Las semanas estivales se hacen evidentes no solo por las altas temperaturas —aunque serían un motivo más que suficiente—, sino también por algunos de los temas que se cuelan en el debate público y ocupan franjas importantes en los medios. Este agosto, un mes en que todo parece transcurrir con una lentitud más exacerbada, ha reaparecido uno de esos temas clásicos del verano: la gestión de la basura. Lo hace, además, a escasos nueve meses de unas elecciones municipales, lo cual añade más grandilocuencia y tacticismo al debate. Al fin y al cabo, a nadie se le escapa que la limpieza —o la falta de esta— es una de las principales cuestiones que pone y quita alcaldes.
En este contexto, han vuelto a emerger los partidarios y detractores del sistema de recogida puerta a puerta. Estas semanas, hemos oído nuevamente a vecinos radicalmente en contra de la implantación de este nuevo sistema en su municipio o a alcaldes —como el de Roda de Berà— angustiados porque vecinos de la población limítrofe de El Vendrell optan por coger el coche, llenarlo de basura y verterla en el municipio de al lado. Sería necesario, seguramente, un artículo entero para radiografiar psicológicamente a aquellos que prefieren dedicar las vacaciones a hacer kilómetros de coche con la porquería literalmente detrás.
Los partidos políticos, entretanto, se posicionan en este ecosistema complejo y contradictorio. Tanto es así que el partido X puede ser perfectamente el abanderado del puerta a puerta en un municipio y denostarlo con ferocidad en el municipio de al lado. Hace pocos días, justamente, directivos de la Agència Catalana de Residus reclamaban dejar el asunto fuera de los tejemanejes electorales. Sea como fuere, los principales partidos del país harían bien en firmar un pacto de no agresión y no hacer electoralismo con la mierda, porque no hay alternativa posible y los datos así lo demuestran.
Los principales partidos del país harían bien en firmar un pacto de no agresión y no hacer electoralismo con la mierda, porque no hay alternativa posible y los datos así lo demuestran
Actualmente, alrededor de 320 municipios tienen el sistema puerta a puerta y, de estos, solo 5 han dado marcha atrás. Algo bueno debe tener. Es evidente que implantarlo implica un cambio de hábitos; ya no tenemos los contenedores a disposición las veinticuatro horas del día, sino que la recogida se realiza unos días concretos. Este modelo de implantación, además, debe ser progresivo y debe contar con la mano izquierda y el buen hacer de las administraciones. Si no, suceden episodios nefastos como el del barrio de Sant Andreu de Barcelona, una prueba piloto fallida por los errores del gobierno municipal de entonces. Aquel experimento dejó imágenes funestas como las colas de abuelos con bolsas llenas de pañales.
Las ventajas del sistema puerta a puerta, sin embargo, son múltiples. Por un lado, comporta el embellecimiento de nuestros entornos urbanos, donde los contenedores pasan a ser un mal recuerdo del pasado. Las tasas de reciclaje, por otro lado, escalan con facilidad hasta cifras superiores al 70 u 80 % en los municipios que lo tienen implantado. Los campeones absolutos en Catalunya en reciclaje, por ejemplo, son Verges (94 %), Sant Pere de Riudebitlles (93,3 %) o Albons (93,1 %). Si lo miramos por comarcas, la Conca de Barberà (75,6 %), el Lluçanès (74,7 %) u Osona (73,1 %) también sobresalen.
A aquellos a quienes les interesa sobre todo el bolsillo, sepan que cada tonelada de desechos no tratados que acaba en el vertedero cuesta 75 € a los contribuyentes, una tasa que aumentará hasta los 100 € en el año 2031. Si tenemos en cuenta que cada habitante genera casi 500 kilos de basura anualmente, es evidente que no podemos seguir con tasas de reciclaje del 40 %. El puerta a puerta es una obligación para nuestro entorno y también para nuestros bolsillos.