Venimos de un verano tórrido, el más cálido registrado en la historia meteorológica de nuestro país y de tantos otros. Un verano donde, de nuevo, los incendios han causado estragos no solo por todo el Mediterráneo, sino también —y de nuevo reiteradamente— en Canadá, donde incluso amenazaron la celebración de la final del Mundial de Fútbol que se iba a celebrar en los vecinos Estados Unidos. Unos incendios que se han extendido a territorios que hasta ahora prácticamente desconocían esta realidad, como el Reino Unido, o nos han dado imágenes de pánico como las vividas en diversas zonas de la Península o de Francia.
La alarma —científicamente hablando— saltó en Groenlandia, donde a mediados de junio se produjeron varios incendios simultáneos, algo prácticamente inédito en aquellas latitudes, y más en una época tan "temprana", teniendo en cuenta las temperaturas que tradicionalmente se registraban la primera quincena de junio en aquellas zonas árticas.
Pero mientras el mundo se tuesta como consecuencia clara y directa del cambio climático, paradójicamente la mayoría de los países —y también la Unión Europea—, imbuidos en la nueva realidad distopicotrumpista, siguen relajando sus políticas de lucha contra el calentamiento global. Eso sí, en total contradicción con el alarmante estado de los glaciares —sea en los Alpes o en el Himalaya— o del reciente anuncio de Naciones Unidas que se da ya por perdido —e imposible— el objetivo de limitar el incremento de la temperatura a 1,5 °C.
Y todo esto sin entrar en el detalle de las predicciones que a mediados de agosto hacía el Servicio Meteorológico Británico sobre un otoño especialmente tempestuoso y peligroso, a raíz del enorme calentamiento que han sufrido los océanos este verano, y cómo todo esto puede acabar provocando que el año que viene, 2027, todavía sea más cálido que el tórrido 2026.
Ahora bien, la voluntad de este artículo no es tanto hablar de meteorología y clima como, más bien, utilizarlos como metáfora de un otoño que todo indica que mantendrá —si no incrementará— la temperatura geopolítica global, ya de por sí más intensa de lo que la mayoría quisiéramos.
En la mente de Putin su supervivencia física está totalmente ligada a continuar al frente del poder. Ya que en la brutal lógica de la gestión del poder de hoy en día en Rusia se pueden perdonar muchas cosas, pero en ningún caso se perdona la debilidad
Ucrania
Por un lado, vemos que el frente ucraniano en vez de calmarse se intensifica, más allá de las últimas llamadas a la negociación y mediación estadounidense. Y lo hace sobre todo por un Vladímir Putin que apuesta por una nueva escalada ante el estancamiento de la línea de frente, y la certeza de que crece el descontento de la ciudadanía rusa, que cada vez sufre más directamente los efectos del conflicto. Algo que se debe a la estrategia ucraniana, también in crescendo en los últimos meses, de ataques a la retaguardia rusa, desmantelando el sistema de refinerías de uno de los principales países productores de petróleo, que ha acabado provocando carestía y grandes colas en las gasolineras de la Federación Rusa. O los ataques a los centros de logística de las principales plataformas de comercio electrónico rusas, lo que ha acabado impactando en el día a día de gran parte de la sociedad rusa.
Ante esta situación, el Kremlin opta por una doble escalada. Por un lado, incrementar de manera indiscriminada los ataques con drones de última generación aprovechando la escasez global, y también ucraniana, de misiles y mecanismos interceptores; con la consiguiente respuesta de Kyiv de convertir en una pesadilla los principales aeropuertos rusos. Por el otro, o como mínimo es lo que insinúan las principales agencias de inteligencia occidental, Moscú trabaja para aumentar aún más la guerra híbrida —en todas sus derivadas— contra países tanto de la UE como de la OTAN.
A todo esto, es significativo que diversos medios de comunicación de referencia hayan informado de una supuesta conversación de Putin con personas de su entorno, donde este habría hecho la afirmación "a mí no me colgarán...". Y es que en la mente de Putin su supervivencia física está totalmente ligada a continuar al frente del poder. Ya que en la brutal lógica de la gestión del poder de hoy en día en Rusia se pueden perdonar muchas cosas (corrupción, represión, inoperancia, nepotismo, ineficiencia...), pero en ningún caso se perdona la debilidad.
Irán, Israel y las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos
El otro frente que tampoco parece que, desafortunadamente, se vaya a calmar es el conflicto entre Estados Unidos —más Israel— e Irán, que ha acabado afectando el estrecho de Ormuz, el golfo Pérsico y toda la economía mundial. Siete meses después del inicio de una intervención que debía durar días, y que supuestamente debía comportar la caída del régimen de los ayatolás, lo peor está por venir y las perspectivas no son muy optimistas, especialmente a corto y medio plazo.
Las últimas semanas se han reanudado los ataques directos y todavía tenemos que ver el efecto que tendrán sobre el conflicto las elecciones que se celebrarán en Israel el 27 de octubre. Por ahora, la precampaña electoral todavía ha empeorado la situación regional, dada la competencia entre los actuales partidos gobernantes para demostrar, por vía de la radicalidad, quién supuestamente defiende más y mejor su país.
Lo que parece bastante evidente es el impacto —bidireccional— que tendrá todo ello en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, previstas para el 3 de noviembre. Con la inflación disparada y una falta de resolución real del conflicto cercana, las encuestas no son nada halagüeñas para Trump, cosa que —de nuevo— incrementa las posibilidades de algún intento de golpe de efecto por parte de la Casa Blanca para dar el vuelco a esta situación. Golpes de efecto tanto en el frente interno como en el externo, y conociendo cómo las acostumbra a gastar el inquilino de la Casa Blanca, todo indica que —dado el caso— no contribuirán ni a la calma ni a la estabilidad.
Todo esto en un contexto en el que Irán ha salido reforzado, diplomáticamente, de la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Biskek —la capital de Kirguistán—, que ha condenado los ataques sobre su país, con el voto de países tan relevantes como China, India, Rusia y Pakistán. Y una cumbre que también ha escenificado el lento pero imparable desgaste de la hegemonía norteamericana, aquella que Trump supuestamente debía frenar, y que es más que evidente que ha acelerado.
Una enésima prueba de este desgaste son las recientes noticias de la progresiva retirada de depósitos de oro que muchos bancos centrales, tanto europeos como de otros países, hasta ahora tenían situados en Estados Unidos, sobre todo en el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos en Nueva York. Decisión resultante de las actuales tensiones geopolíticas, y que coincide con las fechas del segundo mandato de Trump, que han hecho cambiar la opinión de muchos sobre la idoneidad de guardar una parte sustantiva de sus reservas estratégicas en este país.
Con la inflación disparada, y una falta de resolución real del conflicto cercana, las encuestas no son nada halagüeñas para Trump, lo que —de nuevo— incrementa las posibilidades de algún intento de golpe de efecto por parte de la Casa Blanca para dar la vuelta a esta situación
Europa, el referéndum islandés y la crisis de Ceuta
Y todo esto en un contexto de una Europa dividida, con la brújula estropeada desde hace tiempo, incapaz de encontrar su lugar en el mundo, y que ha encajado de nuevo un portazo en la cara por parte de Islandia que, vía referéndum, ha optado nuevamente por no iniciar conversaciones para una eventual integración de esta pequeña isla —de inmenso valor geoestratégico— en la familia europea. Una decisión difícil de entender, sobre todo teniendo en cuenta la actitud actual de Trump respecto a Groenlandia y las insinuaciones explícitas que ha hecho sobre Islandia. Situación que, paralelamente, de nuevo ha herido el orgullo de los mandarines de Bruselas, a la vez que nos ha recordado a los ciudadanos europeos que hace tiempo que nuestra popularidad ha caído muchas posiciones en los rankings.
Y por si todavía faltaba algo, la crisis de Ceuta, que por ahora todavía hay que ver si es de carácter puntual o estructural, con el consiguiente choque del Gobierno Sánchez con el de Meloni (Italia), pero también con el de Frederiksen, la primera ministra danesa que supuestamente forma parte de la misma familia política que controla la Moncloa.
Las elecciones presidenciales en Brasil
Para terminar, tampoco podemos olvidar las elecciones presidenciales de Brasil, previstas para el 4 de octubre, donde un Lula octogenario se batirá —como el último gran baluarte de la región contra el trumpismo— con el candidato Bolsonaro júnior, ya que su padre (Jair Bolsonaro) sí ha sido condenado por el intento de golpe de Estado de principios de 2023.
Como decía, se avecina un otoño caliente, seguramente más de lo que quisiéramos, tanto desde la perspectiva climática y meteorológica como desde la geopolítica.