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El inicio del verano en Barcelona ha estado marcado, una vez más, por los grandes acontecimientos. Después del experimento fallido —y desorbitadamente caro para nuestros bolsillos— de la Copa América de vela, hemos pasado a acoger la visita del Papa y la salida del Tour de Francia, que ha llenado la ciudad durante tres días de decenas de miles de aficionados al ciclismo deseosos de ver a los Pogačar, Vingegaard y compañía. A cambio de una aportación oficial de 9,6 millones de euros —una cifra que se calcula que podría ser del doble—, los barceloneses nos llevamos el enésimo spot de promoción de nuestra ciudad, una ciudad a la que, justamente, no le hace falta ni un solo microsegundo más de exposición mediática.

Detrás de esta fachada reluciente e instagrameable, sin embargo, encontramos los malabarismos de las más de 260.000 familias que viven en la ciudad, que tienen que hacer auténticos esfuerzos para sobrevivir a las doce semanas de vacaciones escolares. El coste medio de un casal de verano en la ciudad asciende a seiscientos euros mensuales por niño, lo que supone una sangría para cualquier economía familiar y convierte esta necesidad en un lujo asiático. Una ciudad que presume de tener superávit económico —51,8 millones de euros el año pasado— no debería permitir que miles de ciudadanos estén con el agua al cuello para hacer posible la conciliación entre trabajo y familia. Algún grupo de la oposición ha planteado últimamente la bonificación de los casales de verano con dinero proveniente de la tasa turística. La pregunta es por qué el gobierno municipal no lo ha aplicado mucho antes por iniciativa propia.

Barcelona está minuciosamente diseñada para deslumbrar a los visitantes, pero hace tiempo que ha dejado de ser amable para sus vecinos y vecinas. En verano, esta antipatía se agrava y se agudiza

La alternativa a los precios prohibitivos de los casales de verano pasa, en muchas ocasiones, por activar a los abuelos, que acaban ejerciendo a menudo de superhéroes con capa. Otra vez, sin embargo, topamos con un problema notorio. Barcelona está minuciosamente diseñada para deslumbrar a los visitantes, pero hace tiempo que ha dejado de ser amable para sus vecinos y vecinas. En verano, esta antipatía se agrava y se agudiza. En una ciudad donde el bochorno se intensifica cada año un poco más, las alternativas gratuitas no pueden limitarse a algún parque infantil con surtidores de agua con más ocupantes por metro cuadrado que un concierto de Bad Bunny.

El teniente de alcaldía Albert Batlle sugirió hace unas semanas una alternativa, según él, infalible: pasar los veranos encerrados en El Corte Inglés. Le sugeriría que probara a llevarse un par de niños a repasar marcas de perfumes en la planta 0 de esta gran superficie. Tengo la ligera sospecha de que su optimismo inicial quedaría rápidamente diluido.   

Nuestros gobernantes no pueden limitar Barcelona a un simple escaparate. Cuando lo hacen, se olvidan de una obviedad: los turistas llegan y se van, pero quienes se quedan somos nosotros.