No he votado ni votaré nunca a Pedro Sánchez. No soy socialista y no votaré nunca al líder de un partido que dio su consentimiento al 155. Y eso también va por Salvador Illa, por el PSC y por los partidos ecoequidistantes que se hicieron con la alcaldía de Barcelona empleando informes falsos contra Xavier Trias o con el voto de un partido oligárquico encabezado por esa triste figura política llamada Manuel Valls. A pesar de todo, guardo cierta admiración por Pedro Sánchez, llamado por la derecha "Perro Sánchez", alias que le honra, porque los perros son, a menudo, mucho más sensibles que algunas bestias políticas que gravitan por los hemisferios nostálgicos de la España autárquica.
Aunque considere a Pedro Sánchez un narcisista de manual, es destacable su valentía ante las políticas impuestas por el trumpismo internacional y su negativa a bendecir el genocidio que está perpetrando el gobierno expansionista de Netanyahu en los territorios de Gaza y Cisjordania. A menudo hablo con mis amigos italianos, antiguos votantes del PCI, Refundación Comunista o Cinque Stelle, desencantados de la política transalpina liderada por Meloni y donde malvive una progresía incapaz de rehacerse de la epidemia crónica que eyaculó el berlusconismo, y me explican la visión que tienen muchos italianos de Pedro Sánchez, a quien consideran el último baluarte de una izquierda europea que se está deshaciendo como un terrón de azúcar dentro de un café lleno de hollín. Y entiendo la mitificación que han hecho del líder de los socialistas, porque la distancia hace que se difuminen los poliedros irregulares de un político que ha hecho del cálculo su hoja de ruta. La desilusión de los amici miei es similar a la que yo tengo con los partidos que protagonizaron el relato del procés y lo inmolaron para salvar sus respectivos chiringuitos. Desde entonces, se ha erigido un ejército de independentistas portadores de votos en blanco, transmisores del asco colectivo.
Pedro Sánchez tiene los días contados, y cuando les cuento a mis amigos italianos que a finales de 2027, principios de 2028, nos gobernará el PP asociado a Vox, no dan crédito. Si ellos, que fusilaron a Mussolini y lo colgaron como un cerdo en la piazza Loreto de Milán, han acabado en manos de una política que militó, en su juventud, en el Movimiento Social Italiano, "no es tan difícil de entender", les digo, "que en España, país que dejó morir de viejo al dictador y los franquistas tuvieron tiempo de vestirse de cordero y, poco a poco, esquilarse la lana hasta mostrar su verdadera piel de lobo, acabe gobernando la extrema derecha". "Cuando una dictadura consigue morir en la cama", añado, "significa que hay una gran cantidad de ciudadanos que viven bien en dictadura". Con Franco se vivía mejor y se non è vero, è ben trovato. Los gobernantes franquistas no pasaron las témporas y la vergüenza por los juzgados cuando tocaba, y así ha sido imposible construir una cultura democrática lo suficientemente firme como para evitar lo que nos vendrá. Que mis amigos italianos estén tan entusiasmados con Pedro Sánchez es la evidencia de la orfandad en la que viven, abandonados a la deriva por unos políticos progresistas que saltaron del barco cuando perdieron la batalla ante el populismo impulsado por Forza Italia. Cuando Pedro Sánchez deje la Moncloa con el aliento de la Fiscalía —esa que afina— en la nuca, controlada torpemente por el PP y Vox, siempre podrá exiliarse a Italia para ganarse holgadamente la vida dando conferencias.
La gran tragedia de este país, el de Pedro Sánchez, es que tengamos que confiar nuestra identidad catalana a un narcisista para salvarnos las palabras de la horda de verdugos guerracivilistas
Mirando los números, la España de Pedro Sánchez no va tan mal, si nos atenemos a los datos económicos. Y aunque el presidente del Gobierno tenga la anatomía del corcho para reflotar, si quiere, el Titanic para salvarse, con la derrota en Andalucía aseguran los politólogos que sus días están contados. Y aunque no formo parte de sus acólitos, admito que he sentido cierto orgullo al verme representado por un presidente valiente —si es por cálculos electorales, me importa un rábano— que habla un inglés de nivel C2 en círculos internacionales. Comparado con Rajoy o Feijóo, Sánchez parece un estadista de la talla de Willy Brandt u Olof Palme. Rajoy y Feijóo son como Díaz Ayuso, incapaces de decir my father is farmer o my father is rich en los círculos más íntimos del excusado y entenderlo.
Estos que llaman "Perro Sánchez" a Pedro Sánchez son el eslabón perdido de los terraplanistas. Y es una vergüenza que un partido corrupto como el PP, que ha hecho de la catalanofobia un modus electoralis desacomplejado, todavía tenga no solo vida política, sino la posibilidad de disfrutar de mayorías absolutas. A esos orgullosamente charnegos de piel fina debería angustiarles ver en manos de quién ha caído la tierra de sus padres. Si el voto a Vox está protagonizado por iletrados de cerebro hinchado por esteroides taurinos anarcocapitalistas, el voto al PP está protagonizado por hijos o nietos del franquismo sociológico, por señoritos, por nuevos ricos y por catalanófobos, cualidad transversal y no exclusiva de la derecha. A estos nuevos ricos andaluces que abogan por la bajada de impuestos, ya no les hace falta nuestra solidaridad interterritorial. Esta sí que sería una prioridad nacional catalana. En todo esto de la catalanofobia, por cierto, Sánchez silba, como todo buen español.
Eso de cuanto peor, mejor, me remueve las entrañas. Porque, aunque no sea sanchista, me pondré apocalíptico adaptando una frase que atribuyen a Luis XV: "après Pedro Sánchez, le déluge". La gran tragedia de este país, el de Pedro Sánchez, es que tengamos que confiar nuestra identidad catalana a un narcisista para salvarnos las palabras de la horda de verdugos guerracivilistas, y a Sánchez se le están acabando los ases en la manga. No obstante, conozco varios corchos que parecían hundidos y han reflotado con las conexiones que hicieron cuando flotaban a toda vela.
Leo, por cierto, que el garrote vil fue un regalo de cumpleaños que le hizo Fernando VII a "mi muy amada esposa" en sustitución de la horca. ¡Qué país de bestias!