“Niveles bajos de asistencia a clase, implicación deficiente en el seguimiento de asignaturas, tareas hechas con poco rigor, actitud poco comprometida con el proceso de aprendizaje, implicación mínima, trabajos no presentados, falta de responsabilidad individual...”. En resumen, una situación “decepcionante y preocupante”. Este fragmento es parte del análisis que el decano de Ciencias Políticas y Sociales de la UPF envió a los alumnos de primer y segundo curso hace cosa de una semana. A raíz de la carta en cuestión, académicos de diferentes universidades catalanas han hecho el ejercicio de matizar públicamente los peligros de señalar a los alumnos como responsables únicos del absentismo. La conversación en el mundo académico sobre el mismo mundo académico, sin embargo, es una de las conversaciones más irremediablemente capadas de todas las conversaciones que se dan en el país: nadie quiere arriesgarse a disipar años de investigación, de docencia, de renuncias y de esfuerzo. Nadie quiere comprometer su prestigio, y todo el mundo acaba formando parte del mismo sistema que más o menos en privado critica, pero que tampoco siente que tenga ni la fuerza ni las herramientas para poder cambiar.
Quienes hemos pasado por la universidad esta última década podemos afirmar sin prevenciones autoimpuestas que hace mucho tiempo que en la universidad no se vive un “proceso de aprendizaje”, porque hace mucho tiempo que la pedagogía no es un factor a considerar cuando toca tomar decisiones que afectan a profesores y alumnos. Por lo que servidora tiene entendido, la docencia impartida como profesor no cuenta para casi nada a la hora de progresar académicamente. El entramado está montado para que lo que valga sea el volumen de papeleo (lo llaman papeles) publicado, y para que lo que pese sea la investigación. Stricto sensu, el aprendizaje o desaprendizaje de los alumnos a quienes se imparte clase no tiene ninguna incidencia sobre la vida laboral —si es que a la vida académica se la puede llamar vida laboral— de los que se supone que deberían dedicarse a transmitirles conocimientos. O es moderadamente vocacional o, a la hora de la verdad, el profesor no tiene ningún incentivo para invertir tiempo y esfuerzos en mejorar pedagógicamente la calidad de las clases que imparte.
La universidad es un sistema resultadista, y los alumnos participan —igual que los que les hacen de profesores— priorizando los resultados, no el aprendizaje
La universidad es un sistema resultadista, y los alumnos participan —igual que los que les hacen de profesores— priorizando los resultados, no el aprendizaje. Así las cosas, si les parece que estudiar por su cuenta sin asistir a clase es un método más rentable para obtener los resultados deseados que coger el tren, ir a clase y estar un par de horas oyendo al profesor de turno leer el mismo PowerPoint que hace diez años que lee, estudiarán por su cuenta asumiendo los riesgos y ahorrándose la incomodidad de sentir que el tiempo invertido en clase no es tiempo invertido, es tiempo malgastado. Pero este “lo hago por mi cuenta” tampoco está exento de peligros, y la proliferación de academias para universitarios es la muestra de ello. A menudo, de la asistencia a una clase pensada priorizando —o tan solo teniendo en cuenta— el aprendizaje del alumno, el alumno también puede absorber o descubrir un método de estudio que lo ayude a impulsar la evaluación. Cuando la sensación es que la clase no sirve, que necesito recortar tiempo porque estudio y trabajo y que no me puedo pagar la academia, “lo hago por mi cuenta” quizás quiere decir “pongo el programa de la asignatura en el ChatGPT y me lo estudio”, y entonces en la revisión de examen son todo lamentaciones. A veces el resultadismo da muy malos resultados, y aquí aparece la tentación de exigir resultados con estándares cada vez más bajos.
Responsabilizar al alumno del absentismo es el atajo perezoso para desviar la atención de las deficiencias pedagógicas de la universidad. El absentismo es el resultado de un ovillo de factores estructural que, en realidad, nadie está muy interesado en desenmarañar. Explicarlo en términos de desinterés individual, de falta de compromiso moral, o recurrir al argumento generacional de que la juventud sube fatal, sirve para que la universidad se saque la responsabilidad de encima, pero no contribuye a revertir la tendencia. El hecho es que los alumnos —sobre todo en la universidad pública— no van a clase, y en vez de preguntarse cuál es lo común a las clases que hace que de manera más o menos mayoritaria los alumnos no asistan, parece que una parte de la academia ha decidido replegarse para protegerse y culpabilizar a aquellos que, al final, pagan las consecuencias de su cortedad de vista académica. Los años me han enseñado que abrazar la autocrítica siempre sale más a cuenta, a corto, a medio o a largo plazo, que menospreciarla. Este saber, sin embargo, no lo aprendí en la universidad.