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Los primeros que le dirán lo que debe hacer o no debe hacer son los que relativizarán su rotunda victoria, con ese tono perdonavidas de siempre. Que no es para tanto, que se ha tenido que negociar demasiado o que (sobre todo, porque les rompe el guion) ya es hora de irse a casa. Pero lo que está sucediendo estos días es el desarmamiento de la principal herramienta de ataque que hasta ahora ha usado el Estado contra el independentismo, que ha sido eso que ellos llaman justicia y que ha resultado ser un grupo de mercenarios con una creatividad frágil y una moral nula. Era importante desactivar esto antes de retomar la política en términos de resolución del conflicto (o de contraataque, si es necesario), porque no se puede abordar esta lucha con tantas manos atadas a la espalda y jugando siempre en el Bernabéu. Ahora podemos hacer un "por dónde íbamos" sólido, con nuevas cartas sobre la mesa y con un marco jurídico infinitamente más favorable. Los límites del Estado, ahora, le obligan a jugar sin el favor de los árbitros. Relativizar esto, esta victoria inapelable en todos y cada uno de los tribunales donde se ha presentado el abuso legal español (es que ni siquiera la acusación de malversación ha podido escapar de la escabechina), es un error que ningún independentista se puede permitir. Cuando piensen en "y ahora qué", recuerden que no se puede dar ningún paso sin tener en cuenta dónde estamos. "Y estamos donde estamos", decía Pedro Sánchez, evocando a Martí i Pol cuando tuvo que dar aquel discurso en el Liceu, obligado a aplicar los indultos. Ahora la cosa va más allá: ahora no hay medidas de gracia de discursos de graciosillo. Estamos donde estamos, que es en el regreso a la política. Allí donde el independentismo tiene cartas claramente ganadoras, el terreno donde las ha tenido siempre.

Huelga mencionar, de nuevo, el estado de desconcierto en el que se encuentra el movimiento, ni el trauma psicológico (indudable) que le ha provocado situarse "en el lado correcto de la historia" pero a la vez en el lado más repudiado del sistema. Vivimos bajo un gobierno de Salvador Illa que debe todo su acceso al poder a la represión aplicada, que da lecciones de paz y de concordia, pero que todavía no ha sabido gobernar para la mitad independentista de su país. Al contrario, lleva más de dos años regañándonos y diciéndonos lo malos que hemos sido. Intentando imponer una agenda nueva, españolizando todos los rincones del país, sucursalizando nuestro Parlament, aplicando cinturones sanitarios cuando les ha convenido (empezando por la alcaldía de Barcelona) y mostrando con una claridad meridiana lo perjudicial que puede resultar simplemente confesarse, hoy en día, independentista. De todo esto hemos tomado buena nota, y nos acordamos, y nos acordaremos. Ahora viene un ciclo electoral donde el independentismo (de varios colores) se ha quedado sin excusas para no crecer, para no coordinarse y para no volver a aparecer como el único movimiento que puede conectar de verdad con los problemas del país (que vienen todos del mismo sitio). Cada uno desde su ámbito, ahora puede reconfigurar un proceso que comenzará (no tengo ninguna duda) con una aclaración del interlocutor en España (veremos si los rojos o los nacionales, como siempre pasa, pero ahora más que nunca) y deberá continuar con una posición emancipada: el interlocutor, ahora y antes, nos da igual. Lo que nos importa son sus cartas y, a menos que el inefable fascismo español se ponga a hacer un golpismo explícito o implícito, en Europa ya queda claro que las cartas (legales) son las que son. Para unos y para otros, que no tienen nada que envidiarse mutuamente (créanme) en niveles de represión. Por eso nos dirán, no tengo ninguna duda tampoco, que nos sumemos a un proceso constituyente. Seguramente les tendremos que decir que sí… pero uno muy diferente del que se piensan.

"Resolver el conflicto" obedece a su necesidad de resolver su problema, que es el suyo: nosotros no tenemos que resolver ningún conflicto, nosotros somos su conflicto

Ahora quizás vendrá protocolariamente un tanteo del nuevo diálogo, con una nueva España con una nueva voz. No tengo tan claro que el resultado allí sea abrumador en favor de nadie, ni tengo claro que se puedan permitir hacer nada sin volver a abrir nuestro tema: del 15M a las grandes manifestaciones independentistas solo tuvieron que pasar dos reuniones fallidas y dos mítines. De nuevo viviremos la tentación de tratar de derivar todo el debate hacia la izquierda y la derecha, pero es imposible hablar de España sin hablar del problema español, que somos nosotros. "Resolver el conflicto" obedece a su necesidad de resolver su problema, que es el suyo: nosotros no tenemos que resolver ningún conflicto, nosotros somos su conflicto. Como acaba de recordar el president Puigdemont, además, cuando se acaba toda posibilidad de diálogo, empieza a poder reemprenderse la unilateralidad (y con un marco de juego, ahora, totalmente nuevo). Vienen meses de respirar Catalunya, pero también de respirar qué se cuece en el otro lado y qué quieren hacer con sus vidas. Es normal que se aconseje posponer la vuelta a la aclaración de esta incógnita (tanto la de qué quiere hacer el Tribunal Supremo como la de qué quiere hacer la nueva mayoría, y el propio Estado, empezando por su rey), y después también ver cómo pueden cambiar los interlocutores aquí. Hasta ahora, en los últimos dos años, Catalunya ha tenido como representante de sus intereses a una sucursal gris y con toques autoritarios llamada PSC. Con un resultado nefasto, vacío, mucho más que nulo: negativo. Han demostrado que hay diálogos que no funcionan, convivencias que son de cartón piedra, pacificaciones que son imposiciones y negociaciones que son farsas. Han demostrado que su vía, la del supuesto "sentido común" (y que solo es sequedad), es una vía muerta.

Al independentismo le corresponde construir una nueva, sabiendo ahora que ya no se trata de estar en el bando correcto de la historia, sino de dejar que los demás, los demócratas de buena fe de todo el mundo, se sumen a nuestro bando. Ahora ya no se trata de ir con los buenos, sino de ser la referencia de los buenos. Ya no se trata de resolver el problema de España, sino de resolver el problema de Europa. Tal como nos pasó hace un siglo, pronto volveremos a estar en los años treinta. No creo que nos cojan tan descompensados como estábamos entonces. Estamos donde estamos, en efecto, y ya ha pasado aquella broma pesada de "Catalunya ha vuelto". En todo caso, es ahora cuando Catalunya puede volver. Si es que realmente se había marchado alguna vez.