Mi costilla se ha marchado unos días a Alemania para honrar a su parentela judía (de una resistencia admirable, hay que admitirlo, pues sobrevivir a Hitler con ese apellido tiene su guasa) y he podido experimentar la euforia de la vida desaparejada. El frenesí de un hombre solo radica, en primer término, en el gozo de poder ahorrarse ciertas exigencias consustanciales a la cónyuge, como fingir cara de interés mientras te hablan de algún asunto cotidiano que te resulta incomprensible o, gracias a las exigencias de la deconstrucción, disimular que puedes aproximarte a los problemas del otro en términos emocionales, aunque pienses que tal perspectiva siempre termina en el más absoluto naufragio. Estas son dos demandas típicamente femeninas a las que los machos, fatalmente tullidos, prestamos poca atención, pues la naturaleza nos impulsa a ser dignos providers del hogar y a teñir el ambiente de cierta seguridad; el resto, bagatelas.
La mitología del rodríguez ha resultado ser una auténtica farsa, puesto que, lejos de aprovechar la lejanía de la compañera para darse entregarse al desenfreno, el hombre de mediana edad como servidor solo emplea la amnistía para descansar del amor, el trabajo más fatigoso de imaginar. Yo creía que me pasaría los días afanándome por fornicar con la vecina, volviendo a casa muy tarde después de la última sesión del cine (la gente con vocación de horario europeo me resulta profundamente incómoda) o llenando el comedor de cenas amistosas. Pero la especialidad femenina —a saber, la crudeza— se impone incluso estando nord enllà y me contento pasando más horas que nunca en la biblioteca, durmiéndome tarde mirando alguna película más bien absurda y, como máximo pecado corporal, regalando algún corazón a las jovencitas con bikini que me aparecen en el Insta. La victoria del totalitarismo, en efecto, es que la castración te parezca agradable.
Anhelábamos la libertad y no somos más que una caricatura; lo queríamos todo y no somos más que unos niños en el patio de la escuela
Al fin y al cabo, la visión de un hombre solo es de las cosas más absurdas que uno puede concebir. Una vez perdida la virtud corporal-genital, el macho prototípico se contenta pensando que la libertad consiste en disparar ventosidades a placer, masturbarse mirando pornografía turco-germánica (recomiendo fuertemente los films de Sibel Kekilli, de forma especial aquellos en los que aparece un sultán de voz cavernosa que se ejercita en el arte de la salvación de las almas) y vagar por Barcelona en busca de amigos que ya están tostándose la piel en Tamariu. Estos días he podido comprobarlo; la mayoría de los que estamos aquí nos encontramos perpetrando actividades nauseabundas, como el running en la Mar Bella —con este bochorno que hace y la barriga aproximándose al glande— y, al reconocernos, giramos la mirada con una cobardía espantosa. Anhelábamos la libertad y no somos más que una caricatura; lo queríamos todo y no somos más que unos niños en el patio de la escuela.
La superioridad absoluta de las mujeres se encuentra justamente en su capacidad de ir solas por el mundo sin impostar tanta comedia. Basta con deambular por la ciudad, estos días de canícula, y ver cómo las señoras caminan por La Rambla la mar de tranquilas, con la alegría que les regala prescindir de los comentarios absurdos de sus maridos, conscientes de que están esparciendo la belleza mediterránea ante la envidia de cualquier forastera. Fijaos si son sabias nuestras hembras, que evitan la tentación absurda de viajar durante el mes de agosto (como hacen la mayoría de mis coetáneos, que malgastan el poco vigor que les queda en islas griegas deplorables o haciendo el tonto en el Mas Sorrer, como si tuvieran veinte añitos) y se quedan en Barcelona para disfrutar de una ciudad que ya era suya. También las reconozco y les sonrío, faltaría más, porque cuando estaba medio lozano, a menudo me pedían servicios, antes del anochecer.
A medida que pasan los años, la libertad solo es un fenómeno condicional. Yo la ejercito de una forma ciertamente burda, y por eso acabo disfrutando de informar a la Spielmann sobre cualquier aspecto intrascendente de mi horario. Por si no fuera bastante, a menudo también le consulto algo (dónde están las llaves de la azotea, si hay que poner la guindilla a la picada o directamente al pescado cuando ya esté lo suficientemente escaldado, etcétera) para que tenga la gracia de disfrutar de su condición superior, fundamentada en imaginarme como un auténtico desastre práctico que solo hará que empeorar cuando se convierta en verruga. Este contrato puede parecer estúpidamente superfluo, pero el amor —al fin y al cabo— no es más que la permanente constatación de la existencia de alguien más, el cual acepta la temeridad de hacerte de muleta por mucho que te fastidie. Todo esto os parecerá una idea muy tóxica, como dirían los cursis, pero es lo que más se parece a la añoranza; así lo quiero explicar, de una forma tan bella como cruda, para que conste en acta.