El sábado pasado, justo antes de comer, andaba apurando puritos por el Call barcelonés. Cuando no lo colonizan manadas de japoneses absurdos, fotografiándose compulsivamente ante nuestra Santa Eulalia, ni castellanos aún más repulsivos, herederos directos de la dolorosa metralla de fuego que cubre a San Felipe Neri, mi barrio resulta ser un balneario delicioso donde meditar. Deambulando cerca de casa, rompo el paso en la calle de Sant Honorat y, enseguida, me turban una serie de aullidos insoportables. Primero pienso que debe tratarse de un perro medio muerto que agoniza, víctima de una bicicleta temeraria, pero los bramidos parecen salir de la boca de un vicario que está a punto de anunciar el apocalipsis. Compungido de espanto, sin girar la mirada hacia la plaza de Sant Jaume pero intuyendo allí la presencia de un ser calvo ataviado con bufanda africana, me doy cuenta de que los aullidos salen de la garganta de Lluís Llach.
Basta con ver las imágenes, y la falta de helicóptero, para ver que no pasa de encuentro
En efecto, Llach se encuentra vociferando consignas ante un grupo de conciudadanos indignados con el tema de los trenes. No sé si canta o grita, porque con Lluís la cosa es casi indistinguible desde hace lustros. Habitualmente, siempre hay manifestaciones de indepes en la plaza Sant Jaume (los fines de semana acude un grupo de folk auténticamente nauseabundo que entona canciones de protesta y los mediodías se acerca un señor con la cabeza enturbiada que aún grita los nombres de los presos políticos, pobrecito mío), pero esto de hoy parece tener más entidad. Igualmente, asustado por los gallos que Llach dispara justo al final de su speech, voy volando a casa para recobrar el aliento. Ciertamente, el asunto va de una manifestación sobre la indignidad ferroviaria, sin embargo —aunque nuestros medios hablan de un cierto éxito de la ANC— basta con ver las imágenes, y la falta de helicóptero, para ver que no pasa de encuentro.
Todo ello tiene cierta gracia, pues, cuando veo la manifestación por la tele, encuentro a amigos y conocidos míos, gente que en su vida laboral se muestra sensata y resolutiva, pero que en las manifestaciones independentistas se transforma en infantil y soñadora, actuando con la alegría y el reparto de abrazos propio de los niños. Aparte, como los conozco, puedo asegurar que son bípedos que se dejarían cortar el brazo antes que coger un puñetero tren, como intentamos hacer la mayoría de gente de bien (dado que soy mucho más pobre de lo que parezco, aún no he salido adelante del todo). Pero lo que no acabo de comprender es cómo estos colegas, y de hecho la mayoría de los cuatro gatos que se manifiestan, pueden salir a la calle rodeados de expolíticos del procés y de gente como el propio Llach, que ahora habla mal de la partitocracia, de la cual formó parte durante el 1-O, contribuyendo al engaño.
Entiendo a la perfección el cabreo de mis conciudadanos, pero no puedo llegar a digerir cómo pueden osar pensar que esta clase política independentista —la cual siempre les ha mentido a la cara sin ningún tipo de contemplaciones— podrá resolverles lo de la movilidad. Estamos hablando de unos señores y damas que no han sabido organizar bien ni su propia amnistía y de unas sectas de políticos que escarnecen al Estado a la hora de incumplir las promesas de funcionamiento de Rodalies (como después veo en sus tuits en X); ¡ellos, ellos que no han cumplido un solo compromiso en toda su vida! Veo juntaires, republicanos y cupaires diciendo que hay que echar a Renfe de Catalunya (copiando, por cierto, un eslogan del examigo Graupera), ¡cuando ellos han sido incapaces de hacer oposición ante una consellera incompetente, un portavoz incapaz y un president herido en el sofá de casa!
No es hora de hacer manifestaciones, de mostrar indignación o, como decían los cursis, de contarnos para saber cuántos somos. Sabemos cuántos somos, qué pensamos... y estamos la mar de contados. En este sentido, me alegra ver que las convocatorias de la ANC —un grupo de agentes cívicos que siempre ha acabado pasando por alto las incongruencias de los partidos, cuando no formando parte activa de ellas— ya solo reúnen a la gente que quiere pasear por el Gòtic e ir a comer un arroz a casa de Estevet un sábado. Ahora habría que pedirles, en nombre de la paz sonora de los barrios adyacentes a Sant Jaume, que el avi Siset tenga la amabilidad de no gritar tanto para no fastidiarnos el paseo. No es hora de manifas, sino de apostar por gente nueva que no nos haga caer la cara de vergüenza. Si queréis solucionar lo de los trenes, que venga alguien que no pacte amnistías con los hijos del 155 y que tenga bastante fuerza para hacer caer a una triste, pobre y desdichada Paneque...