A dos meses, a todo tardar, de las elecciones generales, sigo teniendo verdaderos problemas para saber a quién regalaré mi voto como ciudadano comprometido con la democracia. Evidentemente, quedan excluidos de mi tablero todos los partidos catalanófobos y todas sus sucursales, entre los que no incluyo al PSOE porque, a pesar de tener verdaderos requetés ideológicos, como García Page, considero a Sánchez el político con más carisma del panorama español y no creo en el "cuanto peor, mejor" que tanto abogan los suicidas del independentismo. Lamentablemente, no milito en el voto útil y, revisando mi historial —empecé con el "No a la OTAN"—, mi trayectoria como elector me ha convertido en un pésimo jugador de póker político. Me encanta votar y perder, porque ganar debe ser la hostia.
Solo he militado en un partido político y fue en ICV cuando lo encabezaba Rafael Ribó, pero en aquellos años era una formación muy distinta a la que más tarde se integró en los Comuns hasta fagocitarlo y apostar por el multiculturalismo debido a una extraña aversión al catalanismo, por considerarlo burgués. Toda la retahíla de militantes de ICV que se agarraron al salvavidas de la formación encabezada por Ada Colau para poder pagar el alquiler de la sede bebían más de la ideología constitucionalista liderada por el ínclito Joan Coscubiela que de la de los supervivientes del carrillismo que fundaron Iniciativa. Mi militancia duró lo que duró mi secretario general, y después ya fui libre para votar a quien quisiera, siguiendo las leyes de mi ambivalencia ideológica.
Ahora me encuentro ante el callejón sin salida de no saber a quién debo entregar mi maldito voto, a pesar de unas encuestas que anuncian la llegada del apocalipsis ultra y, sin alcohol para adormecer mis cavilaciones, estoy tirando de quetiapina para conciliar el sueño. No sueño con Feijóo ni con Abascal, pero me los imagino entrando por la Diagonal para volver a implantar un Decreto de Nueva Planta, apoyados por colaboracionistas de nuevo cuño, como Alejandro Fernández o Xavier García Albiol —el primero, experto en cachopo; el segundo, en limpiar Badalona de gente impía— o por Ignacio Garriga, tipo que siempre me recuerda al espermatozoide de la película de Woody Allen Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, pero nunca se atrevió a preguntar. Los que la hayan visto, sabrán a qué espermatozoide me refiero. Por suerte, ha desaparecido Ciudadanos y estamos a la espera de qué harán ciertos miembros de una formación tan poco tántrica, acostumbrados como están a reclamar los beneficios de su pistolerismo parlamentario en la época álgida del procés. A Anna Grau o a Carlos Carrizosa, tanto el PP como Vox los recibirían con los brazos abiertos, tal como han hecho con otros pistoleros parlamentarios, como Carina Mejías. Caretas fuera y seguro que en el yate de Marcos de Quinto hay sitio.
Mis posibilidades como votante se han reducido a dos partidos, Junts y ERC, y ambos me dan una pereza del carajo
Eliminado un sector del cuadro, por orígenes políticos debería votar a una formación del tipo Frente Amplio o Comuns, pero yo soy demasiado de derechas. Por suerte, con Colau ofreciéndose como líder mesiánico, me han facilitado la huida. Quizás sí que quien pierde los orígenes pierde la identidad, pero ya dije en un artículo publicado anteriormente lo que pensaba de ella, si bien todavía me faltaba escuchar sus declaraciones sobre el president Puigdemont y vanagloriarse de su nueva faceta como cazarrecompensas a sueldo del macarrismo sostenible. Con la muerte de Maricarmen, pensé en Colau y en el síndrome de Zelig que padece, y que saldría diciendo que ella también murió, pero que, como Cristo, al tercer día resucitó.
Así pues, mis posibilidades como votante se han reducido a dos partidos, y ambos me dan una pereza del carajo. Francamente, habría preferido que Gabriel Rufián hubiera hecho las maletas para presentarse como cabeza de cartel del Frente Amplio, porque dentro de ERC tiene más de Mbappé que de Lamine Yamal, y lo que le gusta es Madrid como capital donde puede lucir todas sus dotes parlamentarias, que son muchas, y allí tiene una claque nacionalmente mucho más heterodoxa que en Catalunya. Considero que a las ambiciones de Rufián, esta tierra desorientada —la de Espriu, la de Monzó, la de Eva Baltasar— se le ha quedado pequeña.
Y de Junts, ¿qué puedo decir que no digan sus propias políticas, supeditadas al grano en el culo que le ha salido con Aliança Catalana? Las encuestas a la Generalitat predicen un sorpasso del partido de Sílvia Orriols a Junts, pero son meras encuestas, y parece que el miedo les haya agarrotado, incapaces de gestionar el desconcierto. Lo que no entienden los factótums de Junts —o no quieren entender— es que muchos de los votantes que presuntamente los abandonarán en las urnas están agotados de tantas batallitas entre partidos independentistas, de tantas Ítacas perdidas en el mapa, de tantas repúblicas ficticias, de tanta chulería de Chihuahua y de tanto bla, bla, bla que no ha logrado nada. Se hubiera podido apretar mucho más a Sánchez para dar aire al Principat, pero se han dedicado a hacer batallitas estériles, siempre pendientes del trozo de pastel que quería ERC. La vuelta del president Puigdemont parece el último as en la manga de Junts, pero tengo la percepción de que, para muchos votantes, el Molt Honorable ya es historia.
Tengo un amigo que cree, como yo, en el voto como fuerza democrática, pero lleva unas cuantas elecciones votando al PACMA. Desgraciadamente, no me queda ni esta opción. Con el Congreso de los Diputados que saldrá tras las elecciones del 29N, me parece que sería una putada hacer entrar a los animalistas en un hemiciclo lleno de taurinos y aficionados a la montería.
