“Para detener el coronavirus, tendremos que cambiar radicalmente casi todo lo que hacemos: cómo trabajamos, cómo hacemos ejercicio, cómo nos relacionamos, cómo compramos, cómo administramos nuestra salud, cómo educamos a nuestros hijos y cómo cuidamos de los miembros de la familia... Todos queremos que las cosas vuelvan rápidamente a la normalidad, pero quizás todavía no nos hemos dado cuenta de que las cosas no volverán a la normalidad después de unas semanas o meses. Algunas no volverán nunca más”. Así se explica Gideon Lichfield, editor de la Technology Review, el órgano del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Lichfield argumentaba sus afirmaciones con un informe del Imperial College de Londres, según el cual la opción menos mala para frenar la pandemia y evitar millones de muertes son las medidas de confinamiento y distanciamiento social que deberían mantenerse hasta que no aparezca una vacuna eficaz, que es lo mismo que decir que los confinamientos, alternando períodos más o menos drásticos, ¡deberán mantenerse al menos durante los próximos 18 meses!

Científicos de diversas especialidades, médicos, biólogos, matemáticos, economistas, sociólogos y filósofos nos ilustran con lo que vendrá. Lo que viene a continuación es una antología de los profetas más reconocidos.

Dice Slavoj Žižek, el filósofo esloveno predilecto de las nuevas generaciones de universitarios de izquierdas, que “esta crisis no es pasajera, y aunque se ha manifestado a través de una pandemia, es una situación que ha venido para quedarse. Incluso si esta ola retrocede, reaparecerá en nuevas formas, tal vez incluso más peligrosas. El coronavirus nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia. Ha sido necesaria una catástrofe a nivel mundial para repensar las características básicas de la sociedad en la que vivimos, y ante la crisis, la respuesta no debe ser el pánico, sino un trabajo duro y urgente para establecer algún tipo de coordinación global eficiente".

Un optimismo el de Žižek rápidamente refutado por Byung-Chul Han, filósofo surcoreano afincado en Berlín, teórico de La sociedad del cansancio (Ed. Herder) quien prevé: "El virus no vencerá el capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. China podrá vender ahora su estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y después de la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisando el planeta. El virus no puede reemplazar la razón. Es posible incluso que nos llegue a Occidente el estado policial digital al estilo chino. Si llegara a suceder esto, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría conseguido lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo”.

Consenso científico en que nada será como antes, pero unos prevén una regresión en derechos fundamentales y libertades y otros vislumbran la reconciliación de la especie humana a pesar del cataclismo económico que nadie pone en duda

Es la de Han una visión pesimista que Giorgio Agamben, filósofo italiano de referencia, asegura que responde a una estrategia premeditada de los poderes, hasta el punto de hablar de "la invención de una epidemia" en un artículo que concluye así: “Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites... Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla".

El temor a la pérdida de libertades también lo constata Yuval Noah Harari, historiador israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor del best seller Sapiens: Una breve historia de la humanidad. Sostiene Harari: “En los últimos años, los políticos irresponsables han socavado deliberadamente la confianza en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios de comunicación. Ahora, estos mismos políticos irresponsables podrían verse tentados a tomar el camino del autoritarismo, argumentando que simplemente no se puede confiar en que el público haga lo correcto... Si no tomamos la decisión correcta, podríamos encontrarnos renunciando a nuestras libertades más preciadas, pensando que esta es la única manera de salvaguardar nuestra salud”.

La idea que genera más consenso es, pues, que nada será como antes, pero mientras unos prevén una regresión en el respeto a los derechos fundamentales y las libertades, otros, como Miguel Ángel Moratinos, vislumbran un gran cambio que ha de reconciliar la especie humana: “Cuando se supere la crisis, no volveremos al mundo que conocíamos en el pasado, sino que iniciaremos un nuevo sistema de vida. El mundo será diferente. Quizás, si lo sabemos aprovechar, el coronavirus podrá ser el revulsivo que todos estábamos esperando para hacer ese paso necesario en la reforma de la gobernanza mundial... Si la Primera Guerra Mundial nos brindó la oportunidad de crear la Sociedad de Naciones, y la Segunda, las Naciones Unidas, ahora nos tocaría redefinir de nuevo el orden internacional”.

Casi todo el mundo confía en que tarde o temprano la pandemia será neutralizada porque los científicos encontrarán la vacuna. Sin embargo, nadie se atreve a hacer pronósticos claros de cómo se remontará el cataclismo económico. “Es correcto preocuparse por cómo el Covid-19 destruirá la economía. Las proyecciones ya sugieren que la economía estadounidense podría contraerse en más del 15 por ciento en el segundo trimestre y que la tasa de desempleo podría superar el 20 por ciento”, señala el profesor Ezekiel J. Emanuel, de la Universidad de Pensilvania. “Es probable que haya una pérdida masiva de puestos de trabajo —añade el premio Nobel Joseph Stiglitz— quizás del 25% como cuando la Gran Depresión, o quizás más, ya veremos, pero la gente no podrá pagar el alquiler, ni los servicios públicos, ni devolver los créditos para la compra de un automóvil, ni tampoco se devolverán los préstamos de los estudiantes y aún tendrán menos dinero para gastar en nada y habrá recortes masivos en los servicios públicos esenciales”.

La cuestión es si es posible una solución global. "Los costes humanos de la pandemia ya son inmensurables y es necesario que todos los países trabajen en colaboración para proteger a la gente y limitar el daño económico. Este es el momento de actuar con solidaridad", concluye Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Respetando todas estas opiniones, me quedo con una de las citas preferidas de Karl Popper: “No sabemos: sólo podemos conjeturar”. Pero, por alguna razón, mientras iba escribiendo este artículo no me quitaba de la cabeza la canción de Jim Morrison (The Doors) que suena con las primeras imágenes de Apocalypse Now. This is the end: "Este es el final, buen amigo / Este es el final, amigo mío / El final de los planes que habíamos elaborado / El final de todo lo que queda / El final / Sin seguridad ni sorpresa / El fin".

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