"Nunca es tarde para el arrepentimiento y la reparación"
Charles Dickens
"Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller está en su sala de Lincoln’s Inn. Un tiempo implacable de noviembre". Así arrancan las novecientas páginas del inacabable pleito de Jarndyce contra Jarndyce en el que Dickens logra su novela más compleja y madura. Justo en ese tiempo neblinoso y lodoso en el que la historia de Casa Desolada empieza a ser relatada, está previsto que acabe el pulso de Puigdemont contra Llarena. Igual que el inacabable pleito de Jarndyce contra Jarndyce, el tiempo ha borrado en muchos casos incluso el motivo jurídico de la discusión, que, a día de hoy, pocos pueden explicar ya en qué se sustancia. El tiempo es bálsamo que todo lo cura. El tiempo y las circunstancias.
Que ayer quedara inutilizada por votación la ponencia de Macías sobre el recurso de amparo de Turull en el Tribunal Constitucional, algo que se daba por descontado, deja el camino expedito para que el próximo día 6 de octubre se apruebe una nueva ponencia que, esta vez sí, asuma las tesis proclives al amparo y permita dictar sentencia a favor de aplicarle la amnistía. Sabemos, porque en petit comité la propia Sala Segunda lo ha dejado claro, que una vez que esa sentencia se publique, el tribunal procederá a aplicársela a todos. Los magistrados del Tribunal Supremo mencionan la fecha del 26 de octubre como la más probable para que ese proceso se inicie y tanto Puigdemont como Comín y Puig se vean a continuación amnistiados y, por lo tanto, puedan regresar libremente. Noviembre es, pues, el mes; aunque el calentamiento global quizá no haga su clima tan implacable ni dickensiano.
A partir de esta previsión jurídica, la decisión del retorno dependerá de ellos. Ciertamente, como escribía Boye, cuando los jueces han de bajarse del burro, lo van haciendo poco a poco y sutilmente, como para que no se note. De ahí el auto anterior de Llarena, que no pretendía sino bajar sutilmente el escalón. Lo demás se da por descontado. Tan por descontado que en los círculos de poder y mediáticos madrileños ya no se hace cuestión de ello. No se pone el grito en el cielo. No se sacan banderas a los balcones y no se trata de que, como oí el otro día en una tertulia catalana, la M30 esté apostando por hacer oposición con Ceuta, o no solo. Se trata, en efecto, de que el tema está amortizado y que, estándolo, es probablemente al PP al que más le beneficia que termine la anomalía permanente que supone que Puigdemont siga en Waterloo. Ya nadie niega que haya habido contactos. Ya todo el mundo ve que las leyes más destructivas previstas por Sánchez para avanzar hacia un sistema muy parecido a los iliberales han sido detenidas con el apoyo de Junts. Es más, les digo, hasta jueces muy beligerantes con la amnistía reconocen en privado y en público, tal vez haciendo un poco de guasa, que al final va a haber que agradecer a Puigdemont la barrera de defensa democrática frente a la deriva de Sánchez.
Que Puigdemont regrese sin pisar una prisión es su triunfo; que otros estén en riesgo de pisarla ahora, lo que se ha dado en llamar justicia poética
Lo que no sabemos es cómo les irá a los estertores del gobierno el regreso. Bien es cierto que parecen tener los socialistas cierta esperanza de poder rascar los votos de Junts para alguna cosita aún. Ninguna buena. De ahí ese último envite en Europa en el que afirmaban que vetarían la entrada de Albania o Montenegro porque no permitirían la admisión de más lenguas oficiales si no se acepta el catalán. No va a suceder. Los socios comunitarios hablan de "amenaza vacía" y de intento de incluir "polémicas domésticas" en asuntos claves comunitarios. Les ha durado un suspiro y era sabido. Como casi todo lo que el gobierno intenta en estos últimos y escleróticos meses, era un brindis al sol.
Así que Puigdemont será libre en el tiempo en que comienza Dickens a relatarnos el pleito eterno de Jarndyce contra Jarndyce y Feijóo tendrá un quebradero de cabeza menos y las manos más libres para establecer alianzas en temas comunes, como, por otra parte, ya han venido haciendo hasta ahora en el parlamento. En Madrid, así en general, la curiosidad tiene más que ver con cuál será el papel del retornado en Junts y si al final acabará haciendo una plácida vida de ex-MHP o si seguirá implicado en el partido y siendo candidato. Diría que alguna de estas preguntas asalta también a miembros de su partido y a otros políticos catalanes. También se pregunta el gran Madrid, no crean, si, cuando pierda las elecciones, Sánchez piensa quedarse de líder de la oposición o si se irá de una vez para permitir al PSOE sacudirse el lodo e intentar volver a ser un partido decente. Sobre esto hay muchos dimes y diretes; algún día les cuento.
Saben que siempre defendí que el procés nunca debió acabar en la vía penal y que Rajoy, escondiéndose tras la toga de Mazas, lió una muy grande. Saben que no me opuse a la amnistía —por mucho que así lo diga el fichero de Interior, que ya he denunciado ante la AEPD—, aunque critiqué y criticaré la jeta de un Sánchez que acabó la campaña electoral prometiéndoles a sus votantes que traería por los pelos a Puigdemont para sentarlo en el banquillo y acabó negociando con él una amnistía no por sus convicciones, sino porque necesitaba siete votos.
Todo llega en la vida, hasta el final de la lectura de la larguísima Casa Desolada. Que regrese sin pisar una prisión es su triunfo; que otros estén en riesgo de pisarla ahora, lo que se ha dado en llamar justicia poética.
