Es obvio que el futuro lo tendremos que ganar entre todos, pero también me parece obvio que tanto afianzar el presente como ganar el futuro no pueden estar disociados de la permanente voluntad de cualquier pueblo de ser. En el caso de Catalunya, estas voluntades de afianzamiento y de proyección deben integrarse en el hilo que nos une y nos religa con la continuidad de nuestro país, con nuestra identidad.

Considero, como lo hizo también el profesor Josep Ferrater Mora —probablemente el mejor filósofo catalán del siglo XX— en su libro Les formes de la vida catalana, que "la existencia catalana es aquella forma de ser que se afana con deleite en lo que quizás constituya la esencia misma de la vida humana, pero que ella potencia hasta el infinito: a perdurar".

Sabiendo como sabemos que la identidad de un pueblo, de una comunidad nacional, no es algo estático ni incontaminado (como parecen querer algunos defensores ardientes e inconsecuentes de la pureza identitaria, alérgica a cualquier tipo de contaminación con terceros), sino un conjunto complejo de mutaciones y permanencias, de ósmosis continuadas y continuas entre lo identitario —idéntico en el tiempo— y lo diferente —variable en el tiempo—.

Por lo tanto, debemos investirnos para procurar la coexistencia armónica entre el hecho de perdurar y las ósmosis entre lo idéntico y lo diferente.

Nuestra voluntad manifiesta de perdurar, o que debería ser manifiesta y clara en cualquier caso, pasa por la defensa y el fomento de la lengua y de la cultura que nos han conformado como pueblo diferenciado y diferente; y del estado del bienestar y de las herramientas de desarrollo, tanto personal como colectivo. Esta conjunción nos debe permitir avanzar hacia el progreso general y hacia asegurar la convivencia de todos, y entre todos, los ciudadanos.

Para que esto sea posible, necesitamos buenos liderazgos, y buenos liderazgos en todos los campos de la actividad humana. Necesitamos líderes que puedan gestionar el presente y afrontar los grandes retos colectivos, y que a la vez sean capaces de ilusionar a los ciudadanos con ideas nuevas y luminosas. Necesitamos líderes que sean decididos y que sean comúnmente aceptados.

Estoy convencido de que no existe ninguna sociedad, pueblo o nación que esté dispuesto a evolucionar eliminando los elementos fundamentales que lo han construido, lo han constituido y lo han hecho como es

En definitiva, debemos compaginar la preservación o incorporación, según se tercie, de nuestro sustrato lingüístico, cultural, de valores y de memoria que nos ha sido y nos es propio, con la voluntad de ejercer un plebiscito diario a favor de la nación. En un doble alineamiento de principios que nos permita defender, perfeccionar y fortalecer estos sustratos propios.

La voluntad de ser, la conciencia nacional, hay que ganarla día a día con voluntad y trabajo, por mucho que esto pueda costar e, incluso, cansar. Y por eso tenemos y necesitamos una tradición, una continuidad, que configuren la posesión común de un rico legado de recuerdos y de adhesión actual a la voluntad de vivir juntos.

No es una tarea sencilla, porque disponemos de una baja natalidad; porque hay que tener presentes los contingentes crecientes de inmigraciones, en muchos casos poco incorporadas y a menudo con poco contacto con la realidad lingüística, cultural, de valores y de memoria de la comunidad de acogida; porque algunos de los colectivos y personas, de larga estancia o recién incorporadas, son refractarios a estos valores y realidades identitarias; y porque sufrimos una empatía escasa o nula por parte de los organismos estatales y por parte de la sociedad de matriz jacobina que los sustenta.

Todo esto hace que los catalanes, entendidos como suma del legado y de la voluntad de ser, construidos y compartidos históricamente, tengamos que sufrir un presente dificultoso y un futuro comprometido en cuanto a nuestra identidad principal. Al menos, me parece que somos unos cuantos los que compartimos esta inquietud.

No es discutible —ni sensato discutirlo— que las sociedades, que los pueblos, que las naciones tienen que evolucionar; pero, del mismo modo que hago esta afirmación, también estoy convencido de que no existe ninguna sociedad, pueblo o nación que esté dispuesto a hacerlo eliminando los elementos fundamentales que lo han construido, lo han constituido y lo han hecho como es.

Estoy seguro —y así lo afirmo— de que los catalanes no seremos una excepción a esta voluntad de evolución en la afirmación. Y de que no seremos una excepción por haber caído en la asimilación, la indiferencia o el abandono de la causa.

Para no caer en ninguna de estas circunstancias, habrá que trabajar duro, presentar dosis de empatía, tener una realidad atractiva, hacer mucha pedagogía, ensalzar nuestras virtudes y avanzar hacia una propuesta ilusionante y viva, que es nuestra identidad principal. Y habrá que hacerlo con entusiasmo, sin derrotismos, todos los días, y de forma tenaz, convincente y ganadora.