, empiezan a contestar mal, reaccionando de forma desproporcionada, enfadándose por cosas pequeñas. A interpretarlo todo como una agresión. Y muchas veces eres tú misma. Después de haber perdido el ritmo tras vacaciones o un liderazgo en un grupo. Es como si el ego se hubiera movido de sitio. El dolor lo altera todo y la manera como nos relacionamos con los demás no es la excepción. Nos vuelve más irritables, más hipersensibles y mucho más defensivos. Como si el cuerpo y la mente hubieran decidido que, después de lo que ha pasado, hay que estar permanentemente en guardia. Porque cuando tu vida deja de parecerte controlable, cualquier pequeño territorio reconocido se convierte en una trinchera. Que las cosas sean como tú habías imaginado que serían, la necesidad de tener razón, de decidir, aunque sea algo pequeño, como si te fuera la vida en ello, por la necesidad de imponer aunque sea un límite. No necesariamente porque te hayas convertido en una persona más egoísta. Quizás porque estás intentando desesperadamente recuperar algo que has perdido: la sensación de tener el mando de tu propia vida. La paradoja incómoda de que cuanto más vulnerables nos sentimos, más agresivos nos volvemos.
El ego herido es especialmente traicionero después de una ruptura, porque una separación no solo cuestiona una relación; puede cuestionar nuestra autoestima
El ego herido es especialmente traicionero después de una ruptura. Porque una separación no solo cuestiona una relación. Puede cuestionar nuestra autoestima, la identidad que nos habíamos construido dentro de esa relación e incluso la idea que teníamos de nosotros mismos. Hay quien vive una ruptura como un fracaso y se defiende o protege llorando, desapareciendo, contestando mal o haciendo ver que nada le importa. No porque sean malos, no amen o se hayan convertido en unos imbéciles, sino porque están heridos. El dolor también nos puede dejar con menos espacio mental para ponernos en el lugar del otro. Cuando toda nuestra energía está ocupada intentando sobrevivir emocionalmente, queda poco margen para preguntarnos: "Y este que tengo enfrente, ¿cómo está?". Y así es como un pequeño comentario puede activar todo el dolor acumulado. Una discrepancia parece una falta de respeto. Un silencio parece un abandono. Una crítica mínima se convierte en una prueba de que el mundo está en contra nuestra. No estamos reaccionando solo a lo que acaba de pasar. Estamos reaccionando a todo lo que llevamos dentro. Por eso hay respuestas que tienen una intensidad que no corresponde con la pregunta que las ha provocado. Ya que la pregunta puede ser pequeña e inofensiva. Pero la herida que puede abrir puede ser inmensamente dolorosa. Y quizás deberíamos empezar a entenderlo así: hay egos que no están desmesurados. Están desplazados porque el dolor los ha movido de sitio. Como si el ego dejara de ser solo vanidad y se convirtiera en armadura. Nos ponemos armaduras porque tenemos miedo de rompernos, o arrogantes porque tenemos miedo de que nos vean pequeñas. Contestamos mal porque es más fácil enfadarnos que reconocer que algo nos hace mucho daño. Y la madurez no consiste en no tener esos momentos; consiste en darnos cuenta de ello. En saber decir: "No te estoy respondiendo así por ti. Te estoy respondiendo desde el lugar donde estoy".
Pero esto tampoco lo puede justificar siempre todo: también hay que saber poner límites a quien está herido pero nos está hiriendo. Porque comprender no significa aguantarlo todo. Existe una gran diferencia entre entender el dolor de alguien y convertirnos en el lugar donde ese dolor descarga. Recordando, sin embargo, por qué batalla está pasando. Porque a veces, detrás de una respuesta surrealista, no hay un ego enorme. Solo hay alguien que está intentando mantenerse en pie mientras todo le baila. Incluso el ego.
