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Era previsible. Si algo sabe hacer Rufián con mucha destreza, es expresar conceptos primarios en X como si fueran grandes reflexiones políticas. A excepción de Óscar Puente, nadie corre más deprisa, nadie es más hábil en el vocabulario de barra y nadie busca con más ímpetu la reacción estomacal. Da igual que no sirva para el debate político, si sirve para excitar la bilis de la gente. Pero dado que una parte sustancial del conocimiento político se adquiere a través de las redes, resulta inevitable hacer referencia a ello.

Desarrollemos el último ejemplo de debate reptiliano que nos plantea este tipo de dialéctica básica. A raíz de la triste pérdida de Maricarmen, la mujer que se ha convertido en el símbolo de la tragedia de la vivienda, las redes se llenaron de comentarios oportunistas que no tuvieron escrúpulos en convertir su muerte en una pancarta política. De esta manera, la víctima de una problemática compleja y no resuelta parecía que prácticamente había sido asesinada por un tipo de gente concreta, ideológicamente bien señalada y perteneciente al poder oscuro.

El campeón de esta maniobra de abuso manipulador de la muerte para beneficio ideológico fue nuevamente el señor Rufián, que lo expresó con la riqueza de vocabulario que le es propia: "¡Qué hijos de puta!". Claro, conciso, directo. Muy bien. Pero dado que esto es política y que este es el estilo de debate que quieren imponer, hay que preguntar a quién pretende referirse Rufián cuando pone esta frase delante de la imagen de Maricarmen. ¿Quiénes son esos "hijos de puta" señalados por la muerte de esta buena mujer? ¿El capitalismo, en general? ¿Los poderes en la sombra que mueven los hilos del capital? ¿Trump, Netanyahu? ¿Los fondos buitre, a pesar de ser una parte muy pequeña del problema, aunque haya que combatirlos? ¿Los partidos de derechas? ¿Puigdemont, origen de todos los males?

El poder hay que ejercerlo, y eso significa resolver los problemas y no agravarlos. Cuando lo ejercen y los problemas empeoran, quizás el problema es que los que mandan no sirven para resolverlos

¿O lo son los gobiernos que no han previsto el crecimiento demográfico, ni la llegada masiva de migrantes, ni la falta de vivienda estructural que ya arrastrábamos, y han sido incapaces de crear vivienda social? Dado que según el Banco de España en los últimos 5 años se ha creado un déficit de 750.000 viviendas, ¿quién tiene la culpa de no haber previsto, no haber actuado y no haber consensuado políticas eficaces? ¿Estos "hijos de puta" rufianescos no tienen nada que ver con los ocho años de gobierno del PSOE y sus conspicuas "izquierdas" que, más allá de la demagogia verbal, no han hecho ninguna actuación seria para reducir el problema? ¿Cómo es posible que uno acumule ocho años de poder absoluto y la culpa del problema sea de la oposición? La metáfora más precisa de esta monumental tomadura de pelo es la de la señora Colau, que vuelve a presentarse como la Teresa de Calcuta de las barricadas, ella que gobernó durante ocho años Barcelona, y dejó un balance bien conocido: aumentaron los precios de los alquileres, se redujo la construcción de pisos, no se cumplió ninguna de las promesas en vivienda social y encima espantaron algunas inversiones estratégicas que querían implementarse en Barcelona. Es surrealista.

Como lo es en el caso de Pedro Sánchez. Es evidente que le interesaba entrar en campaña electoral imponiendo el relato de la vivienda como eje central, porque la demagogia de izquierdas funciona mejor que la de derechas en este tema. Pero hacer creer que él no tiene ninguna responsabilidad en el agravamiento de la situación, cuando es justamente durante sus años de mandato que todo ha empeorado, hacerlo creer es tratarnos de idiotas. ¿Para qué quieren el poder Sánchez, y Colau, y los de Sumar y Rufián y toda la patulea? ¿Para echar la siesta, pudrir los problemas y volver a levantar las pancartas cuando vienen las elecciones? Porque es evidente que el poder hay que ejercerlo, y eso significa resolver los problemas y no agravarlos. Cuando lo ejercen y los problemas empeoran, quizás el problema es que los que mandan no sirven para resolverlos.

Y este es el riesgo que corren los Rufián de turno con su "¡hijos de puta!": que el proyectil ideológico tenga efecto bumerán y los acusadores acaben poniéndose delante del espejo. Las cuentas las tienen que rendir los que gobiernan. El resto es pura falacia.