En las últimas semanas, a raíz del partido entre las selecciones inglesa y argentina en el marco del Mundial de fútbol, se ha vuelto a hablar de la guerra de las islas Malvinas (Falkland en inglés). En 1982, la dictadura militar argentina consideró que invadir aquellas islas sería un excelente ejercicio de patriotismo para distraer a una ciudadanía que sufría la perenne crisis económica del país y los abusos de los militares. En Buenos Aires, sin embargo, no calibraron bien la respuesta de la primera ministra Margaret Thatcher. Sin despeinarse, la Dama de Hierro ordenó al ejército británico que recuperara las islas. La distancia entre Malvinas y Londres supera los 12.000 kilómetros. Pero sus habitantes son tan ingleses como los vecinos de Cambridge y su gobierno no tenía ninguna intención de abandonarlos en su suerte. Tal y como Thatcher ordenó, la Royal Navy cruzó el Atlántico y recuperó las islas en diez semanas. Quiero recordar este episodio a raíz de la invasión de Ceuta y Melilla por parte de decenas de miles de marroquíes, en una operación política pensada, diseñada y ejecutada desde Rabat. El gobierno español, a diferencia del gobierno británico, ha asistido impotente y flácido a la situación, sin tomar ninguna medida concreta más allá de sacar algunos blindados a la calle para pretender que hacía algo. Y eso que Ceuta está a solo 14 kilómetros de la Península.
Marruecos lleva muchas décadas tomándole el pelo a Madrid. Sabe cuáles son sus herramientas de presión y sabe que España tiene un complejo inhabilitante, más allá de gesticular y hacer algún aspaviento. Al final, Marruecos siempre gana y España siempre cede. Y ahora más aún, con el apoyo explícito de Estados Unidos y de Israel. La política exterior española es un disparate constante y, en el tablero internacional, los errores y ofensas se pagan siempre, y con recargo. Así las cosas, pues, la españolidad de Ceuta y Melilla, así como la de las demás plazas de soberanía en el norte de Marruecos (islas Chafarines, islas Alhucemas, Vélez de la Gomera y Perejil) es hoy un problema y un inconveniente. No porque sus residentes no se sientan españoles, que se sienten. Tampoco es una cuestión de derechos históricos legítimos, que yo no voy a discutir. Pero es un problema porque el gobierno español ha demostrado su incapacidad para defender sus fronteras frente a Marruecos. Es por allí por donde entran miles de inmigrantes todos los años, que luego son trasladados a la Península. Y muchos de estos acaban, cómo no, en Catalunya. Por lo tanto, para nosotros, no es una cuestión menor y afecta a nuestro interés nacional.
El gobierno español ha demostrado su incapacidad para defender sus fronteras frente a Marruecos
Por culpa y causa de la inutilidad del gobierno español, la mejor solución pasa por evacuar Ceuta y Melilla y renunciar a su soberanía española. No sería la primera vez que ocurre. España ya evacuó el Sáhara Occidental, Sidi Ifni y el protectorado español de Marruecos, con capital en Tetuán. Más de 100.000 ciudadanos españoles fueron evacuados de estos territorios cuando España se retiró y Marruecos los ocupó. No hace tanto de esto; mucha gente lo recuerda perfectamente. Es hora de evacuar Ceuta y Melilla y trasladar a la Península a todo aquél que quiera, junto con sus bienes y pertenencias. Se puede hacer bien o puede hacerse mal, pero es un escenario que viviremos y veremos. Conociendo la eficacia española, seguramente se hará mal, a medio camino entre la huida de Saigón y la escapada de Kabul. Vaticino que veremos ferris cargados de gente y un puente aéreo constante mientras la ciudad va cayendo paulatinamente en manos de los marroquíes. Después de todo esto, vendrá el conflicto de Canarias, porque Marruecos es insaciable y el gobierno español tiene una debilidad estructural.
Como catalanes, deberíamos aprovechar esta situación. Si Catalunya estuviera dentro de Canadá o dentro del Reino Unido, sería diferente, pero estamos dentro de un Estado fallido, incapaz de controlar sus fronteras, alérgico a su propia plurinacionalidad, que nos drena fiscalmente y es esencialmente corrupto. Debemos marcharnos por necesidad, no solo por voluntad. Nos va en ello la supervivencia; no solo de nuestra lengua, identidad y cultura, que sería motivo suficiente, sino también nuestra supervivencia como sociedad moderna, europea y avanzada. La descolonización de Ceuta y Melilla acelerará lo inevitable: la descomposición del Estado. Hoy España es el Benjamin Button de Europa; nació mayor y morirá pequeña. Cada vez tengo más claro que tenía razón Ortega y Gasset cuando escribió este fragmento de su gran obra España invertebrada, publicada en 1921: "El proceso de desintegración avanza en riguroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión, intrapeninsular".