Se acabó el Mundial con la victoria de La Masia. Como en 2010. Aunque esto solo nos lo digamos nosotros en Barcelona. En Madrid y en el resto de España, la cosa sigue siendo "a qué quieres que te gane", la bandera, el himno, el great again y todo eso. De hecho, en todo el mundo, es más bien el trumpismo de discurso fácil el que se ha apropiado de banderas y camisetas que, en realidad, defienden los Lamine del mundo. Y sí, ha sido el Mundial del relevo del incombustible Messi, el Maradona de cada día, por Lamine Yamal, con Dios jugando a los dados con la foto que ha dado la vuelta al mundo.

Se acabó el Mundial y ha nacido un deporte nuevo, también. Como los descansos de tres minutos, supuestamente para beber agua, se usaban para que las cadenas de televisión emitieran anuncios, nos hemos acostumbrado a partidos de cuatro cuartos. Como en el baloncesto. Deporte en el que, por cierto, lo interesante es el último cuarto. Y que era mejor con dos partes de 20. Pero dejad algo en manos de esta gente y se inventarán otra cosa, como hicieron con el rugby y el críquet, ahora llamados fútbol americano y béisbol.

Se acabó el mundial y la FIFA se ha consolidado como una máquina de hacer dinero. No es ilícito. Es más: sacar beneficio debería ayudar a impulsar el desarrollo del fútbol en muchos lugares del mundo. Pero la línea roja debería ser el derecho de la mayoría de los seguidores a ir a ver un partido: el coste desorbitado de las entradas ha aumentado en algunos casos debido a la política de precios dinámicos y la reventa controlada e impulsada por la FIFA, de modo que la final del Mundial ya es el evento más caro en la historia del deporte en Estados Unidos.

Se acabó el Mundial con la victoria de La Masia, como en 2010, aunque esto solo nos lo digamos nosotros en Barcelona

Se acabó el mundial del dinero, los nacionalismos excluyentes y la corrupción. Esta tuvo su punto culminante cuando el multimillonario y poderoso Trump intervino para retirar la tarjeta a su jugador Balogun… e Infantino aceptó. Pero la parte interesante de lo que hizo Trump, tan contradictorio como el fútbol, es que salió a defender a un jugador de padres nigerianos, criado en Londres y que tiene la nacionalidad americana porque su madre parió en Estados Unidos, donde estaba de paso. Justo lo que, en la vida real, Trump combate.

De modo que el fútbol vive en esta contradicción permanente. Pero al final del día, seguramente en contra de la mayoría de los jugadores, entrenadores y dirigentes profesionales, el fútbol sigue siendo un juego socialista. Basado en un equipo donde hay personas de diferentes orígenes, clases sociales, lenguas, religiones y color de piel, que unen esfuerzos por un objetivo común: meter un balón en una portería. Y de eso en La Masia —en el Harvard del fútbol— saben mucho. Bueno, sobre todo lo que saben es la parte asociativa, el tiki-taka, que ha vuelto a revelarse como la forma más eficaz de ganar, cuando se daba por pasado de moda. Pero, en fin, esto nos lo seguiremos diciendo nosotros a nosotros mismos como afirmación positiva.