Desde 2014 y la confesión de la deixa, la izquierda catalana ha tenido dificultades para encajar dos ideas que no deberían ser excluyentes. La primera, que en el eje ideológico Pujol no solo les queda lejos, sino que durante muchos años, incluso levantando una tradición política en consecuencia de, Pujol y lo que Pujol representaba en todos los sentidos —no solo el político— fue el enemigo a batir. La segunda, que Pujol, o el símbolo de lo que Pujol encarna a ojos de los españoles, también ha sido el enemigo a batir del estado que quiere ver desaparecer a los catalanes, comulguemos con la obra de gobierno del president o no. Escribo que la izquierda catalana ha tenido dificultades para articular paralelamente estas dos máximas porque, pasados los años y habiendo visto lo que hemos visto, se ha revelado hasta qué punto el trato que ha recibido Pujol por parte de los poderes españoles ha ido ligado a su catalanidad y a la voluntad de hacer caer ciertos tótems nacionales. Habiendo visto lo que hemos visto, sin entrar a fondo en la causa judicial, ni en la afinidad política, ni en la obra de gobierno, ni en el deixa, ni en la asunción de corrupción, no debería ser una incongruencia ideológica para la izquierda catalana afirmar que, si Pujol hubiera sido del Estado español, las cosas habrían ido de una forma bastante distinta. 

El problema de la obsesión española con los Pujol —y no me refiero solo a la justicia española, sino también a la sociedad española en sí— es que está hecha para generar una adhesión o un rechazo acríticos sin posibilidad de matices en la sociedad catalana. En este sentido, la operación ha sido un verdadero éxito. Durante años, la izquierda catalana ha tratado a Pujol igual que lo ha tratado la izquierda española para evitar parecer convergentes. Y ahora que en Junts han tomado la decisión de volver a relacionarse con él política y personalmente, y de enmendar una proscripción que duró diez años, cualquier crítica al pujolismo es sinónimo de hacer el trabajo sucio al Estado español y de participar de una persecución injusta. La causa judicial contra Pujol —al margen del grado de verdad o de fabulación que exista, en último término— impide que la sociedad catalana haga una enmienda política a fondo del pujolismo y de su impacto en la Catalunya actual. E impide, también, que dicha enmienda pueda hacerse sin el temor de parecer o bien demasiado convergente, o bien demasiado español.

La causa judicial contra Pujol impide que la sociedad catalana haga una enmienda política a fondo del pujolismo y de su impacto en la Catalunya actual

Por un lado, está la folclorización del personaje, el enaltecimiento del que consideran el último gran líder, la defensa hooligan de aquellos veintitrés años —que los convergentes más jóvenes, de hecho, ya no vivieron—, la conservación y validación de un marco nacional que hoy es el de los socialistas, la exaltación autonomista sin contexto. Una idealización que no solo no permite la fiscalización, sino que tampoco permite construir un pensamiento político capaz de tratarse críticamente a sí mismo, ni de ver hasta qué punto las consignas del pujolismo han abonado algunas de las urgencias que vive el país hoy, sobre todo en términos lingüísticos y demográficos. Por otro lado, está el tipo de demonización que hace salivar a la Guardia Civil y que, en boca de ciertos catalanes, hace plantear si de verdad no se dan cuenta de que tenerle a Pujol las mismas ganas que le tenía Soraya Sáenz de Santamaría explicita aquello que explicita. 

Entre el santo y el mafioso, la conversación que le conviene al país para superar políticamente el pujolismo y distanciarse de los cantos de sirena españoles queda capada. O haces el español o haces el militante de la JNC fanático que cuelga la foto de turno en el despacho del president: no hay matices, solo el tipo de polarización que favorece que los catalanes no podamos escribir nuestra propia historia sin la injerencia española. O sin la posibilidad de que los españoles la acaben usando en nuestra contra por el hecho de ser catalanes. Pujol ha sido la excusa que los españoles han utilizado durante décadas para poder odiar la catalanidad abiertamente, y quizás ya haya llegado el momento de poder tratar la figura de Pujol, de superar la cantinela arrepentida de los juntaires que ahora lo quieren intocable y, a la vez, de relacionarnos con él sin tragarnos el odio contra nosotros mismos con el que el españolismo lo ha ataviado.