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Ahora que Eva Baltasar ha ganado el prestigioso Médicis Étranger con Ocàs i fascinació (Club Editor) y que incluso el entrañable grupo de cretinos que conforma la intelectualidad parisina ha visto con buenos ojos una obra de nuestra tribu (siempre a regañadientes, lo recordaba la editora Maria Bohigas, sin aclarar que la voluntad de nuestros vecinos del norte siempre ha sido la de aniquilarnos), valdría la pena reflexionar sobre lo que los cursis llaman el estado de nuestra literatura y que, si me permitís la falsa humildad y una cierta pachorra, escribiré sin ningún tipo de pretensión científica y desde la simple perspectiva de un adicto a la lectura. Desde hace un lustro, por razones podcastianas que algunos conoceréis, me dedico a leer lo nuestro de forma un poco compulsiva (intentando hacer honor a la narrativa, pero también a géneros de los que ni Dios habla, como el teatro o el ensayo musical); desde la perspectiva de un omnívoro esnob, me atrevería a decir que nuestra novelística goza de buena salud.

De hecho, que los lectores europeos más despiertos premien un libro como el que mencionaba al inicio (en mi opinión, el mejor de la creadora… sin pasar de la mera corrección), resulta una magnífica noticia. Para mi gusto, las obras de gente como Toni Sala, Núria Perpinyà, Josep Lluís Badal y Joan Jordi Miralles, por poner solo unos cuantos ejemplos, me parecen infinitamente superiores a la de la autora de Permagel. Pero eso da igual, porque el simple hecho de poder ir por el mundo exportando un libro que ejercita la poesía narrativa decentemente y que toca las teclas que pide la actualidad política (en este caso, la crisis de la vivienda o el problema de la exclusión social) para que al lector le dé una catarsis típicamente pequeñoburguesa, como decía, ya nos hará quedar bien. Dicho esto, hay que recordar que el éxito de Baltasar no se habría dado sin la consolidación, hará una veintena de años, de un sistema de editoriales independientes de altísima calidad al que haríamos bien en alimentar para que no desfallezca.

Resulta un hecho innegable que Catalunya tiene un panorama literario que podría equipararse al de la mayoría de las civilizaciones del mundo (con catálogos de primera, como los de Adesiara, Angle, L’Altra, 84, y editoriales de poesía, como laBreu, que ya querrían tener los yanquis) y un grupo de novelistas de lo más despiertos. Si me permiten decirlo de un modo un poco demasiado coloquial, opino que la mejor noticia en este ámbito es que la peña cada día escribe mejor. A pesar de nuestras enfermedades nacionales (a saber, el autoodio y la nostalgia), puedo afirmar con razón que el estado de la lengua literaria es hoy mucho mejor que el de hace cincuenta años o incluso más. El lector me dirá que echa de menos a tótems como Rodoreda o Calders, pero le puedo asegurar que —dentro de lustros, cuando la providencia nos aleje de la dispersión de este presente— redescubriremos algunos libros de ahora, muy a menudo ignotos, y no entenderemos cómo hemos podido pasar olímpicamente de ellos. La posteridad, ya lo sabemos, exige perspectiva…

Resulta un hecho innegable que Catalunya tiene un panorama literario que podría equipararse al de la mayoría de las civilizaciones del mundo

No obstante, la gran paradoja de nuestro presente literario es que (insistiendo en la notable media cualitativa de los textos publicados) la mayoría de las novelas que me estoy tragando son un puto coñazo, pues tenemos unos autores, autoras y autoris que han confundido el arte de escribir una novela con ir al psicólogo. Dentro del género que yo llamo libroterapia, podrán encontrar miles de volúmenes en los que los protagonistas se ejercitan en explicarnos su altísimo nivel de precariedad (una pobreza muy de Primer Mundo, del tipo "estudié Historia del Arte y tengo un máster en Museología, pero curro en el Veritas") y toneladas de volúmenes en los que se nos da una tabarra monumental sobre las crisis de los cuarenta, de los cincuenta y etcétera… haciendo metafísica sobre lo duro que es afrontar la menopausia o tener que dejar a los hijos con el ex sabiendo que no eres lo suficientemente buen padre; en definitiva, una serie de temas que confunden lo vivido con el interés literario. Queridos novelistas: ¡queremos historias, no acompañarlos a terapia!

Que nadie se alarme. Como demuestra el ejemplo de Ocàs i fascinació, uno puede emplear situaciones vitales para inventar un relato fantasmagórico la mar de eficaz. Pero, desafortunadamente, hay muchos autores de aquí que aprovechan la castración nacional para colarnos unas biblias tremendas sobre su mareo existencial. Querida Meritxell, estamos contigo; pero si con una cierta edad todavía no sabes si te gusta más la almeja que el calabacín… y eso te genera antinomias pensamentales, hijita mía, haz el favor de guardártelas en el dietario. Tú también, carísimo Josep Miquel; tienes que entender que saldremos a tomar las cervezas que haga falta para consolar a tu persona física, pero, por lo que más quieras, no nos pidas que nos traguemos la enésima disquisición sobre cómo te cuesta llegar a comprometerte con otra persona sin ponerle los cuernos con una jovencita. Insistiré hasta la náusea; queridos novelistas, vuestros libros nos tienen que hacer cavilar, ¡no tener ganas de abrazaros!

Sé muy bien que los escritores del país se enojarán debido a este artículo y estoy seguro de que muchos llegarán a perseguirme por el Ateneu, gritando que su último libro no cae en esta banalización con la que me los acabo de merendar injustamente. Pensad lo que queráis, porque yo os seguiré leyendo religiosamente, aunque esté hasta los dídimos de tanta lección de vida pretendidamente edificadora. Pensadlo bien, adorados narradores; para hacer de lloricas o de virtuosos de la pobreza… ¡ya tenemos a los políticos! De vosotros esperamos algo más: mantener el espíritu de la nación, hacernos volar más allá de las circunstancias e incluso, por qué no, provocarnos una bonita sonrisa. Si lo hacéis un poco mejor, solo un poquito, ya veis que incluso los gabachos os acabarán regalando un trozo de su Tatin. Cualquier cosa que venga de esta gente debe ser despreciada como muy sospechosa, pero ahora no vendré yo a fastidiaros una semanita de orgullo patriótico…