Viene el Santo Padre a Catalunya y patapam: la presencia del catalán es un espectro; el rector escogido para recibirlo no habla catalán, dice que esto es España, y que no toquemos las narices; el gobierno catalán hace de Poncio Pilato y se lava las manos; mosén Junqueras se enfada un rato con vaticana impostación; los de Òmnium y compañía alzan el clamor, boquiabiertos, helados y despavoridos; y la curia catalana se pierde en romances sobre el bien y el mal. Resulta, pues, que la lengua propia del país que León XIV visitará quedará constreñida a una residualidad irrisoria e insultante. Como el ínclito Aznar, el Santo Padre hablará catalán "en la intimidad". Para el resto, la pompa y la fanfarria de la lengua universal, conquistadora de mundos y azote de herejes: "el español, idioma de la Cruzada y el Imperio".
Nuevamente, pues, la apisonadora del idioma de España —que dejémonos de puñetas, es solo y exclusivamente el castellano— nos pasará por encima aniquilando mil años de nuestra identidad lingüística, es decir, de nuestra identidad nacional. Pero, ¿dónde está la sorpresa? ¿Por qué la indignación? ¿Hay una sola persona en Catalunya, con un poco de sentido de la realidad, que no se esperara que pasara lo que ha pasado? Y es aquí donde la reacción del nacionalismo en su conjunto y del independentismo en particular, haciéndose cruces por el menosprecio que sufrirá el catalán, me parece un inmenso ejercicio tartufesco. O ceguera preocupante, o hipocresía de manual, o ambas patologías, que a menudo van juntas.
Por ejemplo, ¿por qué nos sorprende que este rector de la iglesia de Sant Agustí en el Raval venido de Tanzania, no hable catalán después de ocho años de vivir en Catalunya, y no considere que esto es un menosprecio a los creyentes que tienen el derecho a rezar y oír los Evangelios en su idioma? ¿Por qué nos sorprende que, cuando le preguntan sobre la cuestión, responda que esto es España y aquí se habla español? No veo la sorpresa. En Catalunya no hace falta el catalán para nada, no se exige casi para nada, y no hay ninguna presión política y legal para que sea exigible. Si se puede vivir en castellano sin problemas de ningún tipo, y encima el relato oficial es de imposición integral del castellano, lo que hace el rector de Sant Agustí es lo que hacen miles de personas que en toda una vida no necesitarán conocer el idioma. Este es el país que tenemos, y este es el marco legal que sufrimos.
Más que indignarnos con el Papa y la curia deberíamos hacerlo con nosotros mismos, los verdaderos responsables de aceptar la "normalidad" de nuestra anormalidad nacional, y, sobre todo, la "normalidad" de nuestra degradación lingüística
Asimismo, ¿por qué Junqueras se indigna, hace declaraciones, escribe cartas al Santo Padre, si es el responsable de que tengamos un gobierno profundamente contrario a la nación catalana, cuyo president ha dado muestras pertinentes de su desprecio por el catalán, "Lérida" incluida? Votan, pactan, se benefician de tener a Salvador Illa de president, aceptan la humillación nacional que representa y después lloran porque no habrá catalán en la homilía. ¿Qué pensaba que pasaría con un gobierno como este?
Y después viene el resto, Òmnium, por ejemplo, o Plataforma per la Llengua, ¿por qué se indignan? ¿No son ellos quienes aceptaron el vergonzoso Pacte Nacional per la llengua que supedita el futuro de la lengua a un Gobierno que tiene un proyecto españolizador, y que, en la práctica, consolida el retroceso que el catalán ha sufrido? Un pacto que no asume la emergencia en que está el catalán, ni combate la degradación que padece. ¿No son ellos los que prefirieron la confraternización a la confrontación y la lucha por salvar el idioma? Que ahora se preocupen por el ínfimo catalán que usará el Papa, mientras le dan a Illa la clave para defenderlo, es como mínimo grotesco.
La cuestión es esta. El catalán no tiene ningún amparo legal, sufre un Estado depredador, la mayoría de los partidos han abandonado su defensa activa, tiene un gobierno que actúa en su contra y no hay ningún motivo fuerte para que sea respetado por la gente que viene de fuera. Si esta es la situación, ¿de qué nos sorprendemos? Más que indignarnos con el Papa y la curia, deberíamos hacerlo con nosotros mismos, los verdaderos responsables de aceptar la "normalidad" de nuestra anormalidad nacional, y, sobre todo, la "normalidad" de nuestra degradación lingüística. El Papa no es la causa, es la consecuencia de nuestra miseria.