La participación española en la guerra de Irak se saldó con la muerte de once militares españoles, a los que cabe añadir la muerte de dos periodistas. De estas bajas sobre el terreno, el caso más dramático fue el asesinato de siete agentes del CNI en noviembre de 2003 en una emboscada. Aquella guerra y la implicación directa española en la misma, ilustrada para siempre en la fotografía del entonces presidente José María Aznar en las islas Azores con el presidente George W. Bush y el primer ministro Tony Blair, provocaron una ola de protestas sin precedentes bajo el lema “No a la guerra”. El colofón de aquella crisis tuvo dos capítulos finales consecutivos: los atentados de los trenes de Cercanías de Madrid del 11 de marzo de 2004, que causaron casi 200 muertes, a cargo de extremistas islámicos en contra de la intervención española en Irak, y la victoria socialista en las elecciones generales celebradas poco después. José Luis Rodríguez Zapatero se convirtió en presidente y enseguida ordenó el regreso de las tropas españolas de Irak. Como consecuencia, España y Estados Unidos entraron en una etapa de enemistad y tirantez que duró unos años.

Cuento todo esto porque el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ha quitado el polvo a ese viejo eslogan para buscar un nuevo cuerpo a cuerpo con el presidente Donald Trump. Ya se sabe: cuando las cosas van mal en casa, no hay nada mejor que buscar un enemigo exterior. Lo hacen todos los tiranos del mundo y también algunas democracias poco consolidadas, como es el caso que nos afecta. Tampoco es nada nuevo, en su caso. Hace solo unas semanas, Pedro Sánchez le buscó las cosquillas a Elon Musk y antes ya lo había hecho con el propio Donald Trump. Aparecer como el adalid de la izquierda europea y el líder del progresismo mundial es algo que excita a nuestro presidente y siempre levanta aplausos. Por eso ha convocado una cumbre progresista mundial a mediados de abril, para hacerse la foto al frente de la coalición mundial antitrumpista. Como no podía ser de otra forma, esta cumbre se celebrará en Barcelona, ​​una ciudad que nunca falla a la hora de apuntarse a todas las luchas del mundo, sobre todo si el enemigo a batir es un inquilino republicano en la Casa Blanca.

Cuando las cosas van mal en casa, no hay nada mejor que buscar un enemigo exterior. Lo hacen todos los tiranos del mundo y también algunas democracias poco consolidadas, como la española

El presidente español es un maestro de la propaganda y de la comunicación política. Sabe sacar un conejo de la chistera y crear una cortina de humo cuando más le conviene. Lo ha hecho muchísimas veces y siempre le funciona. Esta vez también le está funcionando, porque ya no se habla de sus derrotas en Extremadura y Aragón, de los casos que le asedian, de la hipotética corrupción del PSOE o del caos de las infraestructuras. Ahora el marco de la opinión publicada es la guerra de Irán y el choque con Donald Trump. Sin embargo, hay que ser honestos y afirmar que la situación de fondo de hoy es radicalmente distinta a la guerra de Irak de 2003. Para empezar, España no participa en la guerra contra la teocracia sanguinaria de los ayatolás. En segundo lugar, este régimen tiene el rechazo de cualquier persona normal del mundo libre y, por tanto, la caída de esta tiranía es un objetivo que todo el mundo anhela. Y, en tercer lugar, es posible que buena parte de la población española esté en contra de la guerra, pero tiene la madurez suficiente para entender que ambas situaciones son lo suficientemente distintas como para no caer en la trampa. Dicho de otro modo: que Trump pueda caernos mal no convierte al sátrapa Jamenei y a sus secuaces en un grupo de buenos chicos. Y, por tanto, esta vez se le ve demasiado el plumero electoralista a Pedro Sánchez. Hay que añadir que el “no en la guerra” de 2003 no tenía ningún coste derivado, pero el “no en la guerra” de 2026 puede comportar aranceles y una crisis comercial con EE.UU. Jugar fuerte siempre tiene un riesgo y no sé cuánta gente está dispuesta a seguir ese juego, hoy.

Porque una crisis comercial con EE.UU. solo agravaría una situación que ya es muy grave. Catalunya, y también España, sufren una gravísima crisis subterránea que apenas pueden tapar la propaganda oficial y las cifras macroeconómicas. Las clases medias se empobrecen, los jóvenes y las familias no pueden acceder a una vivienda digna, las infraestructuras están en el umbral de la quiebra, la inmigración descontrolada colapsa el estado del bienestar, la corrupción institucional va al alza, no se cumplen las directrices europeas, se sigue apostando por una economía de escaso valor añadido, decenas de miles de jóvenes deben emigrar al extranjero a trabajar o investigar, y la democracia se degrada por culpa de los extremos (de derecha y de izquierda). Todo el mundo sabe que viviremos peor que la generación de nuestros padres. Es evidente que esta burbuja multifactorial estallará pronto; ya hay indicios de que será así. En este contexto, que el máximo responsable gubernamental del Estado se dedique a sacar la pancarta del "¡No a la guerra!" por razones electoralistas, quién sabe si incluso con la idea de adelantar las elecciones, me parece una frivolidad demagógica que no solo no hace gracia, sino que empeora la situación general.