Imagínense llegar al trabajo, a las ocho y media de la mañana en el barrio de Rocafonda de Mataró, y ver cómo el termómetro digital ya sube hasta los treinta grados. Minutos más tarde, a las nueve en punto, llegan los dieciocho alumnos de la clase. Hoy no ha fallado nadie; se acerca el final de curso y todo el mundo está nervioso por ensayar otra vez el baile que harán el último día ante las familias. El calor humano hace aumentar todavía más la sensación de bochorno y hace que el ambiente sea prácticamente irrespirable. La única alternativa es un ventilador irrisorio que parece un chiste de mal gusto. A lo largo del día, la temperatura dentro del aula alcanzará los 36,3 grados y se colará en el ranking de aulas que más queman en todo el país.

Las diez y media: la hora del recreo en una escuela del barrio de Sants de Barcelona. Más que un recreo, sin embargo, transitar por aquella pista de cemento a treinta y siete grados parece una prueba de supervivencia. Técnicos del Consorci d’Educació de Barcelona instalaron hace pocos días unos toldos de rafia que debían solucionar la falta de sombra, pero cubren apenas una cuarta parte de la superficie del patio y no ofrecen ninguna protección ultravioleta homologada. La instalación, además, se producía horas antes de la Audiència Pública en el distrito, donde el AFA de la escuela se había organizado para denunciar la dejadez y la falta de soluciones de la Administración. "Estamos muy decepcionadas y enfadadas", decían con razón en un comunicado.

Miles de docentes tienen que hacer lo imposible para formar a nuestros hijos en condiciones extremas y sin perder la motivación para educar

Estos dos casos reales son solo dos ejemplos de la realidad que se vive cada día en cientos de centros educativos del país, donde miles de docentes tienen que hacer lo imposible para formar a nuestros hijos en condiciones extremas y sin perder la motivación para educar. Cuando dejamos a nuestros niños dentro del aula y nos vamos al trabajo, en cierto modo, nos olvidamos de ellos hasta la hora de recogida. Alumnos y profesores, sin embargo, pasarán siete u ocho horas de su día inmersos en un infierno climático.

El Real Decreto 486/1997 establece que la temperatura de trabajo en lugares de trabajo cerrados debe ser adecuada para el cuerpo humano, y establece un rango que oscila entre los 17 y los 27 grados. Maestros y niños firmarían con los ojos cerrados que la Administración cumpliera su propia normativa. Últimamente, ha habido algunas señales de mejora, como el pacto de Esquerra Republicana con el Govern para desplegar el Pla Clima, con una inversión de cien millones de euros los dos próximos cursos. El Departament d'Educació, sin embargo, tiene la obligación de actuar ahora con soluciones estructurales y definitivas.

Ha terminado un curso educativo marcado por las huelgas del profesorado, aunque las aulas continuarán abiertas todo el mes de julio con los campamentos de verano. El uno de septiembre los docentes abrirán las puertas de un nuevo curso que, excepto sorpresas mayúsculas, comenzará nuevamente con movilizaciones. Inevitablemente, las jornadas de huelga irán acompañadas de un juicio público sobre los efectos negativos que tienen las demandas del profesorado en la conciliación familiar. Antes de caer en estos argumentos de baja erudición, sin embargo, formúlense una pregunta sencilla: ¿ustedes trabajarían en un aula superpoblada, a treinta y tantos grados de temperatura, sin perder su sonrisa radiante?