Mientras Salvador Illa reparte carnés de buena persona y demoniza a los nacionalistas que sufren por el futuro de su país, el Govern de la Generalitat prepara Catalunya para el negocio de la guerra. La operación todavía está en sus inicios, pero empieza a aparecer en los diarios de Vichy, en los almuerzos de tono político e incluso en el horizonte profesional de algunos industriales jóvenes del país. Sin ir más lejos, este sábado me desperté con el mensaje de un amigo que había asistido a un acto del empresario madrileño Javier Escribano apadrinado por la multinacional alemana DMG MORI. No hace falta decir que el acto era en castellano, a pesar de que el tejido profesional que se intentaba captar es de lengua catalana.

Escribano, que es amigo de Salvador Illa y durante la pandemia obtuvo una adjudicación de casi treinta millones de euros para suministrar respiradores, hizo el típico discurso de castellano que se siente más emprendedor que Eusebi Güell. El presidente de EM&M, que hace poco era el inversor privado más grande de Indra, lidera las exportaciones de tecnología bélica española: es una cabeza de puente perfecta para que la economía del BOE acabe de desembarcar en Catalunya. Las subvenciones europeas y la desesperación de las élites herederas del Plan Marshall han hecho salivar a la España del 155. La Corona necesita recursos para financiar la nueva comedia política, y la aspiradora madrileña ha quemado la capacidad del Estado para generar una economía productiva.

El acto de Escribano consistió en tentar a los asistentes con el clásico discurso español de la lluvia de millones que se puede ver en las noticias. La guerra de Ucrania y las necesidades financieras de Estados Unidos han convertido la defensa europea en la nueva forma de pedantería socialdemócrata. Lo que se presenta como una industria estratégica para blindar la libertad es en realidad una táctica de gusano para soldar la sumisión de Europa a Estados Unidos —y la de Catalunya a Castilla—, con la excusa del espantajo ruso. Solo hay que ver cómo se arrastran los líderes catalanes, que decían que querían la independencia y han acabado colocando sus cuadros en las empresas del Estado y lamiendo la mano de los rivales que los metieron en la cárcel, sin ninguna idea más grande en la cabeza.

No hace falta rascar mucho para encontrar nombres como Marta Pascal (PDeCAT), Roger Torrent (ERC) o la misma familia Pujol —a través de Ficosa— en la fiebre del oro de la defensa española. Un negocio que habría podido servir para equilibrar las relaciones de poder entre catalanes y castellanos se está convirtiendo en una rifa de oportunistas y flipados. Que los castellanos no se planteen la posibilidad de que una economía sólida necesite un poso cultural y político no es ninguna novedad. Pero en Catalunya sabemos que la revolución industrial no se hizo por casualidad, que Gaudí y los arquitectos de la Barcelona modernista no salieron por azar, y que la SEAT y la especulación inmobiliaria fueron un parche para financiar la integración de los castellanos que el franquismo trajo para vigilar al país. La industria militar es el último recurso de un sistema que se degrada porque no ha sabido mantener sus promesas.

La independencia europea, en España, se hará contando con la catalanidad o no se hará

Las élites españolas y europeas han entrado en la fase de locura cínica y avariciosa que precede a todas las guerras, y Catalunya cometerá un error si se compromete con un proyecto que no tiene ningún otro objetivo que la supervivencia de un sistema corrupto y decrépito. La cruda verdad es que la industria del automóvil alemana ya no es competitiva y que la reconversión del mundo germánico no irá a ninguna parte si se hace en los términos estatalistas que querrían las élites forjadas por el Plan Marshall. La independencia europea, en España, se hará contando con la catalanidad o no se hará. Berlín sufrirá si vuelve a huir hacia delante y comete, con otra retórica, el mismo error que el káiser y, poco después, los nazis. Para reconstruir Europa, Alemania necesita la base catalana, el substrato románico y gótico del Mediterráneo. La Sagrada Família es el Partenón de Europa: el fruto maduro de la cultura carolingia y de su unidad agustiniana.

Las fantasías contrarreformistas de los castellanos promocionadas por los panfletos subvencionados, igual que las visitas de los papas controlados por la Iglesia franquista y sudamericana, son extrañas en la historia del país y en la historia de todas las naciones del gran mediodía europeo. El Estado español forma parte de un mundo contrahecho que se hunde. Substituir el keynesianismo social por el keynesianismo militar solo servirá para apuntalar el statu quo con la desesperación de los inmigrantes. Catalunya no tiene fuerza para evitar que la Europa oficial se suicide, pero sí que tiene la conciencia nacional y la amplitud de espíritu para construir las bases del futuro en los márgenes del ocaso. Igual que el siglo XIX mató a Dios, este siglo matará el dinero como medida de todas las cosas. Lo que alimenta el nuevo pelotazo español son los despojos de un mundo asediado por las fuerzas de la vida que no caben en el orden internacional establecido.

Rusia, Irán, Israel y Catalunya —aparentemente tan diferentes o incluso incompatibles entre sí— recuerdan que hay energías históricas que ningún sistema financiero obsoleto podrá contener. Por más que ahora juegue a soldaditos.