Hubo un tiempo en que la izquierda planetaria adoptó el feliz lema "prohibido prohibir", lo cual no significaba anhelar una sociedad sin normas, regida por el desenfreno, sino más bien el hecho de pensar que la convivencia sensata entre ciudadanos iguales resultaría mucho más alegre (¡y eficaz!) que sacar a pasear el Código Penal a la mínima ocasión. Los progresistas castellanos no pertenecen a la corriente sesentayochista y, calcen de donde calcen, prefieren aquella cosa tan estalinista de recomendarnos cómo se debe vivir... bajo la persuasiva coacción de las multas; es así como, el pasado martes, el Consejo de Ministros aprobaba el anteproyecto de una nueva ley del tabaco que amplía los espacios sin humo y endurece la legislación hacia dispositivos como los vapeadores (esto tampoco me complace, pero ya está bien, porque la gente que fuma estas mierdas debería ser enviada de cabeza al Gulag de los chabacanos).

Dicen que, de ser aprobado este nuevo edicto real, se prohibirá fumar en paradas de bus, piscinas y playas (lo entiendo; hay que ser bastante grosero para echar nubarrones en un entorno así, aunque tampoco pasa nada si el fumador en cuestión hace una cosa tan revolucionaria —¡y sencilla!— como apartarse unos pasos, si ve que un conciudadano pone cara de perro mal paseado), conciertos al aire libre (esto ya es más jodido, puesto que hay géneros como el jazz que, sin la presencia del humo, suenan mucho peor y también porque en todos los lugares donde, básicamente, se va a follar... drogas como el tabaco a menudo favorecen el apareamiento carnal) y, finalmente, las terrazas de la hostelería. Dentro de muy poco, en definitiva (y copiando una de las ideas más nefastas de mis hermanos yanquis), los fumadores tendremos que ejercitarnos en el arte de abandonar las terrazas cuando chupemos vicio, dejando a nuestro interlocutor a unos cuantos metros de distancia.

Podrán respirar tranquilos, pero deberían saber que la civilización se ha urdido a base de culturizar los vicios, no prohibiéndolos como si fueran la imagen de Satanás

Como cualquier mortal del planeta, yo también he sido no fumador y entiendo perfectamente las molestias que causa nuestra tara. Cuando enciendo uno de mis puritos Davidoff Gold o, aún más, uno de los cigarros que me casco después de comer, acostumbro a mirar alrededor por si mi depravación puede molestar a quien sea. A pesar del peligro objetivo que comporta, fumar es una de las cosas que más feliz me ha hecho en esta vida; el tabaco es la gasolina principal de mi filosofía y aspirar su humo es uno de los pocos remedios que me funciona a la hora de ahuyentar pensamientos suicidas. Intento practicar el arte de fumar en la más estricta soledad, y eso incluye alguna de mis terrazas favoritas de Barcelona; primero y antes que nada la del Ateneu, pero también las del Belvedere o el Alma. Si alguien se turba a causa del humo, no tengo ningún problema en alejarme, si así disfruta pensando que el cáncer le llegará más tarde.

La sola idea de tener que renunciar a mis terrazas favoritas y de no poder fumar en ellas me implica un dolor más difícil de soportar que el artículo 155 o la política educativa del Govern Illa. Parece mentira que, puestos a segregar a la gente por cuestiones de vicios, las autoridades del kilómetro cero no tengan a bien permitir a los establecimientos, al menos, una zona para fumadores (cosa que hace lustros se permitía incluso en lugares como la cola de un avión o los reservados de muchos restaurantes, sin que la medida en cuestión haya representado la extinción de la especie humana). Un servidor entiende que las autoridades quieran ahuyentarnos de una adicción mortal, pero también deben entender que, con tal de asimilar cosas como la beatitud monacal de la izquierda o el hecho de que José Luis ZP tuviera regalos "de cortesía" valorados en más de un millón de euros, a nosotros fumar nos resulta una necesidad imperiosa, casi tan vital como respirar.

Saludo, finalmente, a la (supuesta) mayoría de conciudadanos que disfrutarán de lo lindo mientras nos vean aún más alejados de sus vidas. Podrán respirar tranquilos, pero deberían saber que la civilización se ha urdido a base de culturizar los vicios, no prohibiéndolos como si fueran la imagen de Satanás. Todo esto, solo faltaría, lo he escrito buscando los adjetivos y trabando las subordinadas con la compañía del tabaco; a partir de ahora, esta santa actividad también me será más complicada, lo cual —por otra parte— también complacerá sobremanera a los enemigos de la libertad, gente beata y conservadora, aunque se vista de progre.