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Hay periodistas que explican el mundo sea cual sea el precio. No para hacerse virales, no para ganar más dinero; porque es como sienten la profesión. Esta semana, Amira Hass ha recogido en Barcelona el Premio Internacional Manuel Vázquez Montalbán de Periodismo. Y me ha parecido una de esas coincidencias que no son casuales: premiar a Hass con el nombre de Montalbán es recordar que el periodismo no nació para hacernos sentir cómodos. Nació para preguntar quién manda, quién calla, quién paga, quién pierde y quién tiene suficiente poder para que su versión de los hechos acabe convirtiéndose en la versión oficial. Leer una noticia no puede ser una caricia ni un masaje a la conciencia. Y aún más cuando estos días se cumplen veinte años de la muerte de una de las periodistas que también recibió este premio. Anna Politkóvskaia fue una voz contra Putin cuando todavía no era tan fácil entender hasta dónde llegaría el poder del presidente ruso. Tenía 48 años cuando fue asesinada en el ascensor del bloque de pisos en el que vivía. Era una de las periodistas de investigación más incómodas para el poder y, desde Nóvaia Gazeta, explicaba el terror que estaba sucediendo en Chechenia: torturas, desapariciones, violaciones, secuestros y otros abusos contra la población civil. La asesinaron un 7 de octubre. El día del cumpleaños de Putin. ¡Qué coincidencias tiene la vida!

Politkóvskaia había recibido el Vázquez Montalbán en 2004, ex aequo con Maruja Torres. No pretendía ser una heroína, decía. Pretendía ser periodista. Quizás esta sea una de las frases que mejor explican qué debería significar hoy esta palabra. No ser heroico ni acumular likes. Simplemente, estar allí, mirar y contarlo. Hass lleva décadas haciendo esto. Explicando la realidad palestina desde dentro, hablando con personas que a menudo solo aparecen en los periódicos cuando son una cifra. Ella reivindica un "periodismo de baja tecnología". La paradoja es magnífica: mientras nosotros discutimos si la inteligencia artificial sustituirá a los periodistas, ella nos recuerda que todavía existe una tecnología mucho más sofisticada que cualquier algoritmo: escuchar de verdad. Sin convertir cada respuesta en un titular antes de que el otro haya terminado de hablar. Quizás esta sea hoy la parte más revolucionaria.

Porque nos hemos acostumbrado a informarnos como quien elige un menú: deseo esta versión de los hechos. Hass es israelí y habla de Gaza. Narra una realidad que también incomoda a los suyos. Pone un espejo frente a una sociedad a la que pertenece para que se mire de verdad. Premiar a esta profesional es también decir qué sociedad queremos. Un periodismo que no confunda audiencia con verdad, ni el miedo a perder seguidores con la necesidad de explicar lo que realmente pasa. Porque mientras perseguimos el algoritmo, la realidad sigue sucediendo fuera de pantalla, y más en territorios que no salen en el prime time. En casas donde nadie hace un directo y en lugares donde una historia no conseguirá nunca suficientes clics. El gran problema es que nos sobran datos y lo que nos falta es el tiempo para mirar, para contrastar, para entender y digerir la información.

El periodismo nació para preguntar quién manda, quién calla, quién paga, quién pierde y quién tiene suficiente poder para que su versión de los hechos acabe convirtiéndose en la versión oficial

Yo solo conocí a Manuel Vázquez Montalbán cuando venía al Celler de Gelida acompañado del mejor amigo de mi padre, el presentador Jordi Estadella. Después lo estudié mucho más a fondo (sobre todo su vertiente gastronómica) para mi tesis doctoral, que hablaba sobre la metáfora en el lenguaje de la cata.

—¡Me tendrás que pagar royalties! —me decía en broma Daniel, cuando la leyó por primera vez.

Pero, en realidad, yo lo he ido conociendo a través de los ojos de mi marido y de Anna Sallés. Es extraño y maravilloso pasar un Sant Esteve o haberme casado en su casa y sentir que, a pesar de que él ya no esté, sigue presente a través de sus objetos, de su familia, de las fotografías, de los libros y, sobre todo, de los utensilios culinarios. La verdad es que lo conozco más como fue como padre (mucho más brillante que su inmensa obra) que como periodista. Porque voy degustando con calma sus escritos al mismo ritmo que voy conociendo mejor a las personas que lo amaron.

—Actualmente es un autor más citado que leído —me dice Daniel.

Quizás sí. Pero hay autores que no desaparecen porque dejemos de leerlos todos los días. Hay ideas que quedan bajo tierra, como las raíces de una viña, y vuelven a brotar cuando encuentran el momento. Por eso me hace especial ilusión que el Premio Vázquez Montalbán vuelva después de 2019. Que, tras unos años sin concederse, recupere la fuerza y la esencia del periodismo político y cultural que lo hizo nacer. Y que lo haga reconociendo a una periodista como Amira Hass, que ha hecho de la incomodidad una forma de honestidad. Porque un premio de periodismo no debería servir solo para poner un nombre en una vitrina. Debería servir para recordarnos por qué todavía necesitamos periodistas. Para recordarnos que contar lo que uno ve y lo que uno vive sigue siendo, en muchos lugares del mundo, una actividad peligrosa. Y porque, mientras haya alguien dispuesto a mirar de cara lo que los demás prefieren no ver, quizás Manuel Vázquez Montalbán seguirá viviendo de la mejor manera posible: en las palabras de los valientes.