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El problema de los cuentos infantiles de hoy no es que sean herramientas pedagógicas, ni que sean morales: es que no permiten a los niños salir de sí mismos. Echando un vistazo rápido a la sección de infantil de cualquier librería, observaréis que hay cuentos para aprender a lidiar con el duelo, para entender qué supone la separación de los padres, para gestionar la rabia, para descubrir las partes del cuerpo, para terminarse la verdura, para relacionarse con los adultos, para reforzar la idea de que llorar no es esencialmente malo. Son historias en las que el niño siempre está en el centro de una realidad que reconoce, que no lo empujan a tener que imaginarse nada que no haya visto, que lo limitan a la propia experiencia. Son el tipo de libros que interesan a algunos padres porque les permite delegar un trabajo que ellos deberían hacer, o que refuerzan el trabajo que el niño ya hace con el psicólogo. ¡Qué aburrimiento! 

Todos los que nos enganchamos a la lectura de pequeños nos enganchamos por el mismo motivo: porque era divertido. Porque es divertido, vaya. Porque nos permite ponernos en la cabeza de otro, conocer mundos que nos son ajenos, pensar más allá de nuestros sentimientos o de nuestras propias vivencias. Un cuento siempre es una herramienta pedagógica porque de entrada tiene la intención de ser leído, y en la mayoría de los casos es moral porque la idea que se transmite tiene que ver con una noción, por muy vaga que sea, del bien y el mal. Uno de los aforismos más destacados de Gilbert Keith Chesterton en Ortodoxia es el que dice que "Los cuentos de hadas son muy ciertos. No porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que podemos vencerlos". Los gnomos, las brujas, los dragones, las sirenas, los ogros o las hadas posibilitan que el niño piense en seres que no ha visto, revelan al niño que tiene la habilidad de imaginarse cosas que no existen —qué maravilla—. También lo hacen heredero de un folclore y le muestran que hay mundo fuera de uno mismo. Que hay vida, literatura y diversión al margen de la percepción propia. 

¿Qué pasará cuando el niño se dé cuenta de que, por muy bien que sepa lidiar con el duelo, la muerte sigue existiendo a su alrededor?

La fantasía favorece que el niño se entienda como una persona capaz, admirando la capacidad del protagonista de una historia que no es la suya y que transcurre en un contexto muy diferente del suyo. C. S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia, escribía que "a menudo se acusa a los cuentos de hadas de dar a los niños falsas impresiones del mundo en que viven. Pero a mí me parece que les da la menos falsa de las impresiones que cualquier otro tipo de literatura les podría dar. Pienso que lo que se profesa como historias realistas para niños tiene más números de decepcionarlos. Todas las historias en que hay niños que viven aventuras y éxitos que son posibles, en el sentido de que no rompen las leyes de la naturaleza, tienen más números de alimentar falsas expectativas que los cuentos de hadas". ¿Qué pasará cuando el niño se dé cuenta de que, por muy bien que sepa lidiar con el duelo, la muerte sigue existiendo a su alrededor? ¿Qué pasará cuando la herida por la separación de los padres ya no sangre, pero el niño se pregunte qué es el amor? ¿Qué pasará cuando se dé cuenta de que, por muy bien que emplee las herramientas que ofrecen estos "manuales de resolución de problemas personales", el mal todavía existe? ¿Sabrá identificarlo? ¿Tendrá el tipo de esperanza, de autoestima y de referentes que le permitan creerse que el mal puede ser vencido? ¿Se sentirá capaz de vencerlo? 

La propia existencia es limitada para explicar la existencia misma, porque una vida con significado está hecha, sobre todo, de ideas que nos trascienden. Uno de los rasgos definitorios de nuestra época es que hemos confundido, casi solapándolos por completo, el espacio de la terapia psicológica con el espacio del trabajo espiritual —este último, entendido en sentido amplio, amplísimo—. Hemos concluido que las angustias que cargan las grandes incógnitas de la existencia humana pueden ser resueltas como un problema matemático, con fórmulas acreditadas, con métodos científicos. De este malentendido también se deriva una literatura infantil que prioriza el psicoanálisis del niño en vez de habilitarlo para comprender ideas que atraviesan todas las etapas de la vida. Quizás san Jorge no sabía por qué lloraba la noche antes de enfrentarse al dragón, y quizás le habría ido bien saberlo. Tal vez le habría ayudado a entenderse mejor. Pero sabía que el dragón era malo, sabía por qué lo era y sabía que debía enfrentarse a él. Los dragones no existen, pero no hay nada más real que el tipo de amor, y de libertad y de generosidad que empujaron a san Jorge a vencerlo. La fantasía, pues, es lo que nos permite tocar con los pies en el suelo.